domingo, 20 de agosto de 2017

Borricofobia

No, no tengo nada contra los borricos, aunque sí contra los que se comportan como ellos. A saber: deteniéndose de repente en mitad del camino y empecinándose en no mover una pezuña por muchos improperios que uno profiera y por muchos correazos que uno --metafóricamente-- les arree. No es un prejuicio. Es que si los borricos se empeñan, por ejemplo, en cerrarme el paso cuando es evidente que se nos acerca un huracán, pues el disgusto será malo, pero peor será el huracán.

Según el DRAE, el sufijo '-fobia' significa 'aversión' o 'rechazo', lo cual en teoría me permitiría acuñar no sólo términos muy personales, como 'gazpachofobia', 'facebookfobia', 'caninofobia', 'burocratofobia' o 'twitterfobia', sino muchísimos más que son simplemente de sentido común, como 'seismofobia', 'ladronfobia', 'rayofobia', 'chichonfobia', 'estafofobia', 'naufragiofobia', 'infartofobia' y un largo etcétera, incluido por supuesto el título de esta digresión.

En resumen, tenemos aversión o rechazo a todo lo que nos disgusta o amenaza directamente. Un terremoto en la Conchinchina, sí, nos puede mover a compasión, pero en el fondo --seamos sinceros-- nos trae bastante sin cuidado. Aun así, ha habido en la historia episodios tan horripilantes que uno no puede permanecer indiferente aunque los considere irrepetibles (quizá porque un sexto sentido nos dice que no lo son). Dos de los más conocidos son el nazismo y el comunismo.

Como hablar de 'comunistofobia' puede ser --por desgracia-- controvertido, centrémonos en la que es probablemente la más universal de todas las fobias, que podríamos bautizar desde ahora mismo como 'nazifobia'. (De nada, DRAE).

No hace falta ser judío para ser nazífobo. Basta con ponerse en el pellejo --nunca mejor dicho-- de los ocupantes de los barracones de Auschwitz. Desde luego, los militares alemanes eran realmente malvados, y prueba de ello es que, en las películas, nos alegramos muchísimo cuando mueren. Rara vez se nos ocurre pensar que, del sargento para abajo, muchos de aquellos soldados estaban allí contra su voluntad. Por simple cálculo de probabilidades, es prácticamente seguro que en la segunda guerra mundial más de un americano del Ku-Klux-Klan causó la muerte de más de un alemán demócrata y bondadoso. Pero cuando a uno le declaran la guerra no se puede andar con pamplinas. Salvar el pellejo es prioritario.

Sin embargo, parece evidente que aquí falla algo. Analicemos bien el signifcado de las palabras que usamos. ¿Desear la muerte de aquel bondadoso alemán es nazifobia? Una cosa es que aquel pobre hombre formara parte del ejército nazi, y otra muy distinta es que él mismo lo fuera. De modo que haríamos bien en distinguir las dos cosas. Yo tengo aversión a las ideas nazis. Y, si alguien me las trata de imponer, lo que lo que tengo que hacer es defenderme. Aun sabiendo que podría estar aliándome a un cerdo supremacista blanco para liquidar a un infortunado pacifista angelical.

Tamaños horrores son imposibles de evitar cuando la guerra ha sido declarada. Precisamente por eso nos conviene tener las ideas muy claras. La nazifobia es esencial para nuestra supervivencia. Implica combatir --y, a ser posible, erradicar-- las ideas que nos amenazan, que es la manera más civilizada de evitar una guerra. Si, por un error conceptual, nos avergonzamos de nuestra nazifobia y la convertimos en un tabú, podríamos terminar paralizados ante el enemigo.

Efectivamente: como los borricos.

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miércoles, 2 de agosto de 2017

La caja fuerte

Después de treinta y cinco años de oficio la burocracia no tenía secretos para él. Había trabajado en todos los negociados de todos los ministerios, había acumulado pluses, prebendas, trienios y menciones honoríficas, y era capaz de leer -¡y hasta de entender!- la letra pequeña de todas las cláusulas contractuales. Había participado en intrigas de cafetería y en linchamientos verbales bajo la luz mortecina de los despachos, y había concebido y puesto en práctica sofisticadas maniobras para ascender por el escalafón a costa de los más débiles. Y, lo más meritorio de todo, había salido indemne.

En suma, el funcionario Honorato Mezzanín era el Maquiavelo de la cosa administrativa, y todos lo sabían. En la oficina, nadie se atrevía a alzar la vista cuando él extendía su mirada de águila real por las superficies de las mesas colmadas de expedientes, sellos de caucho, carpetas entreabiertas y tazones de café con leche. Aquel hombre era intocable, y el único consuelo de sus compañeros era que pronto le llegaría la edad de jubilación. En lo que a aquel superhombre se refería, las hachas de guerra estaban enterradas, y sólo cabia esperar.

No era grave. La mayor virtud del funcionario es la paciencia.

Lo que nadie esperaba ni remotamente era que aquel rayo de sol entrara una mañana por la ventana del dormitorio de Honorato y lo despertase de un sueño más agitado de lo habitual. Sudoroso, con los cabellos revueltos, Honorato se incorporó de golpe y se llevó la mano al pecho. Su corazón palpitaba con tanta fuerza como si quisiera salirse de la caja torácica. ¿Qué había sucedido?

En realidad, nada del otro mundo. La noche anterior acababa de comenzar la primavera, y aquel rayo nuevo del sol sobre sus párpados se limitaba a proclamar, puntualmente, la llegada del equinoccio. Honorato, jadeando todavía, se levantó, caminó en pantuflas hasta el cuarto de baño y se miró en el espejo. No había dormido bien. En aquel rostro sin afeitar las ojeras, más pronunciadas de lo normal, le daban un aspecto demacrado y cansino.

Pero no tenía sueño. Es más, la idea que había penetrado en su mente al contacto con el rayo de sol lo hacía sentirse extrañamente joven y animoso. De pronto, un horizonte nuevo se abría ante él. No sólo un horizonte, sino todo un paisaje que él columbraba ya en todos sus detalles, allá en el futuro. Acababa de decidir cambiar de profesión y hacerse mago. Pero, cuidado, no un mago del montón, sino algo completamente nuevo, nunca antes visto sobre la faz de la tierra. El nombre artístico destellaba ya en su fantasía con grandes letras doradas, como un luminoso de neón: Mezzanín, el Mago Burócrata.

Ideó decenas de trucos para representar en los escenarios. La secretaria flotante, la chistera de la que salían siete tomos del Boletín Oficial del Estado, la circular que reaparecía en los bolsillos de sucesivos espectadores, la grapadora que se transformaba en murciélago o el archivador que arrojaba fuego cada vez que uno lo intentaba abrir eran sólo algunas de las muchas escenas que su imaginación iba forjando día a día, en ocasiones consumiendo largas noches en vela hasta dar con el mecanismo secreto, el ángulo de luz, el giro hábil de la muñeca o la sustancia química certera que dejarían al público boquiabierto y, a la postre, el mundo rendido a sus pies.

Pero en aquel repertorio faltaba algo. El necesitaba una actuación decisiva, un número estremecedor que lo consagrase sin disputa como el mayor mago de todos los tiempos. Hasta que por fin una mañana, en el autobús, vio de pronto la luz. Quizá no fuese casualidad que dos noches antes acabase de comenzar otra vez la primavera. La criatura había necesitado un año y un día para venir a este mundo. Pero todos los desvelos habían valido la pena. Como nadie tiene la obligación de ser modesto consigo mismo, la idea le pareció genial.

Se apeó en la primera parada y salió corriendo por la avenida como un nuevo Arquímedes hasta llegar al teatrillo, un local que había alquilado en los bajos de una panadería para ensayar sus actuaciones una y otra vez hasta la perfección absoluta. Apenas entró, sin cerrar siquiera la puerta, buscó papel y lápiz, se sentó en la tarima del pequeño escenario y con mano temblorosa comenzó a trazar el croquis de una caja fuerte.

Las paredes tenian que ser absolutamente indestructibles, y la combinación de la cerradura, a prueba de los más reputados ladrones de guante blanco. Su mano dibujaba febrilmente. Allí dentro se alojaría él, en posición fetal, ataviado con un frac y una larga capa roja y provisto de una carpeta con quince formularios en blanco. En el exterior de la caja fuerte, un gran reloj de pared marcaría los segundos. Si él no conseguía rellenar correctamente todos los formularios antes de un minuto, la cerradura se bloquearía para siempre, y ya no podría salir.

Era un desafío supremo, sin parangón en la historia de la magia. Para poner las cosas aún más difíciles, seleccionó nueve formularios de las Naciones Unidas, legendarios en su género como los más enrevesados jamás concebidos por la mente humana. Un censo municipal, tres encuestas sobre intención de voto y dos solicitudes de beca de una fundación alemana completarían el lote.

Ensayó el número durante meses. No podía permitirse ni el más mínimo fallo. Memorizó milimétricamente cada uno de sus movimientos y su duración, revisó el dispositivo electrónico que sentenciaría la exactitud (o no) de los formularios rellenados, se aseguró de que el volumen de aire disponible le permitiría respirar durante la actuación y, cuando todo estuvo a punto, se llevó el teléfono a la oreja y, con voz exultante, instó al gerente del Teatro Ondina a que fijara ya la fecha del grandioso espectáculo.

