sábado, 14 de octubre de 2017

Enfermos de fanatismo (I)

Ya te he hablado alguna vez de aquellos meses que pasé en Inglaterra. Yo no había cumplido aún los diecinueve años, y para mí todo era nuevo.

La familia con la que vivía era muy buena gente. Casi lo primero que me preguntaron a mi llegada fue si yo era católico. Ellos eran protestantes y, sabiendo que yo venía de un país católico, seguramente les preocupaba la circunstancia de que, ni en Warrington ni en muchas millas a la redonda, había una sola iglesia de aquella confesión.

Les escandalizó oírme responder que yo "no tenía ninguna religión", pero no por ello me juzgaron, y nunca más volvieron a sacar el tema a colación, salvo quizá en algún que otro comentario suavemente irónico contra el Papa de Roma.

Como yo era nuevo en la ciudad, Irene se apresuró a presentarme a otros jóvenes de mi edad. Durante días, desfilaron por 105 Hallfields Road chicos y chicas de distintas aficiones y formas de pensar. Supongo que yo era para ella un enigma. Viniendo yo de un país por aquel entonces tan desconocido, ni Irene ni sus padres tenían referencias para averiguar cómo acomodarme en aquella sociedad, en una ciudad en la que yo era el único extranjero. Cuando supieron que yo no fumaba ni bebía alcohol, llegaron incluso a proponerme que visitara la YMCA, una asociación de jóvenes cristianos en la que yo habría encajado más o menos como una cigarra en un hormiguero. Con el tiempo comprendieron que lo que yo más detestaba de mi país de origen era la omnipresencia de la religión católica y su cruzada enfermiza contra la sexualidad.

De todos aquellos muchachos que me presentaron, sólo dos terminaron siendo amigos míos. Ellos eran amigos entre sí, y de carácter completamente opuesto. Brian era un vividor, amante de las fiestas y de las faldas, mientras que John era tranquilo y reflexivo. John era el que más a menudo me llamaba o me venía a visitar. Formaba parte de un grupo de teatro, y tenía una pronunciación exquisita, que era para mí un recurso valiosísimo en aquella ciudad en la que todos hablaban con un tremendo acento "Lancashire".

Nos hicimos muy amigos. Una mañana, me llamó por teléfono. Sus padres estarían fuera todo el día y me invitaba a comer en su casa. El mismo cocinaría. Cuando me presenté ante su puerta, John, efectivamente, me recibió con un delantal a la cintura y una espumadera en una mano. Estaba ya preparando la comida. Charlamos animadamente y, cuando la comida estuvo lista, nos sentamos a comer.

A los postres, John se las arregló para sacar el tema de la homosexualidad, del que yo por entonces no sabía gran cosa. Mientras hablaba, me miraba con arrobo. Cuando finalmente me dijo que él era homosexual, comprendí. John no era un hombre promiscuo. Probablemente se había enamorado de mí, y abrigaba esperanzas de ser correspondido. Pero no pudo ser. Respondí que, lamentándolo mucho, yo no era homosexual, y seguimos tan amigos. Nadie juzgó a nadie, y él siguió visitándome y llamándome para salir exactamente igual que antes. John era un gran tipo, y todavía guardo un recuerdo muy afectuoso hacia él.

Tiempo después, ya de regreso en España, se empezó a hablar en público de la realidad homosexual. Nunca he entendido que haya personas que desprecien a los homosexuales, del mismo modo que nunca he entendido cómo a alguien le pueden repugnar los negros por el hecho de serlo. El cerebro humano es complejo pero, aun así, una cosa es la repugnancia personal y otra el rechazo social. Yo acogí con entusiasmo aquellas primeras reivindicaciones, hasta el punto de que en mi primer trabajo tardaron algún tiempo en darse cuenta de que yo no era homosexual.

Antes de continuar, tengo que decir que en ninguno de mis múltiples trabajos en distintos países he tenido conocimiento de que alguien fuera discriminado por ser homosexual, negro, judío o imbécil, aunque a veces me he preguntado por qué los imbéciles representan un porcentaje tan alto del contingente laboral. Tal vez es simplemente un reflejo de la propia sociedad.

Pero llegó 1989 y cayó la Unión Soviética. En pocos meses, la izquierda mundial quedó desarbolada y huérfana. A la vista de los aires de libertad que empezaron a correr por tantos países hasta entonces sojuzgados, uno pensaba que el modelo socialista había quedado -¡por fin!- definitivamente desacreditado. Pero parece haber una ley genética inexorable que dicta que la maldad nunca desaparezca de las interacciones humanas.

Desde luego, lo que habían quedado desacreditadas eran las consignas del obrero explotado por el capitalista explotador. En Europa la clase media vivía bien -espléndidamente, en comparación con los países más pobres-, y el primero de mayo se había convertido simplemente en un día de excursión. El socialismo, tal como lo habían idealizado quienes no lo conocían, era ya imposible. Pero las ansias totalitarias del ser humano son una hidra, y por cada cabeza que le cortan le crecen dos.

En contra de lo que muchos piensan, las revoluciones no tienen nada que ver con la justicia, sino con el poder. La justicia social es sólo una de las muchas coartadas de quienes, en el fondo, lo único que pretenden es mangonear sin límites. Es el viejo arquetipo freudiano de matar al padre. Por eso, a partir de los años 90, el énfasis de las reivindicaciones se fue desplazando poco a poco hacia grupos que hasta entonces habían sido marginales. Así surgió el movimiento 'gay', que los políticos de izquierda decidieron adoptar como aliado para no desaparecer de la escena política. El precio a pagar fue una ideología que, a medida que se consolidaba en el poder, se fue radicalizando hasta llegar a extremos delirantes. Y alarmantes.

Ahora ya no basta con reconocer la obviedad de que hay personas homosexuales. Además, hay que desdibujar las diferencias entre hombres y mujeres, poner en duda la familia tradicional (que es la que nos permite sobrevivir como especie) y otorgar a los homosexuales el 'derecho' a adoptar un niño (pero no a los niños el derecho a tener un padre y una madre, como en el resto del reino animal). Si yo aseguro ser un millonario en el cuerpo de un pobre, lo más que voy a conseguir es que se rían de mí, pero si declaro ser una mujer en un cuerpo de hombre la sanidad estatal tiene la obligación de dispensarme un costoso tratamiento con cargo, en parte, al bolsillo de los millonarios injustamente clasificados como pobres.

Pero cuando los fascismos llegan realmente a su apogeo es cuando involucran a los niños. La idea de que unos individuos puedan entrar a una clase infantil a predicar tales ideas y sembrar la confusión entre unos niños indefensos cuya mente está aún en proceso de formación me produce náuseas.

A John lo perdí de vista hace muchos años, pero todavía tengo una buena amiga que es lesbiana. Sigo sin tener nada contra las personas homosexuales, gordas, hermafroditas o calvas, pero el movimiento LGTBIJKXYZ me produce repugnancia. No le doy muchos años de vida. Justo el tiempo que tarde nuestra civilización en terminar como tantas otras civilizaciones que pasaron a los libros de historia.

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jueves, 21 de septiembre de 2017

Hablamos español

Hace ya muchos años que muchos ciudadanos, como yo, salíamos a la calle en masa gritando "¡Libertad! ¡Libertad! ..." Hoy, medio siglo después, somos también muchos los que deseamos salir a manifestarnos por la libertad que estamos perdiendo. Como dijo Edmund Burke, "el precio de la libertad es la vigilancia permanente". En España hace tiempo que dejamos de pagar ese precio, pensando quizá que la libertad era un regalo. Antes de que sea demasiado tarde, tenemos que comprender que en la vida nada es gratis.