Que fue el 23 de noviembre de aquel mismo año. Desde primeros de octubre la noticia corría ya como la pólvora por las televisiones y las redes sociales. La expectación iba en aumento, y las entradas se agotaron en un santiamén. La noche en que por fin abrieron las puertas del teatro, la cola llegaba hasta el Ministerio de la Función Pública, que estaba a dos manzanas de allí. Un augurio excelente, se dijo Honorato.

Cuando el telón se levantó por fin y El Gran Mezzanín apareció levitando en mitad del escenario, envuelto en unas sombras fantasmagóricas, a los espectadores se les cortó el aliento. Iba a ser una noche de emociones fuertes. La capa roja del mago flotaba también majestuosa a sus espaldas, e incluso su chistera oscilaba suavemente varios centímetros por encima de su cabeza. De improviso, a una señal de su varita mágica, Honorato se deslizó hasta el suelo y dio comienzo la actuación.

Los primeros números fueron, hasta cierto punto, convencionales. La bella ayudante del mago, enfundada de pies a escote en una malla de lentejuelas, se metía en uno de los cajones de un gigantesco archivador y salía por cualquier otro cajón que los espectadores señalaran. En los trucos de naipes, las cartas habían sido sustituidas por escrituras notariales, y cuando la ayudante se encerraba en una caja y la caja era después laminada por dos rodillos implacables, el resultado no era un delgado tablero de madera, sino una convocatoria de oposiciones a abogado del Estado.

Mientras el mago mostraba al asustado público la hoja de papel, un bedel que había acudido a presenciar la escena se desvestía, y bajo su uniforme reaparecía la ayudante, sana y salva, con su atavío de lentejuelas.

Un fuerte redoble de tambor acalló los aplausos del público. Todos enmudecieron. Había llegado el momento. En medio de un silencio electrizante, dos tipos corpulentos en traje y corbata depositaron en el centro del escenario una caja fuerte de aspecto imponente. Al contacto con ella el suelo del teatro, y con él los respaldos de las butacas de patio, retemblaron levemente.

El mago burócrata avanzó entonces hasta la caja fuerte, hizo una reverencia, y la ayudante explicó en qué consistiría el ya famoso número. Al fondo del escenario, el fatídico reloj estaba listo. Para Honorato, aquel iba a ser el minuto de gloria o de perdición, la prueba decisiva que le compensaría los largos meses de desvelos o lo condenaría para siempre a un universo cerrado y opresivo, del que ya nunca podría regresar.

Todo se desarrolló con precisión cronométrica. La ayudante entregó al mago los quince formularios y abrió la caja fuerte. Mezzanín se acomodó en su interior y la ayudante cerró la puerta tras él. La cerradura entonces hizo ¡clic!, y un estremecimiento recorrió las butacas. En aquel mismo instante el reloj de pared empezó a marcar los segundos. Uno, dos, tres, cuatro …

En cuanto el dispositivo diese el visto bueno al último de los formularios, el reloj se detendría. Pero llegó el segundo 55 y las manecillas seguían avanzando. Entre el público se abría paso un murmullo de inquietud. Cuando la manecilla marcó el minuto 59 se oían ya gritos ahogados de angustia, y un segundo más tarde el reloj de pared se detuvo y emitió un zumbido sordo. La prueba había fracasado.

En pocas horas, la noticia dio la vuelta al mundo. El Mago Burócrata, la gran revelación del mundo del espectáculo, no había conseguido superar su propio desafío y estaba atrapado en el interior de una caja fuerte. Peor aún: de una caja fuerte inexpugnable. El teatro fue desalojado, y el escenario se fue llenando de policías, bomberos, enfermeros y ayudantes vestidos de mecánico. Nadie sabía cómo abrir aquella caja fuerte sin dañar a su ocupante. Por supuesto, los explosivos y los sopletes estaban descartados, y el mecanismo de cierre era tan firme como si la puerta estuviese soldada al marco.

A la mañana siguiente apareció en el escenario un equipo de bomberos de Ottawa, que eran especialistas en la materia, pero después de un detenido examen declararon que no sabían cómo proceder. El mundo, estremecido, se preguntaba qué estaría sucediendo dentro de la caja fuerte. Las paredes de aquel habitáculo eran tan gruesas que ni siquiera se podía oír a Honorato, y todo eran conjeturas.

A eso del mediodía, se presentó ante las autoridades un renombrado físico de cabellos grises y hombros encorvados.

“Una cosa sabemos con certeza”, diagnosticó el físico. “No es posible sacarlo a través del espacio”.

“¿Y qué quiere decir con eso?”, replicó la más alta de las autoridades, un tanto escamado.

“Quiero decir que la única solución es sacarlo a través del tiempo”, sentenció el cientíico.

“¿Quéee?”, exclamaron todas las autoridades al unísono.

El científico sacó de su bolsillo un bloc de notas y comenzó a garrapatear fórmulas incomprensibles.

“Al ocupante de la caja fuerte no podemos acceder, pero sí a su dispositivo. Si conseguimos configurarlo desde el exterior como un solenoide cuántico, creo que podríamos enviarlo al futuro… o al pasado. Naturalmente, la caja fuerte se quedaría aquí”

“Entonces ¿cómo sabremos que ha salido?”, preguntó la segunda autoridad, que era muy perspicaz.

“Si lo enviamos a un futuro cercano, él mismo acudirá a su casa y nos esperará allí. Claro, que también podríamos enviarlo al siglo pasado y buscarlo después en los periódicos”

Las autoridades, y un bombero de Ottawa que había entrado a preguntar dónde estaban los aseos, se quedaron atónitos.

“¿Usted sería capaz de hacer eso?”

“Lo puedo intentar. Veamos. Tendría que polarizar un láser de spin ½ … y después, generando una pulsación de bosones a través de un campo electromagnético, invertiría la carga del circuito secundario. El único peligro sería …”

Levantó la vista. Todas las autoridades habían desaparecido. Sólo el bombero de Ottawa lo miraba con ojos espantados. El científco se encogió de hombros y concluyó.

“… El peligro sería crear un agujero negro. Que lo transportaría a otro universo”

Y se quedó pensativo contemplando sus fórmulas.




Alrededor de la caja fuerte los aparatos estaban listos para el experimento. El profesor Smith -que así se llamaba el físico teórico-, también. Poco a poco, los focos del escenario disminuyeron de intensidad, y en la oscuridad sólo se distinguían ahora las lucecitas del láser cuántico y la red de generadores de bosones, que dibujaban sobre el escenario un extraño paisaje luminoso, algo así como un belén electrónico. El patio de butacas estaba ocupado por centenares de periodistas de todo el mundo, con sus cámaras y sus pantallas portátiles. Era absurdo. Esa noche no habría noticia, y ellos lo sabían. Aunque el experimento llegase a tener éxito, tardarían por lo menos varias semanas en averiguarlo. Pero así es el periodismo.

Con un gesto, el profesor Smith pidió silencio. Consultó varias veces el monitor de quarks, se limpió los vidrios de las gafas y, sin pensarlo dos veces, apretó un interruptor rojo que decía “ON”. Un ronroneo monótono se extendió por el espacio del recinto, y al cabo de varios minutos Smith dijo:

“Ya está”





Honorato abrió los ojos. A su alrededor la oscuridad seguía siendo total, pero ahora al menos podía respirar. En seguida cayó en la cuenta de que también podía estirar las piernas y los brazos a su antojo. ¿A su antojo? Sí. Flotaba en el vacío, y experimentaba la sensación de estar viajando a gran velocidad. En su cabeza todo eran preguntas. Si podía moverse, ¿por qué no podía tocar nada a su alrededor? ¿A dónde lo estarían llevando, y para qué? ¿Aún seguía vivo, o acaso todo aquello era un sueño? Y, sobre todo, ¿qué estaría sucediendo allá afuera?

En realidad es mejor así, pensó. En el fondo, se encontraba a gusto en aquella oscuridad. No tenía que dar explicaciones por su fracaso, y tampoco se sentía ya obligado a demostrar nada a nadie. En tales pensamientos estaba cuando, sin saber muy bien cómo, aterrizó.

La calle estaba desierta. Una única farola la iluminaba, y en las ventanas de los edificios todas las luces estaban apagadas. Abandonó la capa y la chistera en un portal y echó a andar. Sus pisadas resonaban en el silencio de la noche. Cruzó varias calles, todas igual de desiertas y mal iluminadas. En aquel cielo no había luna ni estrellas, pero a sus espaldas un leve claror entre los tejados anunciaba ya la llegada del amanecer. Se detuvo y aguzó la vista. Le había parecido ver, unos doscientos metros más adelante, una luz lateral que iluminaba la acera. ¿Sería una tienda? Reemprendió la marcha y avivó el paso. Sentía hambre.

La luz provenía de una panadería. Se parecía mucho a la de su teatrillo, pero la empleada no era la misma. Esta de ahora era una mujer gruesa y risueña, con gafas de media luna y un delantal a rayas blancas y grises.

“Usted dirá”, dijo desenfadadamente la panadera.

Honorato recorrió con la mirada la vitrina del mostrador. Los dulces allí expuestos eran muy parecidos a los que él conocía, pero no exactamente iguales. Los croissants, por ejemplo, tenían forma de Z.

“Un croissant, por favor”, dijo sin pensarlo más tiempo. Le daba igual lo que le vendiesen, con tal de que fuera comestible.

“¿Se lo envuelvo?”

“No, no hará falta. Me lo voy a comer en seguida”

La mujer apresó el croissant con unas pinzas metálicas y lo depositó sobre una servilleta de papel, encima del mostrador.

“Serán doce créditos”, informó, dejando caer los brazos.

“¿Créditos?”

“Sí. No me diga que se le han terminado”

Honorato abrió un tanto la boca, pero no para morder el croissant.

“Disculpe, pero es que yo vengo de muy lejos y acabo de llegar. ¿Me puede explicar lo que son los créditos?

La mujer suspiró.

“No sé de dónde viene usted, pero todo el mundo sabe lo que son los créditos. Tiene que ir al Ministerio de Créditos y solicitar su cupo semanal. De diez a una, de martes a jueves”

“¿Y no me aceptaría un billete de cincuenta? Tengo bastante hambre”, balbució, exhibiendo ante sus ojos el billete anunciado. La empleada lo tomó, lo examinó con curiosidad y se lo devolvió con aires displicentes.

“Mire, no estoy para bromas. Vaya al Ministerio y solicite su cupo, como todo el mundo”, replicó. Mientras esto decía, devolvió el croissant a la vitrina y puso los brazos en jarras, con las pinzas todavía reluciendo en su mano derecha.

Honorato salió a la calle. Su estomago se rebelaba contra las normas del Ministerio de Créditos, pero no tendría más remedio que aguantarse hasta que se aclarase la situación. En las aceras se empezaban a ver ya viandantes, e incluso algunos vehículos circulando por la calzada. Estaba a punto de salir el sol, y la mayoría de las tiendas abrían también sus puertas. Al doblar la primera esquina se cruzó con una anciana que empujaba trabajosamente un carrito de la compra.

“Disculpe. ¿Me podría decir por dónde se va al Ministerio de Créditos?”

La mujer lo miró de abajo a arriba, como si sospechara que venía de otro planeta.

“En mis treinta y cuatro años de vida jamás me habían preguntado una cosa así”, exclamó con voz achacosa. “Diríjase hacia el suroeste”, dijo, señalando la salida del sol. “Siete manzanas. Luego doble a la izquierda en la gasolinera. Un poco más adelante verá la plaza de los cactus. Allí es”

¿El suroeste?, se preguntó Honorato mirando hacia el horizonte. Pero no hizo ningún comentario. “Muchas gracias”, dijo. La anciana se encogió de hombros, y los dos reemprendieron su camino.




El Ministerio de Créditos era un edificio azul, con un gran balcón central rodeado de guirnaldas en la última planta. En la puerta principal, el conserje le dio el alto.

“¿Tiene número?”

“¿Cómo?”

“Ya sabe que sin número aquí no se puede entrar”

“Yo sólo quería mi cupo semanal”, dijo Honorato, casi atragantándose.

“Tiene que pedir su número, hombre. Oficina siete, a la vuelta de la esquina. Y no olvide las dos pólizas de sesenta céntimos”, apostilló el conserje con tono expeditivo. “Ahora apártese, por favor, que ha llegado el autocar de jubilados del Ministerio de Ruegos y Preguntas.

En efecto, un autocar acababa de detenerse junto a ellos, y de él salía ya una larga hilera de jubilados renqueantes acarreando pesadas carpetas. Honorato se alejó sin despedirse. La irrupción de los jubilados le había impedido preguntar dónde se compraban las malditas pólizas. Miró a su alrededor. Frente por frente al Ministerio, más allá de los cactus, un rótulo en letras amarillas reclamó su atención.

“ESTANCO”, leyó. Y debajo, en letra más pequeña: “DILIGENCIAS, PÓLIZAS, INSTANCIAS, CERTIFICADOS, RECURSOS JUDICIALES, TABACO”

Dudó unos instantes, pero el recuerdo del croissant fue más poderoso que su raciocinio. A grandes zancadas, recorrió el medio triángulo de la plaza y empujó la puerta del estanco.

“Buenos días”, saludó.

“Buenos días”, le respondieron al unísono las diecisiete personas que aguardaban en cola ante la ventanilla. Honorato consultó su reloj de pulsera, y suspiró.

Veinticinco minutos más tarde, el empleado de la ventanilla respondía entre dientes a su saludo.

“Dígame”, le espetó acto seguido, sin mirarle siquiera.

“Dos pólizas de sesenta, por favor”

“¿De sesenta céntimos?”

“Sí, claro”

“¿Y la solicitud?”

Al oír la pregunta, Honorato sintió una punzada en el hígado.”¿Qué solicitud?”, inquirió débilmente, temiéndose lo peor.

“Oiga, yo no estoy aquí para perder el tiempo”, refunfuñó el empleado. “O me trae la solicitud rubricada y sellada, o no vuelva a entrar por esa puerta. Aquí no se regala nada, joven”

“Pero yo …”

“Deje pasar al siguiente, hombre. ¿No ve que está estorbando?”

Hambriento y abatido, Honorato salió del estanco y se sentó en el bordillo de la acera. ¿Qué hacer? No entendía nada. Ni siquiera sabía por qué había ido a parar a aquel lugar. Lo único que sabía con certeza era que tenía hambre. Además, empezaba a hacer calor. Miró el frac que aún llevaba puesto. Desde luego, no era fácil que alguien lo tomase en serio con aquella indumentaria. Desganadamente, se llevó las manos a las solapas y empezó a desabotonarlo. Entonces se acordó del sable.

El sable de las actuaciones no era propiamente un sable, sino una imitación que, al empujarla contra un objeto duro, se plegaba hasta la empuñadura. Lo llevaba en uno de los bolsillos secretos de su frac. De pronto, su mente se iluminó. A grandes males, grandes remedios, se dijo. Se incorporó y, sin pensarlo dos veces, se dirigió a buen paso hacia la panadería.




Al ver entrar a aquel hombre con un sable en la mano, la panadera dio un grito.

“¡Venga! ¡El croissant!”, conminó el mago, esgrimiendo el falso sable a la altura del cuello de la buena mujer.

“Pero… ¿este es un robo certificado, o …?”, acertó a articular la panadera.

“Pensándolo mejor, deme la bandeja entera”, se envalentonó Honorato. “Me la envuelve para llevar, si es tan amable”

“Entonces no es certificado”, murmuró ella. “Dios mío de mi vida…”

Y le envolvió los croissants.





El profesor Smith tomó la palabra y se sacudió la tiza del guardapolvo. Sus fórmulas llenaban completamente la pizarra del aula magna.

“Señores, la mecánica cuántica nos ha jugado una mala pasada. El experimento de la caja fuerte funcionó a la perfección, pero el mago no aparece por ningún lado, y nos tememos que haya experimentado un desdoblamiento”

Un largo murmullo acogió sus palabras.

“En otras palabras, pensamos que el sujeto se encuentra en dos universos simultáneamente. En qué forma está viviendo esas dos realidades paralelas, no lo sabemos. Pero, según mis cálculos, si reconfiguramos el solenoide fotónico como una fuente de neutrinos gamma podríamos suprimir el universo espurio y descuantificar a ese señor. Quiero decir, traérnoslo de nuestro lado”

El murmullo retornó con mayor intensidad, esta vez acompañado de cabeceos aprobatorios.

“De manera que, si las autoridades nos dan su beneplácito, podemos iniciar el segundo experimento ahora mismo. Tengo ya todo preparado”

Tras deliberar largo rato, las autoridades por fin asintieron. El profesor entonces carraspeó, se limpió cuidadosamente las gafas y, antes de apretar el interruptor rojo, comentó:

“El único peligro es… “. Carraspeó de nuevo. “Quiero decir, si la ecuación de Schrödinger genera un término relativista, podría ocurrir lo contrario. Es decir, que lo sacáramos de este universo y lo dejáramos en el otro. Para siempre”.

Se rascó la cabeza, pensativo. “Aunque es poco probable”, añadió.

Y apretó el botón.





Con el hambre que traía, los croissants le supieron a gloria. Mientras los engullía ávidamente, Honorato cerró los ojos. Aquel relleno de chocolate era delicioso. Y diferente de todo lo que él recordaba haber comido.

Había encontrado un banco en un parque, medio escondido entre unos arbustos, y ahora se entregaba a la glotonería comprensible en quien ha atravesado varios universos sin comer. Pero, ay, cuando volvió a abrir los párpados estaba oscuro otra vez y a su alrededor todo se movía.

Esta vez aterrizó en un bulevar muy concurrido. Era casi el mediodía y en el cielo brillaba el sol. La gente y los edificios no parecían diferentes de los anteriores. La única diferencia que encontró fue que todas las plantas que se veían en las calles eran cactus.

Al menos ya no tenía hambre. Caminó largo rato por entre la multitud, entreteniéndose frente a los escaparates de las tiendas, que mostraban artículos de formas extrañas y sorprendentes. Todos los transeúntes llevaban puestas unas gafas triangulares a las que parecían muy atentos, y nadie se fijaba en él.

De pronto, un policía lo agarró por un brazo y lo obligó a detenerse.

“Eh, tú. ¿Dónde están tus gafas?”, le espetó.

Honorato se lo quedó mirando. Buscaba desesperadamente un pretexto que lo sacase de aquel lío.

“Me las he dejado en casa”, respondió sin mucha convicción.

“¿Y cómo esperas encontrar el camino a tu casa si te has olvidado las gafas?” Antes de que el mago respondiera, el policia prosiguió. “A ver, tu documentación. Matrícula de gafas. Cédula de identidad, permiso de conducir, permiso peatonal, certificado de existencia, contabilidad de CO2, inscripción de género, bono bus. No me digas que también te los has dejado en casa”

Honorato entonces comprendió. Cerró los ojos y sonrió para sus adentros. Tal vez había llegado el momento de renunciar a ser mago y volver a ser, simplemente, burócrata. En aquel mundo nuevo al que la ciencia lo había enviado, su porvenir no tenía límites. A nada que se esforzase, en pocos meses todos aquellos aprendices le comerían en la mano.