El idioma español no es sólo lo que hablan los niños a escondidas en los recreos de los colegios de Cataluña. El idioma español es también Cervantes, La Celestina, Cien años de soledad, Góngora, Pérez Galdós, Quevedo, los Naufragios de Cabeza de Vaca, Garcilaso, Baroja, Los Panchos, Pablo Neruda, Valle-Inclán, Berlanga, Juan de la Cruz, Borges, Luis Buñuel, La verbena de la Paloma, Vicente Aleixandre, Emilia Pardo Bazán, Vargas Llosa, La Coruña, Calderón de la Barca, Fernando Arrabal, Platero y yo, Gerona, La regenta, Makoki, Caro Baroja, Tip y Coll, Lérida, Miguel Delibes, Alfanhuí, Faemino y Cansado, Antonio Mairena, Alejo Carpentier, Juan Marsé, Carlos Gardel, Unamuno, Menéndez Pidal, Juan Valera, Gerardo Diego, García Lorca, Orense, María Moliner, Juan Manuel Serrat, Camilo José Cela, Jorge Manrique, Albert Boadella, el Lazarillo de Tormes, el Agujetas, Tirso de Molina.

Fue la lengua que hablaron Ramón y Cajal, Torres Quevedo, Simón Bolívar, Salvador Dalí, Velázquez, Goya, Albéniz, Falla, Diego de Ortiz, Severo Ochoa, El Cid, Cristóbal Colón, Pancho Villa, y quienes construyeron las catedrales de Burgos, León o Santiago de Compostela. En español se han cantado durante siglos jotas, nanas, bulerías, tangos, fandangos, soleares y habaneras. En español hablaron todos mis antepasados desde hace por lo menos cinco siglos, y en español se transmitieron las recetas del cocido, el gazpacho, la tortilla de patatas, las migas, la morcilla, las torrijas. En español se ha comerciado, se ha amado, se ha maldecido, se ha llorado.

Nuestra cultura, la cultura de los que hablamos español, no es ninguna minucia. Es una cultura centenaria que compartimos muchos millones de personas a ambos lados de dos océanos --los océanos más grandes de nuestro planeta. No dejemos que erradiquen nuestra lengua ni nuestra cultura. Luchemos por nuestra propia identidad y, sobre todo, por nuestra libertad:

http://www.hispanohablantes.es/como-puedes-ayudar.php


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domingo, 17 de septiembre de 2017

Guionistas

No sé quién sacó la moda de atribuir todo el mérito de las películas a sus realizadores, pero los guiones son mérito exclusivo de los guionistas, cuyos nombres rara vez alcanzan la fama. El director lo único que hace es seleccionar (o encargar) un guión y llevarlo a la pantalla con mayor o menor acierto. Un ejemplo típico fue Berlanga, a quien se atribuyen casi todos los lustres que en realidad eran de Rafael Azcona. Un antiejemplo fue Ed Wood, que escribía sus propios guiones y que está ampliamente considerado como el peor director y guionista de la historia del cine.

Un caso intermedio fue la película Casablanca, basada en una obra teatral previa, y en cuyo guión participaron varios guionistas al mismo tiempo. La Casablanca que todos conocemos hoy fue lo que fue por puro milagro. Se rodó en 10 semanas, totalmente improvisada, batallando con la censura, y prácticamente toda en estudios. La línea final ("Louis, I think this is the beginning of a beautiful friendship") fue escrita después de terminar el rodaje, y hubo que llamar a Bogart un mes después para que acudiera a leerla. Durante todo el rodaje, Ingrid Bergman ni siquiera sabía a cuál de los dos hombres amaba realmente su personaje. Y, debido a la diferencia de altura entre ella y Bogart, que era 5 cm más bajo, Curtiz pidió a éste que para las escenas románticas se apoyara sobre unos ladrillos y, en el sofá, sobre unos cojines.

El tema más famoso de la película, "As time goes by", estaba ya escrito, y pertenecía a la obra teatral original. Max Steiner, a quien se encargó oficialmente la música de la película, quería escribir su propia banda sonora, pero Ingrid Bergman ya se había cortado el cabello para su siguiente película y no pudo rodar de nuevo las escenas ya filmadas. Precisamente aquellas que hicieron de la película un mito.

Y lo más divertido de todo: la escena final del aeropuerto fue filmada con un avión de cartón. Para que el avión pareciera más convincente, se esparció niebla artificial por todo el estudio, y se usaron extras enanos para dar mayor perspectiva a la imagen.

Los intelectuales, siguiendo su costumbre, han visto en aqulla película lo que han querido. El insoportable Umberto Eco escribió que "se mire como se mire, Casablanca es una película muy mediocre." Le atribuía "escasa credibilidad psicológica, y poca continuidad de sus efectos dramáticos". Casualmente, eso es lo que yo habría dicho de El nombre de la rosa, o de El péndulo de Foucault. Para mí, en cambio, esa magia de guiñol bien hecho es, precisamente, la verdadera magia del cine.

Porque, para el verdadero creador, la escasez de medios es a menudo el mejor acicate. El cine en blanco y negro, los dibujos animados planos, el blues primigenio o las representaciones teatrales espartanas tienen un potencial expresivo que pocos creadores contemporáneos alcanzan. El exceso de medios nos ha abocado a un barroco vertiginoso en el que las ideas, recicladas una y otra vez, sólo sorprenden a las nuevas generaciones, que no han conocido los clásicos. Un ejemplo sobresaliente es la película Matrix, en la que yo no encontré ni una sola idea original y que, sin embargo, para muchos jóvenes es ya todo un mito.

Siempre que menciono este tema me acuerdo de la iglesia de Santa Maria Novella, en Florencia. Hace algunos años me alojé en un hotel cercano, desde cuya ventana se podía ver entera la fachada de aquella iglesia. Es una fachada de aspecto modesto, cuyo contorno superior es simplemente una línea curva sin pretensiones. Pero las proporciones de aquella curva sugieren todo un universo de armonías geométricas. Para mí, aquel contorno es el ejemplo supremo del arte: expresar mucho con pocos medios.

Por eso me gusta particularmente el lenguaje de los guiones de cine. Pero mis escasas incursiones en el género han sido frustrantes. El guionista es tratado, por lo general, como una especie de palanganero del director y, a menudo también, del productor e incluso de los actores. He visto películas abominables basadas en guiones magistrales, y uno está tentado de pensar que el cine actual mejoraría mucho si los guionistas pudieran producir sus propias películas. Pero los años del llamado 'cine de autor' produjeron algunas de las películas más soporíferas del séptimo arte, particularmente en Francia.

Aunque quizá lo malo de aquel cine no fue la autoría, sino la ideología de sus autores. Esperemos, pues, que algún día un nuevo cine independiente consiga sorprendernos y emocionarnos como a muchos nos emocionan todavía aquellas maravillosas escenas improvisadas de Casablanca.


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domingo, 27 de agosto de 2017

¿Sano o malsano?

Recuerdo vagamente que, allá por los años 70, algunas publicaciones empezaron a 'informar' de estudios científicos que indicaban que el aceite de oliva era nefasto para la salud. Eran los tiempos en que el mundo se encaminaba todavía hacia una glaciación, y sólo diez años antes muchos médicos habían instalado en sus consultas aparatos de rayos X para atisbar mejor las interioridades de los pacientes. A mí me metieron varias veces en uno de aquellos aparatos, durante periodos de tiempo que hoy estarían considerados alarmantes.