Miró al policía fijamente a los ojos y, con voz monocorde, salmodió de un tirón:

“Ley 237/2017. Antes de proceder a la verificación de la documentación, la autoridad requiriente tomará particularmente en consideración los siguientes criterios: a) El menor perjuicio a los requeridos derivado del transcurso de los plazos establecidos en el artículo 57 de la Ley 1016/1995. b) La justificación por la autoridad solicitante de su petición en el ejercicio de un derecho o la circunstancia de que el requerido tuviere la condición de transeúnte, necesitando en cualquier caso su aquiescencia para fines investigativos, estadísticos o de orden público. c) El menor perjuicio posible a los derechos de los requeridos cuando los documentos acreditables contuvieren únicamente datos de carácter identificativo de aquéllos que se le pudieren formalmente solicitar. d) La máxima garantía posible de los derechos de los afectados cuando los datos contenidos en el documento pudieren afectar a su privacidad o a su seguridad…”

No necesitó seguir. A medida que las palabras salían de su boca, vio cómo el policía se relajaba. En pocos segundos, la tensión de aquel rostro cedió. El policía empezó a respirar hondo, y sus párpados se entrecerraron.

Un minuto exacto después estaba dormido.

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domingo, 25 de junio de 2017

Una crítica desinteresada

ACTO PRIMERO

"¿Le puedo tomar nota ya, caballero?"

"Sí, muchas gracias... De entrada, creo que tomaré una rillette de caviar iraní gelificada con humo líquido y emulsión de trufas salvajes"

"Por supuesto, señor. ¿Lo aderezamos con aceite balsámico de Rajastán, o prefiere polvo helado de rabanitos Caducifolius?"

"No. Prefiero un espolvoreado de pétalos de rosa macerados en eau de vie piamontesa. Destilada en alambique de Osaka, por supuesto."

"Muy bien. ¿Y de segundo?"

"Antes del segundo tomaré unos canelones de foie de Normandía con olivas negras y espuma de manzana de Nueva Guinea. Y como plato principal, solomillo de salmón al vacío con mayonesa de ostras y corazón de cebolla morada."

"Sí, señor. ¿Qué vino tomará?"

"Para los entrantes, un Chateau Boulez Chardonnay, reserva del 89, y para el salmón un Afflelou d'Armagnac Borondon, reserva especial"

"¿Temperatura?"

"Catorce grados"

"Excelente decisión, señor. ¿Desea algo más?"

"No, gracias. Eso será todo, por el momento."


ACTO SEGUNDO

"¿El señor desea otro café? ¿Otro whiskey de doble malta?"

"No, muchas gracias. Se me está haciendo un poco tarde."

"¿Desea que le traiga la minuta?"

"No. Mejor llame al dueño del restaurante?"

"¿Ha... tenido algún problema con la comida?"

"No, en absoluto. Llame al propietario, si es tan amable."


ACTO TERCERO

"Buenas tardes, caballero. Usted dirá."

"¿Es usted el propietario?"

"Sí, señor."

"Verá. Yo dirijo la sección de gastronomía de la revista Haute Cuisine, y mañana voy a publicar una reseña de este restaurante..."

"¡Ah! Será un honor, por supuesto..."

"El caso es que he escrito dos versiones de la reseña y todavía no he decidido cuál publicaré. ¿Le importaría echarles un vistazo y darme su opinión?"

(Le tiende dos folios).

"¡Faltaría más!"

(El propietario lee entre dientes:)

Versión 1

"El restaurante Epicureus es una auténtica fiesta para el paladar, a la que ningún amante de la gastronomía debe faltar. Su exquisito rodaballo fumé con wasabi, sus perlas de langostino con sfumato de vieira y, en el apartado de postres, el incomparable pudding de mandarina enana en crujiente de plancton son sólo una muestra de las mil texturas y sabores sublimes que su carta nos ofrece. Por lo demás, el servicio es impecable, y la atmósfera, suavemente aderezada por las sonatas de Chopin, difícil de superar. En resumen, un must absoluto para el comensal más exigente."

Versión 2

"En honor a la verdad, la mala fama del restaurante Epicureus no está del todo justificada. Es cierto que sus pinchos de tortilla con ketchup carecían en absoluto de charme (y de sal), pero el pan, aunque un poco reseco, definitivamente no era del día anterior. Se ha especulado mucho sobre la procedencia de la carne de sus estofados. En nuestra opinión, la oreja de cerdo del cocido era auténtica, y el sabor un tanto 'fuerte' del conjunto se debía a los cubitos de caldo de carne con que el cocinero supo compensar la escasez de ingredientes. Nuestro estómago no fue tan condescendiente como nuestro paladar, pero unas pastillas de antiácido fueron suficientes para corregir el reflujo. El trato de los camareros fue correcto, aunque indiferente, y la frasca de vino que uno de ellos derramó sobre mi camisa se debió simplemente a un tropezón con una de las baldosas del suelo, que estaba rota. Por los altavoces, la música de la radio no estaba tan alta que no se pudiera conversar."

ACTO CUARTO

"Efectivamente, yo tampoco sabría por cuál de las dos versiones decidirme. Aunque, desde luego, no soy quién para aconsejarle sobre un asunto tan delicado. En cualquier caso, permítame que corresponda a sus atenciones haciéndome cargo de la minuta. En otras palabras, paga la casa. Nada, nada, no hay más que hablar. El maître le ofrecerá ahora mismo una caja de nuestros mejores habanos, y mi señora está a su disposición para cualquier otra cosa que tenga usted a bien solicitar. Esperamos tenerlo de nuevo muy pronto con nosotros. Regrese cuando quiera. ¡Muchas gracias, señor! ¡Muchas gracias!"

(El propietario, deshaciéndose en reverencias, acompaña al periodista hasta la puerta.)

CAE EL TELÓN

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viernes, 16 de junio de 2017

Contrastes

Prohibido fumar, decir palabrotas y hablar con el conductor

Hace algunos meses tuve ocasión de conversar con el hijo de unos amigos sobre ciertos aspectos de la vida moderna. El no entendía mi aversión a los viajes en avión, y le tuve que explicar que hubo un tiempo en que, a diferencia de ahora, los aeropuertos no se parecían en nada a un campo de concentración. No había aglomeraciones, ni controles, ni cámaras. Uno, simplemente, se iba caminando desde el mostrador de facturacion hasta la puerta de embarque y, al rato, en un asiento espacioso de un avión le servían una comida generosa con cubiertos de metal y una botellita de vino. En clase turista. Y se podía fumar. Sí, en el avión.

Viendo la expresión de sorpresa de aquel muchacho, por un instante tuve la sensación de estar contando un cuento de hadas.

"Pero ahora los controles son necesarios", replicó él. "Si no los hubiera ..."

Efectivamente, ahora los controles son necesarios. Pero digamos con todas las letras lo que eso significa: no sólo hemos perdido calidad de vida. Hemos perdido libertad. Y mucha. ¡Bien por el progreso!

Rebelión en la granja (pero sin huevos)

Aquella conversación me recordó otra que mantuve hace algunos años con un sobrino. El veía con simpatía la gestación de un 'nuevo' partido político de ideas más rancias que Carracuca. Mi sobrino no tenía ni idea de que aquel ideario politico ya había sido ensayado en muchos paises, con un saldo aproximado de cien millones de muertos y muchos más millones de horas de colas, penuria, escasez, hambre, torturas y control despiadado del individuo por el Estado.

En algún momento, inevitablemente, la conversación derivó hacia los años del franquismo. Su idea de aquel periodo histórico era más o menos la que predica machaconamente la propaganda bienpensante. A saber: Franco fue un psicópata sanguinario que se dedicó a empobrecer y hacer todo el daño que pudo a los españoles durante cuarenta años, y la represión del franquismo fue...

Lo interrumpí. "¿Sabes una cosa? Yo estuve en Praga en 1971", dije. "Y allí el control del Estado sobre las personas era tan monstruoso que entré en estado paranoico. Literalmente. Llegué a creer que nunca me dejarían salir. Aquello no era un país; era una cárcel gigantesca, y cuando regresé a la España de Franco me sentí libre, ¡libre!, como un pajarillo silvestre".

Así fue. En mi país no me sentía vigilado. A nadie le importaba cuánto dinero gastaba, qué compraba, cuánta gasolina consumía o dónde pasaba cada noche. Podía comprar infinidad de libros inencontrables en la Checoslovaquia socialista y, excepto los estancos, ninguna tienda estaba controlada por el Estado. Además, en comparación, las tiendas españolas estaban abarrotadas de productos, en cantidad y en variedad. Mi sobrino me miraba con cara de incredulidad.

No te vayas, rianxeira, que te vas a marear

"¿Y la represión?", leí en su mirada. "El régimen de Franco no tuvo oposición democrática", le expliqué. "La represión recaía sobre los grupos de extrema izquierda, que pretendían derrocar aquel régimen para sustituirlo por una democracia 'popular'. Es decir: Checoslovaquia. El horror".

Y era cierto. En aquellos años -igual que ahora-, había que ser un ignorante imperdonable o tener realmente muy mala entraña para ser maoísta, leninista, trotskista o prosoviético. Pero si uno defendía ideas democráticas, la represión que padecía era entre benévola y nula. Peor lo tenemos hoy los que no creemos en el calentamiento global.

En mi experiencia personal, la única represión que viví con rabia y desesperanza durante el franquismo fue la que ejercía la iglesia católica. En nuestros días, la obsesión por el colesterol y el cambio climático es un auténtico tostón, pero en aquellos tiempos la obsesión por la castidad femenina era, para un adolescente como yo, sencillamente insufrible.

Sin embargo, la iglesia católica ha sentido siempre una atracción satánica por las fuerzas del Mal, y con el Concilio Vaticano II se pasó de la Inquisición al marxismo-leninismo sin emitir un suspiro. Aquel cambio de chaqueta espectacular puso en marcha la inexorable ley del péndulo, hasta el punto de que hoy en día está ya mal visto no ser hermafrodita, o tener ideas propias, o criar hijos en lugar de perros. Y, por supuesto, añorar la libertad de hace medio siglo.

Debajo de los adoquines está la playa

Una libertad que, idependientemente del país o del régimen político, era mucha. Eran los tiempos en que uno sólo tenía obligación de enseñar el DNI a la policía, y nunca a la cajera del supermercado o a la secretaria del dentista. Tampoco había cámaras de vigilancia por ninguna parte, y la delincuencia era mucho menor que ahora. Uno podía entrar a cualquier edificio oficial sin pasar por ningún control de metales, y había libertad para ponerse o no el casco en las motos o el cinturón de seguridad.

Como había muchos menos funcionarios y muchos menos políticos, tampoco había que pagar impuestos. En los autobuses, ninguna autoridad tenía que reservar asientos para los ancianos, porque los propios pasajeros les cedían el suyo. Y cuando uno quería apearse en la próxima pedía amablemente pasar en lugar de emprenderla a empujones como los gorilas.

En aquellos tiempos todos sabían redactar, y escribían con pocas o ninguna falta de ortografía. Todos sabíamos por dónde pasaba el Ebro y dónde estaba Albacete. En las cartas nadie escribía jajajaja, y en los telegramas uno ponía lo estrictamente necesario. Quienes aprobaban unas oposiciones podían pedir plaza en cualquier rincón del país sin necesidad de aprender ninguna lengua local. El tomate sabía a tomate, los huevos sabían a huevo y el pan sabía a pan. Todas las noches regaban las aceras, y sólo los locos hablaban solos por la calle.

Además, los parques eran sólo para pasear y disfrutar apaciblemente del aire libre. Las playas eran playas, y no calles, como ahora. La Tierra no se estaba calentando, sino que se encaminaba a una glaciación, pero a nadie le importaba un comino. Como no había videojuegos y apenas había televisión, la gente tenía ingenio y mucho sentido del humor. Y, como todos teníamos ideas propias, no teníamos necesidad de tatuarnos para distinguirnos unos de otros.

En el balneario de Parménides

Las argollas en la nariz, en los pezones o en el clítoris eran sólo cosa de los aborígenes de selvas remotas. Los jóvenes sabían bailar, y nadie tenía necesidad de acarrear botellas de agua por la calle, y mucho menos de agua mineral. Los escritores sabían redactar y no escribían lo primero que les pasaba por la cabeza, como ahora. Los juguetes eran escasos, y la imaginación, por consiguiente, desbordante. Las películas en blanco y negro eran en blanco y negro, y no coloreadas.

Pese a todo, hay cosas que no han cambiado. Antes todos los informativos contaban las mismas patrañas. Ahora, también. Antes se podía votar entre dos o tres opciones prácticamente indistinguibles. Ahora, también. Antes, la moral la dictaban los paniaguados del clero. Ahora, los paniaguados de la política. Antes había que respetar una religión que menospreciaba a las mujeres. Ahora, también. Antes había caciques. Ahora hay comunidades autónomas.

Es cierto, también hemos progresado. Hoy en día todos los automóviles tienen aire acondicionado. Hay aspiradoras que funcionan solas, y dentro de poco los frigoríficos encargarán el salchichón en bable a la tienda de ultramarinos. Todas esas maravillas nos liberan, y con su libertad cada uno hace lo que le viene en gana, pero para mí el progreso no es un fin en sí mismo, sino simplemente un medio. Un medio para desarrollar al máximo nuestro potencial como personas. Para ser más creativos, más autónomos, más generosos. Ese es el baremo con el que deberíamos medir los cambios históricos, porque es el criterio que mide ni más ni menos que la dignidad humana.


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sábado, 10 de junio de 2017

Horteras

Oí por primera vez la palabra 'hortera' allá por los años 70. Es sorprendente la capacidad del ser humano para captar instantáneamente, a veces ante un solo ejemplo de la vida real, el significado de una palabra. En aquellos años de patillas de hacha, jersey exageradamente corto y transistor debajo del brazo, no era difícil reconocer un cierto tipo de personaje callejero que se distinguía del resto, no tanto en la forma de las patillas o en la longitud de la melena, sino más bien en la falta de estilo.

No he dicho esto en sentido despectivo. Muchos de los horteras de aquella época me caían bien, y algunos fueron incluso buenos amigos míos. Pero, del mismo modo que un actor malo no nos conseguirá convencer interpretando a Shakespeare, un hortera nunca nos convencerá de que el buen gusto es una de sus virtudes. Naturalmente, parto de la base de que las tragedias de Shakespeare son dramas más sutiles que las telenovelas. Si usted cree lo contrario, entonces este no es su blog, y yo en su lugar no perdería más el tiempo leyéndolo.

Algunos años después llegó a mis oídos la palabra 'kitsch', más o menos indirectamente importada del alemán. Pero no es lo mismo. El kitsch es de interiores. El hortera, no. El hortera se lanza a la calle sin pudor ni afectación, simplemente convencido de que, con arreglo a un criterio indefiniblemente esotérico, va a la moda.

Como todo en la vida, hubo y hay horteras entrañables y horteras abominables. Y también horteras controvertidos. En nuestro tiempo, el presidente Trump es uno de los más polémicos, pero ser hortera no tiene nada que ver con ser bueno o malo, excepto quizá en las reminiscencias. Los penitentes de la Semana Santa serán tétricos, si usted se empeña, pero los miembros del Ku-Klux-Klan son unos horteras. El sombrero floreado de ciertas damas inglesas puede ser simplemente el atuendo de boda de una madre bondadosa, pero los fascistas de camisa negra eran unos canallas.

En los años 60 y 70, los horteras eran más bien inofensivos. Amaban el rock and roll, la ganja, las canciones italianas o el intercambio de parejas. El hortera moderno, con sus tatuajes de borrachera tabernaria y sus piercings de tribu africana en pie de guerra, parece anunciar un Armagedón no tan inverosímil como muchos piensan. Cada época tiene su impronta.

Como todas las demás modas, la moda hortera ha conocido los extremos del péndulo en más de una ocasión. Compárese, si no, la voluminosa permanent de las chachas de los 60, o las melenas a imitación del siglo XVIII, con el cráneo rasurado de los jadeantes joggers que infestan hoy los parques públicos, antaño parajes de apacible deleite y contemplación. O las faldas floreadas de las hippies, reminiscentes de la mesa camilla, con las más intrépidas minifaldas o los tangas de cordoncillo, que dejan al varón paseante sin aire en los pulmones y sin apenas margen para la imaginación.

Algunos estereotipos de hortera son específicamente de ámbito nacional. Por ejemplo, los gordos desbordantes o los émulos de Buffalo Bill o de Elvis Presley, en Estados Unidos. Pero también algunos millonarios de países petroleros, con sus parachoques de oro y sus propinas de tres ceros en hoteles suizos. En España tenemos dos tipologías excepcionales: los tunos y los toreros, que más que horteras se sitúan ya en la frontera con lo extraterrestre.

Lo hortera no entiende de clases sociales. Hay horteras adinerados, como los nacionalistas catalanes de gafapasta, las aristócratas con implantes de silicona o los intelectuales de perilla verde y corbata imposible, y horteras lumpen, como el macarra de pechera abierta y camisa de colores, el cachas bien dotado en camiseta sin mangas, o la discotequera de zapatos con plataforma y vaquero desgarrado marcando hucha.

Un cierto porcentaje de horteras, en realidad no lo son. Simplemente, compran la ropa más barata que encuentran en el bazar chino de la esquina, y les importa un pepino la impresión que puedan causar en el observador tiquismiquis.

Si uno se propone hablar de horteras, tarde o temprano deberá adentrarse en el terreno de la incorrección política, porque es imposible no mencionar a los esperpentos que abarrotan los desfiles del orgullo gay, a las feministas de ubres pintarrajeadas o a las góticas hijas de cierto expresidente español que, para bien o para mal, todos recuerdan todavía.

El hortera tradicional pretende ser elegante, pero el hortera moderno aspira a todo lo contrario. Puestos a escoger, entre los anillos despampanantes o los zapatos de charol blanco de los años 30 y los pantalones caídos de los hipsters o los cabellos en cresta de los punk yo no dudaría ni un instante.

También ha habido horteras geniales, no crean. Con sus abrigos extravagantes, sus bigotes en compás astrológico y su pronunciación amanerada, Salvador Dalí conquistó a ricos y pobres de medio mundo. Pero él se lo podía permitir, porque... sabía pintar. Justo al contrario que Picasso, que tuvo el honor de introducir el mal gusto en la historia de la pintura.