Un día, mi médico de cabecera se puso un peto de protección para examinarme por rayos X, y algún tiempo después el aparato había desaparecido de la consulta. Aquel médico no vivió muchos años, y apostaría a que no fue el único de los que se fiaron de los 'avances' de la medicina.

Cuando yo era niño, las moscas y los mosquitos los combatíamos con DDT. Mi madre rociaba la habitación usando un pulverizador que había que accionar empujando un émbolo en su parte trasera, y las moscas caían.. como moscas. Todos los objetos de la habitación quedaban impregnados de DDT, y el depósito del insecticida, que había que rellenar de cuando en cuando, solía rezumar DDT, que iba a parar a nuestras manos, sin que nadie corriera inmediatamente a lavárselas con celo de cirujano.

De hecho, algún que otro barman de Estados Unidos añadía DDT a ciertos cócteles para darles un toque exótico. Nunca tuve noticia de intoxicaciones por DDT, y en muchos países de Africa y Asia aquel insecticida había conseguido erradicar o reducir radicalmente el paludismo.

Hasta que, un día, los primeros ecologistas descubrieron inesperadamente DDT en la grasa de no sé qué focas del Polo Norte. Las focas se encontraban estupendamente, pero se consideró que el hallazgo era deletéreo para la especie humana, y la Organización Mundial de la Salud recomendó enérgicamente (es decir, metiendo mucho miedo) dejar de usar el DDT. En pocos años, el paludismo recuperó el terreno perdido, y gracias a la OMS muchos millones de seres humanos han muerto desde entonces por falta de DDT.

A medida que las Universidades se han ido burocratizando y convirtiendo a sus investigadores en simples paniaguados, el fenómeno de la ciencia de pacotilla ha ido en aumento. El científico paniaguado está obligado a publicar cuantos más artículos mejor, y a menudo tiene que estrujarse las meninges para encontrar un tema que revista al menos la apariencia de avance científico. Un truco habitual para dar a los artículos apariencia científica consiste en buscarles un título pomposo, trufado de palabras abstrusas que en realidad designan conceptos absolutamente banales. Otro truco también muy usado son los estudios estadísticos.

Para entender mejor este último truco, consideremos un ejemplo imaginario: De una muestra de 500 sujetos que viajan diariamente en autobús, un 57 por ciento declara estar más satisfecho de su vida sexual en una escala de 1 a 10. Conclusión: viajar en autobús podría estimular el deseo sexual. El estudio, realizado en el marco de una universidad prestigiosa, es publicado por una prestigiosa publicación científica, y gracias a ello el investigador paniaguado está ya un poquito más cerca de su ascenso en el escalafón.

Pero la historia no se acaba ahí. Los periodistas, ávidos de historias sensacionalistas, encuentran el artículo rastreando la Web y se apresuran a publicarlo, convenientemente 'adaptado' para despertar el interés de los lectores. Seguidamente, los lectores relatan a su manera la historia en su página de facebook, y el proceso se reproduce en las redes sociales. En poco tiempo, lo que había empezado siendo una investigación estúpida se acaba convirtiendo en un artículo de fe para millones de imbéciles sin la menor cultura ni -lo que es peor- el menor espíritu crítico.

Un momento. Tampoco aquí acaba la historia, porque las compañías de transporte por autobús y los fabricantes de autobuses acaban de descubrir un argumento excelente para hacerse publicidad. Es más, no contentos con proclamar los resultados de la investigación, deciden crear una fundación que estudie los efectos del viaje en autobús sobre la libido humana. Como ya se imaginará usted, los investigadores de esa fundación difícilmente llegarán a la conclusión 'científica' de que el autobús favorece la frigidez. Les va en ello el pan de sus hijos. En todos los estudios estadísticos hay muchos parámetros que combinar de modo que el resultado final sea el que uno espera.

Lo que acabo de describir es más o menos lo que sucede con el cambio climático, el colesterol, la ingesta de grandes cantidades de agua, el aceite de oliva, los edulcorantes, los productos 'ecológicos', la leche entera, los alimentos 'enriquecidos', y un enorme etcétera que todos los días aumenta exponencialmente.

El arroz integral es muy bueno para el intestino, pero contiene arsénicos. Las proteínas son indispensables para los músculos, pero su supresión en la dieta alarga la vida. El chocolate alivia la depresión, pero engorda. Los quesos son malos para la circulación, pero el país europeo con mayor esperanza de vida es Francia. Y, en términos mundiales, la población del planeta con mayor esperanza de vida ni siquiera prueba el aceite de oliva. Hace años, los huevos aumentaban la concentración de colesterol en la sangre. Hoy, son inocuos. Según unos autores, el fluoruro en el agua es bueno; según otros, es malo. Investigue usted un poco en Google Scholar, y podrá alargar esta lista hasta que se le acaben los alimentos.

Como muestra de todo esto, he reunido unos cuantos datos sobre algunos de los mitos actuales más extendidos. Siga usted leyendo.

El agua

Tan inocua en apariencia, tan saludable según las embotelladoras (y sus acólitos de la universidad y de la prensa), resulta que el consumo abundante de agua se ha llevado ya por delante ya a más de un infeliz creyente. Según el estudio 'científico' que uno escoja, beber mucha agua:

- Adelgaza y mejora la concentración mental
- No sirve para adelgazar y disminuye la concentración mental
- Sanea los riñones
- Perjudica los riñones forzando las funciones de los glomérulos renales
- Contiene sustancias esterilizantes dañinas para la salud
- Puede causar hiponatremia (dilución del sodio en la sangre): vómitos, desorientación y jaquecas
(El actor Anthony Andrews murió en 2003 por beber agua en grandes cantidades)
- Aumenta el volumen de la sangre, sometiendo al corazón a un esfuerzo innecesario
- Diluye los electrolitos en sangre, causando inflamación celular y trastornos estomacales
- En particular, puede causar la inflamación del cerebro, con graves consecuencias
- Altera también la concentración de potasio en la sangre, que es causa de inflamaciones y dolores

Los huevos

- Comer un huevo al día no altera la concentración de colesterol en la sangre
- La yema de huevo contiene una plétora de nutrientes, desde vitaminas hasta yodo, calcio y hierro
- Comer huevos favorece la actividad cerebral
- El selenio que contienen los huevos es beneficioso para la glándula tiroides
- Fortalecen el cabello y son buenos para la vista
- Ayudan a prevenir el cáncer de mama, y posiblemente la enfermedad de Alzheimer
- Fortalecen los huesos y el sistema inmunitario

Los aceites y grasas

- Las grasas saturadas podrían ser buenas para la salud
- La mantequilla protege el estómago
- Los triglicéridos del aceite de coco son buenos para quemar grasas
- Dos cucharadas de aceite de oliva contienen más del triple de grasas saturadas que 80 g de pechuga de pollo
- Según un estudio efectuado en Creta, los enfermos del corazón estudiados ingerían mucho más aceite de oliva que los de corazón sano
- Según un estudio basado en 90 000 enfermeras, el consumo de aceite de oliva apenas mejoró la salud de sus consumidoras
- Según dos estudios diferentes, el consumo de aceite de oliva constriñe notablemente las arterias
- Una ración de lechuga contiene tantos polifenoles como una de aceite de oliva virgen, y no engorda
- Los habitantes de Okinawa, que poseen el corazón más sano del mundo, tienen unos niveles de colesterol 'bueno' lamentables

Supongo que no es necesario seguir. ¿Le ha parecido interesante? Pues saque usted mismo sus conclusiones. Y, por favor, cultive su sentido crítico. La dignidad humana consiste, en parte, en no dejarse engañar.