Aunque, si me preguntan, para mí el hortera más hortera de todos los horteras del universo es... Manolo el del bombo.

Sin discusión.


* Hortera:
1. Escudilla o cazuela de palo
2. En Madrid, apodo del mancebo de ciertas tiendas [farmacias]


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domingo, 4 de junio de 2017

Microcosmos

Sí. Ya sé que es el título de una composición de Béla Bartók, pero es la palabra que acudió a mi mente ayer, mientras escuchaba esta otra composición:

video

Los años pasan, pero las obras no siempre perviven. La fama universal no es necesaria. No es necesario recibir el nombre de una calle, o figurar en los libros de texto o en algún museo, renombrado o no. Pero a uno sí le gustaría que su obra perviviera, aunque fuese en un diminuto microcosmos integrado por personas que vienen e, inevitablemente, se van con el paso de los años. Familiares, amigos, admiradores, curiosos, aprendices. Un microcosmos con memoria que recuerde, inspire y -quizá también- emocione a futuras generaciones. Exactamente igual que fuera del microcosmos.

La dimensión verdadera del ser humano no es cósmica, sino microcósmica, y tal vez el mundo sería más habitable si en lugar de grandes palabras usáramos simplemente palabras cotidianas, y si en lugar de clamar por el orden y la justicia universal nos limitáramos a buscar la armonía con quienes nos rodean. La belleza o la justicia, la compasión, el amor o el orden social, todo es siempre más fácil a escala microcósmica. Goethe lo llamó "afinidades electivas". Las aspiraciones universales, y más en los tiempos que corren, llevan siempre en su seno la tentación del totalitarismo.

La jornada que viví ayer -concierto en familia, comida y música entre amigos- fue una modesta aportación a esa visión utópica de una armonía universal a escala humana. Una armonía desigual, desordenada y subversiva, en perpetuo reajuste y -quizá lo más importante de todo- con microhistorias colectivas. La armonía de las esferas: un mundo con capacidad para sorprender, compuesto de seres humanos y de microcosmos por descubrir.

[La grabación reproduce una composición de Vicente Gil, interpretada por miembros y amigos de la familia Gil Arráez el 3 de junio de 2017 en un pequeño escenario de un almacén de pianos, en la localidad de Griñón, cerca de Madrid]

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sábado, 27 de mayo de 2017

Sin respuesta

En los últimos años, el número de visitas y visitantes a este blog no ha hecho más que disminuir, probablemente acaparados por una revista del corazón llamada Facebook y un mercadillo de baratijas llamado Twitter. Gracias a ellos, el zen que se respira en este espacio es ahora impagable y, al ahorrarme la necesidad de pensar en mis lectores, me anima a publicar, simplemente, lo que me da la gana.

En mi ya dilatada búsqueda de interlocutores acerca de mis divagaciones, han sido muchos los que ni siquiera se han molestado en contestarme, o me han contestado con una arrogancia que delataba su paupérrimo nivel intelectual y humano. De todas las preguntas que he enviado en estos últimos lustros, hay cuatro cuya ausencia de respuesta me parece particularmente intrigante. Uno está tentado de pensar que no han respondido porque uno ha dado en el clavo, pero quién sabe. Tal vez mis interlocutores se murieron de repente, o tal vez mis preguntas eran dignas de un oligofrénico o de un principiante. Por si a alguno de mis inverosímiles lectores le interesa, aquí va mi botella arrojada al proceloso océano:

Carlos París, catedrático de topología – noviembre 2010

[Ciertas estructuras semánticas] están descritas en términos de denominabilidad: puedo representar una categoría sólo en la medida en que contiene rasgos que yo puedo denominar. Por ejemplo, un segmento sólo contiene tres rasgos que puedo denominar: el segmento propiamente dicho, y sus dos extremos. Si uno esos dos extremos para formar una circunferencia, sólo necesitaré un símbolo para denominarlos y, en el momento en que la circunferencia esté construida, el punto en que se han fundido los dos extremos no será ya un punto privilegiado de la circunferencia, y no tendré razones para denominarlo.

Esta manera de representar categorías parece reflejar muy bien el criterio utilizado en topología para clasificar las formas geométricas: podemos deformar cuanto queramos un toro, pero en el momento en que su circunferencia interior se funde en un punto nos encontraremos en la frontera entre un toro y una esfera. Sin embargo, hay formas que son conceptualmente diferentes aunque topológicamente idénticas: un triángulo, por ejemplo, es topológicamente idéntico a una circunferencia, pero no es denominable como circunferencia, ya que advertimos en él tres puntos privilegiados o vértices. Por lo demás, podemos deformarlo cuanto queramos sin que su estructura experimente un cambio cualitativo hasta el momento en que aparezca un vértice adicional, o hasta que uno de los vértices deje de formar un ángulo.

Los conceptos de conjunto cerrado y abierto describen satisfactoriamente el concepto de adyacencia pero, si rompemos una circunferencia, el objeto resultante será un conjunto abierto en un extremo (es decir, sin punto de acumulación), mientras que conceptualmente seguirá teniendo dos extremos privilegiados, tanto si son abiertos como si no.

Todo esto me intriga. Para el tratamiento de las categorías y de sus estructuras he desarrollado un formalismo de composición y descomposición simbólica que explica tanto la sintaxis como la semántica del lenguaje, pero me gustaría poder utilizar conceptos de la matemática ya existentes. De otro modo, los referees que lean mis artículos me seguirán considerando un freaky y seguirán rechazándolos, ya que utilizo un formalismo que no entienden. ¿Se te ocurre alguna sugerencia al respecto?

[Nunca me contestó]

**************

Ray Jackendoff, renombrado lingüista - febrero 2011

In the first chapter of your book Foundations of Language, the term "conditions" refers rather to *conventions* implicitly established by the users of languages. However, if the sentence (b) below is the agreed way to inquire about the object of the verb in (a):

(a) Beth ate bread
(b) What did Beth eat?

there is no reason for the second sentence below to be ungrammatical:

(1) Beth ate peanut butter and bread
(2) What did Beth eat peanut butter and for dinner?

except for the fact that it has never been used (before you), and is therefore a construction not expected by the receiver. Besides, (2) is the *only* way to ask about the word 'bread' in (1). A remedial construction such as:

Beth ate peanut butter and what?

follows the rule implied by

Beth ate what?

and not the rule used to consistently construct (b) and (2). An important thing to be aware of is the fact that languages are incomplete and conventional. Languages evolve, and not only morphologically. In Footnote 2 to Chapter 5 of his "Syntactic Structures", Chomsky wrote in 1975 "...many would question the grammaticalness of, e.g., 'John enjoyed and my friend liked the play'". Such constructions are nowadays generally accepted, as were passive English forms at some point in time, but not before the end of the eighteenth century. More complex constructions such as "he was given a book" were also for a long time inexistent and, therefore, deemed ungrammatical in the past.

The incompleteness of natural languages is an essential fact that may make appear as objective certain concepts about language that are actually subjective or merely conventional. Human languages are very effective compressors of information, which makes formal syntax relatively irrelevant, except as a tool to disambiguate and predicate by combining individual words and word groups. Expressions such as "place cheap eat" (as asked, for example, by a foreigner) are perfectly understandable English. They are still language, and they can be analysed in terms of information, but not so much as a grammatical production, whatever the grammar rules may be, given that such rules can be almost arbitrarily changed. That different approach of you may be the reason for your skepticism.

[Nunca me contestó]

*****************
Sándor Darányi, investigador en semántica distribucional - abril 2017

Expressing B as a particular case of A implies a relation between A and B. Or, if you do not like the wording, just define the relation that links A and B as the pair (A, B). In any case, such a relation can always be labelled with a symbol. In natural language, however, relations are expressed not only as words, but also in terms of order (e.g. blue ball) or as morphological features (e.g. via Romae). How does [the distributional semantics] model account for such denotational disparity?

Besides, the apparent differences between nouns, verbs, prepositions, etc., can be questioned at a semantic level. Is the word 'through' in 'a through person' a noun or a preposition? You may refer to A as being strong, but you can also refer to the strength of A, implying the same meaning. And how is the occurrence of a travel in the past different from the meaning of 'traveled'?

Does [the distributional semantics] model account for both the above polymorphy and the denotational disparity, or is it based on a formal proof that such features are implied in word clustering relations?

[respondió que no tenía respuestas a mis preguntas]

****************

Gert Korthof, biólogo molecular - mayo 2017

After a number of mutations, a species U with no stinger evolves into a species W. The species W has: (a) a stinger, (b) a very specific venom, and (c) an area A of its neural circuitry that can use the stinger in a very specific way, i.e. implementing a complex algorithm that involves external and internal sensory input, and spatial orientation. Both the chemical composition of the venom and the precision of the algorithm are vital, as otherwise the species W would most likely not survive. My question is: did there exist a number of intermediate *surviving* species having a rudimentary stinger, producing a poorly effective venom and implementing an inaccurate algorithm? Or are those features just the result of a single concurrent mutation that just happened to hit the target?

Because my second question is tantamount to the problem of the chimp randomly writing 'A tale of two cites', I am left to wonder how a (presumably very long) series of *unsuccessful* mutations could consistently lead to a successful one. Could this question be answered by decoding the DNA of the species W? Is it scientifically established that there is no epigenetics mechanism at a macroscopic level to explain such an unlikely transition? I don't know the answers to any of the above questions, but am sincerely intrigued about them.

[Hasta la fecha no ha contestado]

***************

(Sin duda, continuará).

domingo, 7 de mayo de 2017

La moral como meteorología

Erase una vez un libro sagrado que predicaba la bondad... y, al mismo tiempo, la maldad.

No sé si algún lector se habrá escandalizado al leer un comienzo como éste, pero no debería. Señalar las contradicciones de un libro sagrado no tiene mayor trascendencia que exclamar '¡abracadabra!', o que evocar aquella enigmática frase que traía de cabeza a los filósofos españoles en el siglo XVII: "¿Acaso una quimera zumbando en el vacío puede comer segundas intenciones?" Hasta qué punto un libro sagrado es congruente o incongruente, es irrelevante. Lo único que debería importarnos, en realidad, es hasta qué punto esas coherencias e incoherencias determinan nuestra realidad, nuestra felicidad y nuestra libertad.

Las religiones no son distintas ni de sus creyentes ni de sus descreídos. Son, simplemente, como ellos. La Grecia antigua tuvo la lucidez de entender esto, y construyó un complejo universo religioso cuyos dioses albergaban pasiones variopintas y, no pocas veces, contrapuestas: exactamente las mismas que sus creadores. Porque han sido los humanos quienes han creado a los dioses, y no a la inversa. Lo malo es que los dioses, siendo algo tan íntimo e intransferible como la ropa interior, no existen sólo en la mente de sus creyentes. Los dioses pueden llegar a cobrar realidad cuando son muchos los fieles que creen en ellos. Me explicaré.

A lo largo de la historia, centenares de millones de personas han leído el libro sagrado al que me estoy refiriendo. Sin embargo, si preguntamos a una de ellas al azar, con toda probabilidad nos hablará de palabras hermosas: amor, respeto, piedad, honradez. Difícilmente oiremos de ella que, en ese mismo libro sagrado, su Dios ordenaba dar muerte a quienes desobedecían sus mandamientos y, según las circunstancias, ordenaba a sus fieles perpetrar saqueos o violaciones, esclavizar a otros seres humanos o abusar de criaturas indefensas.

Según las circunstancias. Si algo es el alma humana, es una violenta tempestad de pasiones enfrentadas, disimuladas bajo una delgadísima pátina de civilidad. Ocultamos el alma del mismo modo que ocultamos la ropa interior, y para mostrarnos a los demás necesitamos una vestimenta. O, por lo menos, unos ritos. En una playa podemos exhibirnos con mucho menos pudor que si nos desnudáramos en mitad del autobús, pero no nos sentimos ni la mitad de incómodos, porque estamos cumpliendo un rito. Para adoptar una apariencia de orden, el alma humana necesita ritos. Ni siquiera importa que sean incoherentes si a nuestro alrededor los han adoptado también nuestros semejantes. Eso es la religión.

El libro sagrado al que me estoy refiriendo es la Biblia. Tanto el Antiguo como el Nuevo Testamento. El dios de los judíos y el dios de Jesucristo, si es que eran el mismo, ordenaron asesinar, violar, lapidar, sacrificar, saquear y sojuzgar a miles de seres humanos, y para constatarlo lo único que hay que hacer es leer a sus profetas. Simplemente eso: leerlos. Sin hacer la vista gorda cuando no nos conviene.

Pero no serviría de nada. Dios podría bajar mañana del cielo, liarse a botellazos en una casa de lenocinio y disparar borracho contra los demás clientes, y sus creyentes encontrarían siempre la forma de justificarlo. "Es una parábola", o "hay que interpretar los hechos en su contexto histórico", o "no era El, sino una visión engañosa inspirada por Satán". Cualquier explicación sería aceptable para quien desea creer. O tal vez sea más correcto decir "para quien necesita creer". Las pasiones son una meteorología demasiado compleja para afrontarlas sin prejuicios.

Lo malo es que, como seres humanos, esos prejuicios colectivos nos afectan a todos, incluso a quienes somos incapaces de refugiarnos bajo su paraguas. No nos engañemos: la realidad no es lo que usted o yo creamos o dejemos de creer, sino lo que la mayoría de nuestros congéneres entiende por realidad. Ha habido épocas de la historia en que la Tierra era plana, en que unas pobres mujeres sugestionables eran brujas malevolentes, o en que los médicos podían asistir a una parturienta sin lavarse las manos. No importaba lo que creyera una minoría de sensatos irrisorios: la realidad era esa. O, al menos, esa era la realidad que los afectaba a ellos. La que podía aislarlos social, profesional o sexualmente, privarlos de sustento o dar con sus huesos en la hoguera.

Conclusiones como esta son demoledoras. Por más esfuerzos que hagamos, la meteorología de las emociones es imposible de estructurar, y a lo largo de la vida los vaivenes de la realidad --de lo que las mayorías entienden por realidad-- son tan imprevisibles como las borrascas y anticiclones de la meteorología atmosférica. Lamento no poder ser más optimista, pero el único consejo moral que soy capaz de ofrecer a mis lectores desnortados es una vieja consigna, tan antigua como el mundo: sálvese quien pueda.

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jueves, 27 de abril de 2017

Bla bla bla

Uno había olvidado ya las históricas meteduras de pata del pobre presidente Carter. Uno después creyó que los balbuceos de George W. Bush terminarían siendo un caso aislado en la historia de la humanidad. En realidad, uno nunca entendió cómo era posible que existiera un solo ser humano capaz de votar a semejante cenutrio --salvo para evitar la catástrofe de que ganara Al Gore--. Pero después vino el gran Zapatero, el fantoche supremo, capaz de farfullar durante horas sin decir absolutamente nada, aunque seguido muy de cerca por el plúmbeo Obama, terapia pluscuamperfecta para las noches de insomnio.

De verdad, uno creía que estaba ya curado de espanto. Pero hete aquí que, casi de la nada, aparece repentinamente un brillante continuador de la saga, un nuevo genio de la estirpe de vendedores de crecepelo: Emmanuel Macron. Con sus aires trascendentes y su retórica embrollada, Macron, licenciado en filosofía, político de ocasión y ex paniaguado de la banca Rothschild, promete ser el deslumbrante Zapatero 2.0 de la vecina República Francesa. En el blog Acting Man acabo de leer un florilegio de declaraciones suyas dignas de figurar en el Guinness. Las reproduzco a continuación:

"La identidad es: 'A igual a A'. Existen como mínimo 'A's y 'B's. Yo no quería que A fuera igual a B"

"Usted no quiere vivir en una caja, ¿verdad? Yo, no. De modo que nuestra vida siempre sucede 'al mismo tiempo'. Es más compleja que aquello a lo que queremos reducirla"

"Siempre he aceptado la dimensión vertical, la trascendencia. Pero, al mismo tiempo, debe estar enteramente anclada en lo inmanente, en lo material"

"Yo, mi vida, mis recuerdos, están hechos de recuerdos infantiles de mi abuela y de aquel profesor de filosofía a quien nunca he visto... y sin embargo tengo la sensación de que conozco su cara"

"Lo que constituye el espíritu francés es una aspiración constante a lo universal. Es decir, esa tensión entre lo que ha sido y la parte de identidad... esa estricta mismidad, y la aspiración a un universal, que es como decir: lo que se nos escapa"

"Todos tenemos nuestras raíces. Y porque estamos profundamente enraizados, hay árboles junto a nosotros... hay ríos, hay peces... Hay hermanos y hermanas"

Es difícil evitar la impresión de que tanto Macron como sus antecesores en la retórica sonámbula son simplemente idiotas útiles, marionetas con boca de trapo. Marionetas de quién, probablemente nunca lo sabremos. Lo más a lo que podemos aspirar es lo que nos sugiere la vieja frase bíblica: "Por sus obras los conoceréis". En cualquier caso, estamos de enhorabuena: el tiempo se está deteniendo. Cada año que pasa se parece más que el anterior a 1984. ¿Por cuanto tiempo todavía? Nadie lo sabe. Habrá que preguntárselo a un tal Dorian Gray.

Chapeau, Monsieur Macron.

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lunes, 24 de abril de 2017

Palabras, palabras

'Semántica distribucional' es el pomposo nombre aplicado a un área de investigación que desde hace veinte años acapara prácticamente todas las publicaciones en el terreno de la lingüística. Para no haber conseguido nada en todo este tiempo, veinte años son muchos años, pero ello no impide que la teoría haya alcanzado unos niveles de complejidad desproporcionados. Y el proceso parece imparable.

No es difícil entender cómo se ha llegado a este punto. En los años 90, cuando Internet empezó a llegar a los usuarios no especializados, se hizo evidente que la futura Web no serviría de mucho sin una herramienta de búsqueda radicalmente nueva. Hasta entonces, Pepe podía llamar por teléfono a Lolita sólo si conseguía su número, o si conocía sus apellidos y consultaba el listín. En los casos dudosos la dirección de Lolita era una pista importante pero, a falta de un detective privado, Pepe no tenía manera de localizarla sabiendo sólo que era "aquella rubia alta que estudia biológicas y que el sábado pasado bebía daikiri en una discoteca de Ibiza".

La Web era cualitativamente distinta de la red telefónica. Muy pronto fue evidente que en pocos años se extendería por todo el planeta, y que ofrecería datos de cualquier tipo imaginable en todo tipo de formatos y soportes y en todos los idiomas conocidos. La pregunta inevitable era: ¿cómo estructurar tal avalancha de datos?