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domingo, 20 de agosto de 2017

Borricofobia

No, no tengo nada contra los borricos, aunque sí contra los que se comportan como ellos. A saber: deteniéndose de repente en mitad del camino y empecinándose en no mover una pezuña por muchos improperios que uno profiera y por muchos correazos que uno --metafóricamente-- les arree. No es un prejuicio. Es que si los borricos se empeñan, por ejemplo, en cerrarme el paso cuando es evidente que se nos acerca un huracán, pues el disgusto será malo, pero peor será el huracán.

Según el DRAE, el sufijo '-fobia' significa 'aversión' o 'rechazo', lo cual en teoría me permitiría acuñar no sólo términos muy personales, como 'gazpachofobia', 'facebookfobia', 'caninofobia', 'burocratofobia' o 'twitterfobia', sino muchísimos más que son simplemente de sentido común, como 'seismofobia', 'ladronfobia', 'rayofobia', 'chichonfobia', 'estafofobia', 'naufragiofobia', 'infartofobia' y un largo etcétera, incluido por supuesto el título de esta digresión.

En resumen, tenemos aversión o rechazo a todo lo que nos disgusta o amenaza directamente. Un terremoto en la Conchinchina, sí, nos puede mover a compasión, pero en el fondo --seamos sinceros-- nos trae bastante sin cuidado. Aun así, ha habido en la historia episodios tan horripilantes que uno no puede permanecer indiferente aunque los considere irrepetibles (quizá porque un sexto sentido nos dice que no lo son). Dos de los más conocidos son el nazismo y el comunismo.

Como hablar de 'comunistofobia' puede ser --por desgracia-- controvertido, centrémonos en la que es probablemente la más universal de todas las fobias, que podríamos bautizar desde ahora mismo como 'nazifobia'. (De nada, DRAE).

No hace falta ser judío para ser nazífobo. Basta con ponerse en el pellejo --nunca mejor dicho-- de los ocupantes de los barracones de Auschwitz. Desde luego, los militares alemanes eran realmente malvados, y prueba de ello es que, en las películas, nos alegramos muchísimo cuando mueren. Rara vez se nos ocurre pensar que, del sargento para abajo, muchos de aquellos soldados estaban allí contra su voluntad. Por simple cálculo de probabilidades, es prácticamente seguro que en la segunda guerra mundial más de un americano del Ku-Klux-Klan causó la muerte de más de un alemán demócrata y bondadoso. Pero cuando a uno le declaran la guerra no se puede andar con pamplinas. Salvar el pellejo es prioritario.

Sin embargo, parece evidente que aquí falla algo. Analicemos bien el signifcado de las palabras que usamos. ¿Desear la muerte de aquel bondadoso alemán es nazifobia? Una cosa es que aquel pobre hombre formara parte del ejército nazi, y otra muy distinta es que él mismo lo fuera. De modo que haríamos bien en distinguir las dos cosas. Yo tengo aversión a las ideas nazis. Y, si alguien me las trata de imponer, lo que lo que tengo que hacer es defenderme. Aun sabiendo que podría estar aliándome a un cerdo supremacista blanco para liquidar a un infortunado pacifista angelical.

Tamaños horrores son imposibles de evitar cuando la guerra ha sido declarada. Precisamente por eso nos conviene tener las ideas muy claras. La nazifobia --al igual que otras fobias que está mal visto mencionar-- es esencial para nuestra supervivencia. Implica combatir --y, a ser posible, erradicar-- las ideas que nos amenazan, que es la manera más civilizada de evitar una guerra. Si, por un error conceptual, nos avergonzamos de nuestra nazifobia y la convertimos en un tabú, podríamos terminar paralizados ante el enemigo.

Efectivamente: como los borricos.

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miércoles, 2 de agosto de 2017

La caja fuerte

Después de treinta y cinco años de oficio la burocracia no tenía secretos para él. Había trabajado en todos los negociados de todos los ministerios, había acumulado pluses, prebendas, trienios y menciones honoríficas, y era capaz de leer -¡y hasta de entender!- la letra pequeña de todas las cláusulas contractuales. Había participado en intrigas de cafetería y en linchamientos verbales bajo la luz mortecina de los despachos, y había concebido y puesto en práctica sofisticadas maniobras para ascender por el escalafón a costa de los más débiles. Y, lo más meritorio de todo, había salido indemne.

En suma, el funcionario Honorato Mezzanín era el Maquiavelo de la cosa administrativa, y todos lo sabían. En la oficina, nadie se atrevía a alzar la vista cuando él extendía su mirada de águila real por las superficies de las mesas colmadas de expedientes, sellos de caucho, carpetas entreabiertas y tazones de café con leche. Aquel hombre era intocable, y el único consuelo de sus compañeros era que pronto le llegaría la edad de jubilación. En lo que a aquel superhombre se refería, las hachas de guerra estaban enterradas, y sólo cabia esperar.

No era grave. La mayor virtud del funcionario es la paciencia.

Lo que nadie esperaba ni remotamente era que aquel rayo de sol entrara una mañana por la ventana del dormitorio de Honorato y lo despertase de un sueño más agitado de lo habitual. Sudoroso, con los cabellos revueltos, Honorato se incorporó de golpe y se llevó la mano al pecho. Su corazón palpitaba con tanta fuerza como si quisiera salirse de la caja torácica. ¿Qué había sucedido?

En realidad, nada del otro mundo. La noche anterior acababa de comenzar la primavera, y aquel rayo nuevo del sol sobre sus párpados se limitaba a proclamar, puntualmente, la llegada del equinoccio. Honorato, jadeando todavía, se levantó, caminó en pantuflas hasta el cuarto de baño y se miró en el espejo. No había dormido bien. En aquel rostro sin afeitar las ojeras, más pronunciadas de lo normal, le daban un aspecto demacrado y cansino.

Pero no tenía sueño. Es más, la idea que había penetrado en su mente al contacto con el rayo de sol lo hacía sentirse extrañamente joven y animoso. De pronto, un horizonte nuevo se abría ante él. No sólo un horizonte, sino todo un paisaje que él columbraba ya en todos sus detalles, allá en el futuro. Acababa de decidir cambiar de profesión y hacerse mago. Pero, cuidado, no un mago del montón, sino algo completamente nuevo, nunca antes visto sobre la faz de la tierra. El nombre artístico destellaba ya en su fantasía con grandes letras doradas, como un luminoso de neón: Mezzanín, el Mago Burócrata.

Ideó decenas de trucos para representar en los escenarios. La secretaria flotante, la chistera de la que salían siete tomos del Boletín Oficial del Estado, la circular que reaparecía en los bolsillos de sucesivos espectadores, la grapadora que se transformaba en murciélago o el archivador que arrojaba fuego cada vez que uno lo intentaba abrir eran sólo algunas de las muchas escenas que su imaginación iba forjando día a día, en ocasiones consumiendo largas noches en vela hasta dar con el mecanismo secreto, el ángulo de luz, el giro hábil de la muñeca o la sustancia química certera que dejarían al público boquiabierto y, a la postre, el mundo rendido a sus pies.

Pero en aquel repertorio faltaba algo. El necesitaba una actuación decisiva, un número estremecedor que lo consagrase sin disputa como el mayor mago de todos los tiempos. Hasta que por fin una mañana, en el autobús, vio de pronto la luz. Quizá no fuese casualidad que dos noches antes acabase de comenzar otra vez la primavera. La criatura había necesitado un año y un día para venir a este mundo. Pero todos los desvelos habían valido la pena. Como nadie tiene la obligación de ser modesto consigo mismo, la idea le pareció genial.

Se apeó en la primera parada y salió corriendo por la avenida como un nuevo Arquímedes hasta llegar al teatrillo, un local que había alquilado en los bajos de una panadería para ensayar sus actuaciones una y otra vez hasta la perfección absoluta. Apenas entró, sin cerrar siquiera la puerta, buscó papel y lápiz, se sentó en la tarima del pequeño escenario y con mano temblorosa comenzó a trazar el croquis de una caja fuerte.

Las paredes tenian que ser absolutamente indestructibles, y la combinación de la cerradura, a prueba de los más reputados ladrones de guante blanco. Su mano dibujaba febrilmente. Allí dentro se alojaría él, en posición fetal, ataviado con un frac y una larga capa roja y provisto de una carpeta con quince formularios en blanco. En el exterior de la caja fuerte, un gran reloj de pared marcaría los segundos. Si él no conseguía rellenar correctamente todos los formularios antes de un minuto, la cerradura se bloquearía para siempre, y ya no podría salir.

Era un desafío supremo, sin parangón en la historia de la magia. Para poner las cosas aún más difíciles, seleccionó nueve formularios de las Naciones Unidas, legendarios en su género como los más enrevesados jamás concebidos por la mente humana. Un censo municipal, tres encuestas sobre intención de voto y dos solicitudes de beca de una fundación alemana completarían el lote.

Ensayó el número durante meses. No podía permitirse ni el más mínimo fallo. Memorizó milimétricamente cada uno de sus movimientos y su duración, revisó el dispositivo electrónico que sentenciaría la exactitud (o no) de los formularios rellenados, se aseguró de que el volumen de aire disponible le permitiría respirar durante la actuación y, cuando todo estuvo a punto, se llevó el teléfono a la oreja y, con voz exultante, instó al gerente del Teatro Ondina a que fijara ya la fecha del grandioso espectáculo.

Que fue el 23 de noviembre de aquel mismo año. Desde primeros de octubre la noticia corría ya como la pólvora por las televisiones y las redes sociales. La expectación iba en aumento, y las entradas se agotaron en un santiamén. La noche en que por fin abrieron las puertas del teatro, la cola llegaba hasta el Ministerio de la Función Pública, que estaba a dos manzanas de allí. Un augurio excelente, se dijo Honorato.

Cuando el telón se levantó por fin y El Gran Mezzanín apareció levitando en mitad del escenario, envuelto en unas sombras fantasmagóricas, a los espectadores se les cortó el aliento. Iba a ser una noche de emociones fuertes. La capa roja del mago flotaba también majestuosa a sus espaldas, e incluso su chistera oscilaba suavemente varios centímetros por encima de su cabeza. De improviso, a una señal de su varita mágica, Honorato se deslizó hasta el suelo y dio comienzo la actuación.

Los primeros números fueron, hasta cierto punto, convencionales. La bella ayudante del mago, enfundada de pies a escote en una malla de lentejuelas, se metía en uno de los cajones de un gigantesco archivador y salía por cualquier otro cajón que los espectadores señalaran. En los trucos de naipes, las cartas habían sido sustituidas por escrituras notariales, y cuando la ayudante se encerraba en una caja y la caja era después laminada por dos rodillos implacables, el resultado no era un delgado tablero de madera, sino una convocatoria de oposiciones a abogado del Estado.

Mientras el mago mostraba al asustado público la hoja de papel, un bedel que había acudido a presenciar la escena se desvestía, y bajo su uniforme reaparecía la ayudante, sana y salva, con su atavío de lentejuelas.

Un fuerte redoble de tambor acalló los aplausos del público. Todos enmudecieron. Había llegado el momento. En medio de un silencio electrizante, dos tipos corpulentos en traje y corbata depositaron en el centro del escenario una caja fuerte de aspecto imponente. Al contacto con ella el suelo del teatro, y con él los respaldos de las butacas de patio, retemblaron levemente.

El mago burócrata avanzó entonces hasta la caja fuerte, hizo una reverencia, y la ayudante explicó en qué consistiría el ya famoso número. Al fondo del escenario, el fatídico reloj estaba listo. Para Honorato, aquel iba a ser el minuto de gloria o de perdición, la prueba decisiva que le compensaría los largos meses de desvelos o lo condenaría para siempre a un universo cerrado y opresivo, del que ya nunca podría regresar.

Todo se desarrolló con precisión cronométrica. La ayudante entregó al mago los quince formularios y abrió la caja fuerte. Mezzanín se acomodó en su interior y la ayudante cerró la puerta tras él. La cerradura entonces hizo ¡clic!, y un estremecimiento recorrió las butacas. En aquel mismo instante el reloj de pared empezó a marcar los segundos. Uno, dos, tres, cuatro …

En cuanto el dispositivo diese el visto bueno al último de los formularios, el reloj se detendría. Pero llegó el segundo 55 y las manecillas seguían avanzando. Entre el público se abría paso un murmullo de inquietud. Cuando la manecilla marcó el segundo 59 se oían ya gritos ahogados de angustia, y un segundo más tarde el reloj de pared se detuvo y emitió un zumbido sordo. La prueba había fracasado.

En pocas horas, la noticia dio la vuelta al mundo. El Mago Burócrata, la gran revelación del mundo del espectáculo, no había conseguido superar su propio desafío y estaba atrapado en el interior de una caja fuerte. Peor aún: de una caja fuerte inexpugnable. El teatro fue desalojado, y el escenario se fue llenando de policías, bomberos, enfermeros y ayudantes vestidos de mecánico. Nadie sabía cómo abrir aquella caja fuerte sin dañar a su ocupante. Por supuesto, los explosivos y los sopletes estaban descartados, y el mecanismo de cierre era tan firme como si la puerta estuviese soldada al marco.

A la mañana siguiente apareció en el escenario un equipo de bomberos de Ottawa, que eran especialistas en la materia, pero después de un detenido examen declararon que no sabían cómo proceder. El mundo, estremecido, se preguntaba qué estaría sucediendo dentro de la caja fuerte. Las paredes de aquel habitáculo eran tan gruesas que ni siquiera se podía oír a Honorato, y todo eran conjeturas.

A eso del mediodía, se presentó ante las autoridades un renombrado físico de cabellos grises y hombros encorvados.

“Una cosa sabemos con certeza”, diagnosticó el físico. “No es posible sacarlo a través del espacio”.

“¿Y qué quiere decir con eso?”, replicó la más alta de las autoridades, un tanto escamado.

“Quiero decir que la única solución es sacarlo a través del tiempo”, sentenció el cientíico.

“¿Quéee?”, exclamaron todas las autoridades al unísono.

El científico sacó de su bolsillo un bloc de notas y comenzó a garrapatear fórmulas incomprensibles.

“Al ocupante de la caja fuerte no podemos acceder, pero sí a su dispositivo. Si conseguimos configurarlo desde el exterior como un solenoide cuántico, creo que podríamos enviarlo al futuro… o al pasado. Naturalmente, la caja fuerte se quedaría aquí”

“Entonces ¿cómo sabremos que ha salido?”, preguntó la segunda autoridad, que era muy perspicaz.