Antes de existir la Web, lo más parecido que conocíamos eran las bibliotecas. Para que los usuarios pudieran orientarse, el bibliotecario clasificaba los ejemplares en secciones o departamentos atendiendo a ciertos criterios, en ocasiones borrosos. ¿La Celestina es una obra de teatro o una novela? ¿Encajarán bien Corín Tellado y Finnegans Wake en una misma estantería? ¿Los ejemplares de autoayuda son libros de psicología o de humor? ¿Deberíamos poner juntos Das Kapital y Mein Kampf? ¿En qué momento empezó a ser un clásico La Montaña Mágica?

Desde luego, la estructura de las bibliotecas es más útil que la de un listín telefónico, pero aún insuficiente. En La Celestina, ya que hablamos de ella, hay una frase que exclama Calisto una noche ante la puerta de Melibea y que a mí me emocionó mucho cuando la leí. Recuerdo su contenido, pero no las palabras concretas. Ni siquiera recuerdo si el interlocutor de Calisto es Parmeno o Sempronio. Es de noche. Calisto quiere reunirse con su amada, pero la puerta de ella está cerrada y el criado así se lo hace ver. Entonces Calisto, encolerizado, exclama que un simple trozo de madera no puede ser un obstáculo para que su amor se consume. (En realidad la cosa es más sutil todavía porque, aunque nadie lo dice explícitamente, el verdadero problema no es la puerta, sino el padre de Melibea, que duerme en una de las habitaciones). Ahora explíqueme usted cómo localizo yo esa frase en una biblioteca sin necesidad de leerme el libro entero otra vez.

De hecho, ni siquiera en la Web conseguí localizarla hace algunos años. Tuve que leer de nuevo el libro -no hay mal que por bien no venga-, y fue así como descubrí que, en lugar de 'madera', Calisto había hablado de 'palo'. Hoy, varios años después de aquella búsqueda, he tardado mucho menos, pero aun así he necesitado leerme varias páginas del Acto XII hasta encontrar la frase (y averiguar, de paso, que el interlocutor de Calisto no es Parmeno ni Sempronio, sino la propia Melibea). El pasaje es el siguiente:

MELIBEA.-  Las puertas impiden nuestro gozo, las cuales yo maldigo y sus fuertes cerrojos, y mis flacas fuerzas, que ni tú estarías quejoso ni yo descontenta.

CALISTO.-  ¿Cómo, señora mía? ¿Y mandas que consienta a un palo impedir nuestro gozo? Nunca yo pensé que, demás de tu voluntad, lo pudiera cosa estorbar. ¡Oh molestas y enojosas puertas!, ruego a Dios que tal fuego os abrase como a mí da guerra, que con la tercia parte seríais en un punto quemadas.

Para localizar hoy estas frases no he necesitado consultar mi biblioteca, ni me he tenido que poner a hojear el libro sin saber por dónde empezar, y si hubiera recurrido a mi memoria habría fracasado estrepitosamente. Esta vez lo único que he necesitado ha sido un buscador. O, hablando en términos técnicos, un motor de búsqueda.

¿Cómo funciona un motor de búsqueda? En el caso de la frase de Calisto, no es difícil imaginarlo. En respuesta a las palabras "calisto melibea noche puerta", la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, que ha sido el primer resultado de mi indagación, me ha permitido acceder a un texto que contenía 8 veces la palabra 'noche', 12 veces 'puerta', 43 veces 'Calisto' y 31 veces 'Melibea'. No creo que haya otro documento en el planeta Tierra que contenga esas cuatro palabras con tal generosidad. Así pues, el único mérito del buscador ha sido, en este caso, la rapidez de la respuesta.

Sin embargo, si sustituyo 'puerta' por 'madera' el Acto XII desaparece de los resultados, que me remiten en cambio a los Actos XIV, VI, VII y IX. Aparentemente, el buscador desconoce algo para nosotros tan elemental como la relación entre el palo y la madera. Sin embargo, si pregunto sólo "palo madera", ese mismo buscador me ofrece diez millones de resultados. Lo que sucede, pues, no es que el buscador desconozca esa relación: sabe que existe, pero no lo que significa. Dicho de otro modo, los motores de búsqueda saben cuándo y cuánto usamos las palabras, pero no cómo ni por qué.

Tal vez estoy equivocado al hacer una afirmación así, pero el caso es que hasta la fecha nadie, que yo sepa, ha emprendido experimento alguno para demostrarla o refutarla de una vez por todas. ¿Cómo es posible eso?, se preguntará el cándido lector.

Se me ocurren dos respuestas, que en realidad son la misma: una ausencia palmaria de espíritu científico, compensada con creces por las ventajas de ser funcionario. Dame pan y dime tonto. Hubo un tiempo en que los científicos eran, simplemente, personas que se hacían preguntas y no se conformaban con cualquier respuesta, con independencia de que una universidad los acogiera o no en su seno. Lo que realmente contaba era la validez y solidez de sus argumentos. Es cierto, muchos de ellos tropezaron también con dificultades, y algunos tardaron incluso siglos en ser reconocidos pero, en lingüística al menos, el mundo académico actual es una fortaleza inexpugnable. Y subsidiada.

De modo que, deslumbrados por la posibilidad de juguetear con el ingente acervo de palabras que les ha empezado a ofrecer la tecnología digital, los burócratas/investigadores han aceptado sin discusión que la proximidad entre las palabras de un texto encierra el secreto de su significado. Así que, para descubrir ese secreto, lo único que hay que hacer es acumular una cantidad enorme de textos, convertirlos en vectores (en realidad, matrices o tensores), reducir su dimensión para hacerlos manejables y representar los resultados en forma de enigmáticas superficies o volúmenes, o tablas estadísticas.

Naturalmente, y pese al aspecto impresionante de tales resultados, nadie ha conseguido realmente mucho más que constatar que el burro y la serpiente pertenecen al reino animal, o que perder el tranvía tiene una cierta relación con llegar tarde al trabajo.

¿Estoy siendo demasiado sarcástico? Tal vez, pero llevo muchos años pensando en todas esas cosas, y todavía no he conseguido que nadie acuse recibo, no ya de mis respuestas, sino simplemente de mis preguntas. Yo creía que la ciencia era otra cosa, lo confieso.

¿Qué tipo de preguntas? Por ejemplo, si la proximidad entre palabras encierra el secreto de su significado ¿por qué las figuras que construimos durante una partida de dominó no tienen ningún significado? Dicho de otro modo, si reuniéramos un millón de configuraciones resultantes de otras tantas partidas de dominó y les aplicáramos un modelo de semántica distribucional, ¿alguien esperaría obtener algún mapa de significados mínimamente aceptable?

Otro ejemplo: en un artículo de los años 50 que es ya un clásico en ingeniería de la información, Claude E. Shannon explica cómo construir frases artificiales basándose no en el significado de las palabras, sino simplemente en la frecuencia con que escribimos unas a continuación de otras. El resultado es algo así como trocear tres mil telegramas y construir después un mensaje juntando unos cuantos trozos escogidos al azar. ¿Alguien esperaría encontrar algún significado o cosa similar después de procesar estadísticamente un millón de frases de ese tipo? Y, sin embargo, bastaría con llevar a cabo cualquiera de esos dos experimentos para refutar (o, cosa que dudo, validar) las bases teóricas de la semántica distribucional.

De hecho, si los delirios de la semántica distribucional tuvieran algún fundamento el manuscrito de Voynich habría sido ya descifrado hace mucho tiempo. Wilfrid Woynich, un librero polaco con un pasado revolucionario y una mente un tanto fantasiosa, compró a finales del siglo XIX un curioso manuscrito a un miembro de la orden jesuita, cuyas propiedades estaban siendo confiscadas por el nuevo Estado italiano. El manuscrito está escrito en un idioma hasta ahora indescifrable, contra el que se han estrellado algunos de los más brillantes expertos mundiales en criptografía.

Sus dos precedentes más conocidos fueron la piedra de Rosetta, una roca en la que pueden leerse tres versiones distintas de un edicto egipcio contemporáneo de Ptolomeo V, y lineal B, un sistema silábico de escritura micénica hablado en el siglo XV antes de nuestra era. Ambas lenguas fueron descifradas -tras ímprobos esfuerzos- gracias a los nombres propios que los investigadores consiguieron identificar en ellas, pero el manuscrito de Voynich no contiene ninguna referencia reconocible, y los estudiosos no han conseguido ponerse de acuerdo ni en una sola de las especies botánicas dibujadas en sus páginas. Sería el material perfecto para que un semántico distribucional se cubriera de gloria. Pues nada.

En los últimos tiempos, algunos investigadores han empezado a abordar la semántica distribucional desde una perspectiva más sensata. En lugar de buscar significados más o menos esotéricos en las estadísticas, hacen lo que cualquier persona con sentido común haría en su lugar: recurrir a referentes externos para calibrar los resultados. Es decir, a estructuras de conceptos lo más objetivas posible, externas al material con el que experimentan.

Inevitablemente -en mi opinión-, la única estructura de conceptos que terminará validando los experimentos será un modelo que explique correctamente el intrincado universo de la semántica. Para entender lo que quiero decir, imaginemos que un astrofísico provisto de un telescopio reúne un millón de fotografías del sistema solar. ¿Conseguirá deducir la ley de la gravitación universal procesando estadísticamente las fotografías? Es dudoso, pero lo que es indiscutible es que, si averiguamos la expresión matemática de esa ley, como hizo Newton, todas las fotografías del hacendoso astrofísico concordarán perfectamente con la fórmula de Newton.

Y lo que es más bochornoso: serán innecesarias.

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