“Si lo enviamos a un futuro cercano, él mismo acudirá a su casa y nos esperará allí. Claro, que también podríamos enviarlo al siglo pasado y buscarlo después en los periódicos”

Las autoridades, y un bombero de Ottawa que había entrado a preguntar dónde estaban los aseos, se quedaron atónitos.

“¿Usted sería capaz de hacer eso?”

“Lo puedo intentar. Veamos. Tendría que polarizar un láser de spin ½ … y después, generando una pulsación de bosones a través de un campo electromagnético, invertiría la carga del circuito secundario. El único peligro sería …”

Levantó la vista. Todas las autoridades habían desaparecido. Sólo el bombero de Ottawa lo miraba con ojos espantados. El científco se encogió de hombros y concluyó.

“… El peligro sería crear un agujero negro. Que lo transportaría a otro universo”

Y se quedó pensativo contemplando sus fórmulas.




Alrededor de la caja fuerte los aparatos estaban listos para el experimento. El profesor Smith -que así se llamaba el físico teórico-, también. Poco a poco, los focos del escenario disminuyeron de intensidad, y en la oscuridad sólo se distinguían ahora las lucecitas del láser cuántico y la red de generadores de bosones, que dibujaban sobre el escenario un extraño paisaje luminoso, algo así como un belén electrónico. El patio de butacas estaba ocupado por centenares de periodistas de todo el mundo, con sus cámaras y sus pantallas portátiles. Era absurdo. Esa noche no habría noticia, y ellos lo sabían. Aunque el experimento llegase a tener éxito, tardarían por lo menos varias semanas en averiguarlo. Pero así es el periodismo.

Con un gesto, el profesor Smith pidió silencio. Consultó varias veces el monitor de quarks, se limpió los vidrios de las gafas y, sin pensarlo dos veces, apretó un interruptor rojo que decía “ON”. Un ronroneo monótono se extendió por el espacio del recinto, y al cabo de varios minutos Smith dijo:

“Ya está”





Honorato abrió los ojos. A su alrededor la oscuridad seguía siendo total, pero ahora al menos podía respirar. En seguida cayó en la cuenta de que también podía estirar las piernas y los brazos a su antojo. ¿A su antojo? Sí. Flotaba en el vacío, y experimentaba la sensación de estar viajando a gran velocidad. En su cabeza todo eran preguntas. Si podía moverse, ¿por qué no podía tocar nada a su alrededor? ¿A dónde lo estarían llevando, y para qué? ¿Aún seguía vivo, o acaso todo aquello era un sueño? Y, sobre todo, ¿qué estaría sucediendo allá afuera?

En realidad es mejor así, pensó. En el fondo, se encontraba a gusto en aquella oscuridad. No tenía que dar explicaciones por su fracaso, y tampoco se sentía ya obligado a demostrar nada a nadie. En tales pensamientos estaba cuando, sin saber muy bien cómo, aterrizó.

La calle estaba desierta. Una única farola la iluminaba, y en las ventanas de los edificios todas las luces estaban apagadas. Abandonó la capa y la chistera en un portal y echó a andar. Sus pisadas resonaban en el silencio de la noche. Cruzó varias calles, todas igual de desiertas y mal iluminadas. En aquel cielo no había luna ni estrellas, pero a sus espaldas un leve claror entre los tejados anunciaba ya la llegada del amanecer. Se detuvo y aguzó la vista. Le había parecido ver, unos doscientos metros más adelante, una luz lateral que iluminaba la acera. ¿Sería una tienda? Reemprendió la marcha y avivó el paso. Sentía hambre.

La luz provenía de una panadería. Se parecía mucho a la de su teatrillo, pero la empleada no era la misma. Esta de ahora era una mujer gruesa y risueña, con gafas de media luna y un delantal a rayas blancas y grises.

“Usted dirá”, dijo desenfadadamente la panadera.

Honorato recorrió con la mirada la vitrina del mostrador. Los dulces allí expuestos eran muy parecidos a los que él conocía, pero no exactamente iguales. Los croissants, por ejemplo, tenían forma de Z.

“Un croissant, por favor”, dijo sin pensarlo más tiempo. Le daba igual lo que le vendiesen, con tal de que fuera comestible.

“¿Se lo envuelvo?”

“No, no hará falta. Me lo voy a comer en seguida”

La mujer apresó el croissant con unas pinzas metálicas y lo depositó sobre una servilleta de papel, encima del mostrador.

“Serán doce créditos”, informó, dejando caer los brazos.

“¿Créditos?”

“Sí. No me diga que se le han terminado”

Honorato abrió un tanto la boca, pero no para morder el croissant.

“Disculpe, pero es que yo vengo de muy lejos y acabo de llegar. ¿Me puede explicar lo que son los créditos?

La mujer suspiró.

“No sé de dónde viene usted, pero todo el mundo sabe lo que son los créditos. Tiene que ir al Ministerio de Créditos y solicitar su cupo semanal. De diez a una, de martes a jueves”

“¿Y no me aceptaría un billete de cincuenta? Tengo bastante hambre”, balbució, exhibiendo ante sus ojos el billete anunciado. La empleada lo tomó, lo examinó con curiosidad y se lo devolvió con aires displicentes.

“Mire, no estoy para bromas. Vaya al Ministerio y solicite su cupo, como todo el mundo”, replicó. Mientras esto decía, devolvió el croissant a la vitrina y puso los brazos en jarras, con las pinzas todavía reluciendo en su mano derecha.

Honorato salió a la calle. Su estomago se rebelaba contra las normas del Ministerio de Créditos, pero no tendría más remedio que aguantarse hasta que se aclarase la situación. En las aceras se empezaban a ver ya viandantes, e incluso algunos vehículos circulando por la calzada. Estaba a punto de salir el sol, y la mayoría de las tiendas abrían también sus puertas. Al doblar la primera esquina se cruzó con una anciana que empujaba trabajosamente un carrito de la compra.

“Disculpe. ¿Me podría decir por dónde se va al Ministerio de Créditos?”

La mujer lo miró de abajo a arriba, como si sospechara que venía de otro planeta.

“En mis treinta y cuatro años de vida jamás me habían preguntado una cosa así”, exclamó con voz achacosa. “Diríjase hacia el suroeste”, dijo, señalando la salida del sol. “Siete manzanas. Luego doble a la izquierda en la gasolinera. Un poco más adelante verá la plaza de los cactus. Allí es”

¿El suroeste?, se preguntó Honorato mirando hacia el horizonte. Pero no hizo ningún comentario. “Muchas gracias”, dijo. La anciana se encogió de hombros, y los dos reemprendieron su camino.




El Ministerio de Créditos era un edificio azul, con un gran balcón central rodeado de guirnaldas en la última planta. En la puerta principal, el conserje le dio el alto.

“¿Tiene número?”

“¿Cómo?”

“Ya sabe que sin número aquí no se puede entrar”

“Yo sólo quería mi cupo semanal”, dijo Honorato, casi atragantándose.

“Tiene que pedir su número, hombre. Oficina siete, a la vuelta de la esquina. Y no olvide las dos pólizas de sesenta céntimos”, apostilló el conserje con tono expeditivo. “Ahora apártese, por favor, que ha llegado el autocar de jubilados del Ministerio de Ruegos y Preguntas.

En efecto, un autocar acababa de detenerse junto a ellos, y de él salía ya una larga hilera de jubilados renqueantes acarreando pesadas carpetas. Honorato se alejó sin despedirse. La irrupción de los jubilados le había impedido preguntar dónde se compraban las malditas pólizas. Miró a su alrededor. Frente por frente al Ministerio, más allá de los cactus, un rótulo en letras amarillas reclamó su atención.

“ESTANCO”, leyó. Y debajo, en letra más pequeña: “DILIGENCIAS, PÓLIZAS, INSTANCIAS, CERTIFICADOS, RECURSOS JUDICIALES, TABACO”

Dudó unos instantes, pero el recuerdo del croissant fue más poderoso que su raciocinio. A grandes zancadas, recorrió el medio triángulo de la plaza y empujó la puerta del estanco.

“Buenos días”, saludó.

“Buenos días”, le respondieron al unísono las diecisiete personas que aguardaban en cola ante la ventanilla. Honorato consultó su reloj de pulsera, y suspiró.

Veinticinco minutos más tarde, el empleado de la ventanilla respondía entre dientes a su saludo.

“Dígame”, le espetó acto seguido, sin mirarle siquiera.

“Dos pólizas de sesenta, por favor”

“¿De sesenta céntimos?”

“Sí, claro”

“¿Y la solicitud?”

Al oír la pregunta, Honorato sintió una punzada en el hígado.”¿Qué solicitud?”, inquirió débilmente, temiéndose lo peor.

“Oiga, yo no estoy aquí para perder el tiempo”, refunfuñó el empleado. “O me trae la solicitud rubricada y sellada, o no vuelva a entrar por esa puerta. Aquí no se regala nada, joven”

“Pero yo …”

“Deje pasar al siguiente, hombre. ¿No ve que está estorbando?”

Hambriento y abatido, Honorato salió del estanco y se sentó en el bordillo de la acera. ¿Qué hacer? No entendía nada. Ni siquiera sabía por qué había ido a parar a aquel lugar. Lo único que sabía con certeza era que tenía hambre. Además, empezaba a hacer calor. Miró el frac que aún llevaba puesto. Desde luego, no era fácil que alguien lo tomase en serio con aquella indumentaria. Desganadamente, se llevó las manos a las solapas y empezó a desabotonarlo. Entonces se acordó del sable.

El sable de las actuaciones no era propiamente un sable, sino una imitación que, al empujarla contra un objeto duro, se plegaba hasta la empuñadura. Lo llevaba en uno de los bolsillos secretos de su frac. De pronto, su mente se iluminó. A grandes males, grandes remedios, se dijo. Se incorporó y, sin pensarlo dos veces, se dirigió a buen paso hacia la panadería.




Al ver entrar a aquel hombre con un sable en la mano, la panadera dio un grito.

“¡Venga! ¡El croissant!”, conminó el mago, esgrimiendo el falso sable a la altura del cuello de la buena mujer.

“Pero… ¿este es un robo certificado, o …?”, acertó a articular la panadera.

“Pensándolo mejor, deme la bandeja entera”, se envalentonó Honorato. “Me la envuelve para llevar, si es tan amable”

“Entonces no es certificado”, murmuró ella. “Dios mío de mi vida…”

Y le envolvió los croissants.





El profesor Smith tomó la palabra y se sacudió la tiza del guardapolvo. Sus fórmulas llenaban completamente la pizarra del aula magna.

“Señores, la mecánica cuántica nos ha jugado una mala pasada. El experimento de la caja fuerte funcionó a la perfección, pero el mago no aparece por ningún lado, y nos tememos que haya experimentado un desdoblamiento”

Un largo murmullo acogió sus palabras.

“En otras palabras, pensamos que el sujeto se encuentra en dos universos simultáneamente. En qué forma está viviendo esas dos realidades paralelas, no lo sabemos. Pero, según mis cálculos, si reconfiguramos el solenoide fotónico como una fuente de neutrinos gamma podríamos suprimir el universo espurio y descuantificar a ese señor. Quiero decir, traérnoslo de nuestro lado”

El murmullo retornó con mayor intensidad, esta vez acompañado de cabeceos aprobatorios.

“De manera que, si las autoridades nos dan su beneplácito, podemos iniciar el segundo experimento ahora mismo. Tengo ya todo preparado”

Tras deliberar largo rato, las autoridades por fin asintieron. El profesor entonces carraspeó, se limpió cuidadosamente las gafas y, antes de apretar el interruptor rojo, comentó:

“El único peligro es… “. Carraspeó de nuevo. “Quiero decir, si la ecuación de Schrödinger genera un término relativista, podría ocurrir lo contrario. Es decir, que lo sacáramos de este universo y lo dejáramos en el otro. Para siempre”.

Se rascó la cabeza, pensativo. “Aunque es poco probable”, añadió.

Y apretó el botón.





Con el hambre que traía, los croissants le supieron a gloria. Mientras los engullía ávidamente, Honorato cerró los ojos. Aquel relleno de chocolate era delicioso. Y diferente de todo lo que él recordaba haber comido.

Había encontrado un banco en un parque, medio escondido entre unos arbustos, y ahora se entregaba a la glotonería comprensible en quien ha atravesado varios universos sin comer. Pero, ay, cuando volvió a abrir los párpados estaba oscuro otra vez y a su alrededor todo se movía.

Esta vez aterrizó en un bulevar muy concurrido. Era casi el mediodía y en el cielo brillaba el sol. La gente y los edificios no parecían diferentes de los anteriores. La única diferencia que encontró fue que todas las plantas que se veían en las calles eran cactus.

Al menos ya no tenía hambre. Caminó largo rato por entre la multitud, entreteniéndose frente a los escaparates de las tiendas, que mostraban artículos de formas extrañas y sorprendentes. Todos los transeúntes llevaban puestas unas gafas triangulares a las que parecían muy atentos, y nadie se fijaba en él.

De pronto, un policía lo agarró por un brazo y lo obligó a detenerse.

“Eh, tú. ¿Dónde están tus gafas?”, le espetó.

Honorato se lo quedó mirando. Buscaba desesperadamente un pretexto que lo sacase de aquel lío.

“Me las he dejado en casa”, respondió sin mucha convicción.

“¿Y cómo esperas encontrar el camino a tu casa si te has olvidado las gafas?” Antes de que el mago respondiera, el policia prosiguió. “A ver, tu documentación. Matrícula de gafas. Cédula de identidad, permiso de conducir, permiso peatonal, certificado de existencia, contabilidad de CO2, inscripción de género, bono bus. No me digas que también te los has dejado en casa”

Honorato entonces comprendió. Cerró los ojos y sonrió para sus adentros. Tal vez había llegado el momento de renunciar a ser mago y volver a ser, simplemente, burócrata. En aquel mundo nuevo al que la ciencia lo había enviado, su porvenir no tenía límites. A nada que se esforzase, en pocos meses todos aquellos aprendices le comerían en la mano.

Miró al policía fijamente a los ojos y, con voz monocorde, salmodió de un tirón:

“Ley 237/2017. Antes de proceder a la verificación de la documentación, la autoridad requiriente tomará particularmente en consideración los siguientes criterios: a) El menor perjuicio a los requeridos derivado del transcurso de los plazos establecidos en el artículo 57 de la Ley 1016/1995. b) La justificación por la autoridad solicitante de su petición en el ejercicio de un derecho o la circunstancia de que el requerido tuviere la condición de transeúnte, necesitando en cualquier caso su aquiescencia para fines investigativos, estadísticos o de orden público. c) El menor perjuicio posible a los derechos de los requeridos cuando los documentos acreditables contuvieren únicamente datos de carácter identificativo de aquéllos que se le pudieren formalmente solicitar. d) La máxima garantía posible de los derechos de los afectados cuando los datos contenidos en el documento pudieren afectar a su privacidad o a su seguridad…”

No necesitó seguir. A medida que las palabras salían de su boca, vio cómo el policía se relajaba. En pocos segundos, la tensión de aquel rostro cedió. El policía empezó a respirar hondo, y sus párpados se entrecerraron.

Un minuto exacto después estaba dormido.

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domingo, 25 de junio de 2017

Una crítica desinteresada

ACTO PRIMERO

"¿Le puedo tomar nota ya, caballero?"

"Sí, muchas gracias... De entrada, creo que tomaré una rillette de caviar iraní gelificada con humo líquido y emulsión de trufas salvajes"

"Por supuesto, señor. ¿Lo aderezamos con aceite balsámico de Rajastán, o prefiere polvo helado de rabanitos Caducifolius?"

"No. Prefiero un espolvoreado de pétalos de rosa macerados en eau de vie piamontesa. Destilada en alambique de Osaka, por supuesto."

"Muy bien. ¿Y de segundo?"

"Antes del segundo tomaré unos canelones de foie de Normandía con olivas negras y espuma de manzana de Nueva Guinea. Y como plato principal, solomillo de salmón al vacío con mayonesa de ostras y corazón de cebolla morada."

"Sí, señor. ¿Qué vino tomará?"

"Para los entrantes, un Chateau Boulez Chardonnay, reserva del 89, y para el salmón un Afflelou d'Armagnac Borondon, reserva especial"

"¿Temperatura?"

"Catorce grados"

"Excelente decisión, señor. ¿Desea algo más?"

"No, gracias. Eso será todo, por el momento."


ACTO SEGUNDO

"¿El señor desea otro café? ¿Otro whiskey de doble malta?"

"No, muchas gracias. Se me está haciendo un poco tarde."

"¿Desea que le traiga la minuta?"

"No. Mejor llame al dueño del restaurante?"

"¿Ha... tenido algún problema con la comida?"

"No, en absoluto. Llame al propietario, si es tan amable."


ACTO TERCERO

"Buenas tardes, caballero. Usted dirá."

"¿Es usted el propietario?"

"Sí, señor."

"Verá. Yo dirijo la sección de gastronomía de la revista Haute Cuisine, y mañana voy a publicar una reseña de este restaurante..."

"¡Ah! Será un honor, por supuesto..."

"El caso es que he escrito dos versiones de la reseña y todavía no he decidido cuál publicaré. ¿Le importaría echarles un vistazo y darme su opinión?"

(Le tiende dos folios).

"¡Faltaría más!"

(El propietario lee entre dientes:)

Versión 1

"El restaurante Epicureus es una auténtica fiesta para el paladar, a la que ningún amante de la gastronomía debe faltar. Su exquisito rodaballo fumé con wasabi, sus perlas de langostino con sfumato de vieira y, en el apartado de postres, el incomparable pudding de mandarina enana en crujiente de plancton son sólo una muestra de las mil texturas y sabores sublimes que su carta nos ofrece. Por lo demás, el servicio es impecable, y la atmósfera, suavemente aderezada por las sonatas de Chopin, difícil de superar. En resumen, un must absoluto para el comensal más exigente."

Versión 2

"En honor a la verdad, la mala fama del restaurante Epicureus no está del todo justificada. Es cierto que sus pinchos de tortilla con ketchup carecían en absoluto de charme (y de sal), pero el pan, aunque un poco reseco, definitivamente no era del día anterior. Se ha especulado mucho sobre la procedencia de la carne de sus estofados. En nuestra opinión, la oreja de cerdo del cocido era auténtica, y el sabor un tanto 'fuerte' del conjunto se debía a los cubitos de caldo de carne con que el cocinero supo compensar la escasez de ingredientes. Nuestro estómago no fue tan condescendiente como nuestro paladar, pero unas pastillas de antiácido fueron suficientes para corregir el reflujo. El trato de los camareros fue correcto, aunque indiferente, y la frasca de vino que uno de ellos derramó sobre mi camisa se debió simplemente a un tropezón con una de las baldosas del suelo, que estaba rota. Por los altavoces, la música de la radio no estaba tan alta que no se pudiera conversar."

ACTO CUARTO

"Efectivamente, yo tampoco sabría por cuál de las dos versiones decidirme. Aunque, desde luego, no soy quién para aconsejarle sobre un asunto tan delicado. En cualquier caso, permítame que corresponda a sus atenciones haciéndome cargo de la minuta. En otras palabras, paga la casa. Nada, nada, no hay más que hablar. El maître le ofrecerá ahora mismo una caja de nuestros mejores habanos, y mi señora está a su disposición para cualquier otra cosa que tenga usted a bien solicitar. Esperamos tenerlo de nuevo muy pronto con nosotros. Regrese cuando quiera. ¡Muchas gracias, señor! ¡Muchas gracias!"

(El propietario, deshaciéndose en reverencias, acompaña al periodista hasta la puerta.)

CAE EL TELÓN

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viernes, 16 de junio de 2017

Contrastes

Prohibido fumar, decir palabrotas y hablar con el conductor

Hace algunos meses tuve ocasión de conversar con el hijo de unos amigos sobre ciertos aspectos de la vida moderna. El no entendía mi aversión a los viajes en avión, y le tuve que explicar que hubo un tiempo en que, a diferencia de ahora, los aeropuertos no se parecían en nada a un campo de concentración. No había aglomeraciones, ni controles, ni cámaras. Uno, simplemente, se iba caminando desde el mostrador de facturacion hasta la puerta de embarque y, al rato, en un asiento espacioso de un avión le servían una comida generosa con cubiertos de metal y una botellita de vino. En clase turista. Y se podía fumar. Sí, en el avión.

Viendo la expresión de sorpresa de aquel muchacho, por un instante tuve la sensación de estar contando un cuento de hadas.

"Pero ahora los controles son necesarios", replicó él. "Si no los hubiera ..."

Efectivamente, ahora los controles son necesarios. Pero digamos con todas las letras lo que eso significa: no sólo hemos perdido calidad de vida. Hemos perdido libertad. Y mucha. ¡Bien por el progreso!

Rebelión en la granja (pero sin huevos)

Aquella conversación me recordó otra que mantuve hace algunos años con un sobrino. El veía con simpatía la gestación de un 'nuevo' partido político de ideas más rancias que Carracuca. Mi sobrino no tenía ni idea de que aquel ideario politico ya había sido ensayado en muchos paises, con un saldo aproximado de cien millones de muertos y muchos más millones de horas de colas, penuria, escasez, hambre, torturas y control despiadado del individuo por el Estado.

En algún momento, inevitablemente, la conversación derivó hacia los años del franquismo. Su idea de aquel periodo histórico era más o menos la que predica machaconamente la propaganda bienpensante. A saber: Franco fue un psicópata sanguinario que se dedicó a empobrecer y hacer todo el daño que pudo a los españoles durante cuarenta años, y la represión del franquismo fue...

Lo interrumpí. "¿Sabes una cosa? Yo estuve en Praga en 1971", dije. "Y allí el control del Estado sobre las personas era tan monstruoso que entré en estado paranoico. Literalmente. Llegué a creer que nunca me dejarían salir. Aquello no era un país; era una cárcel gigantesca, y cuando regresé a la España de Franco me sentí libre, ¡libre!, como un pajarillo silvestre".

Así fue. En mi país no me sentía vigilado. A nadie le importaba cuánto dinero gastaba, qué compraba, cuánta gasolina consumía o dónde pasaba cada noche. Podía comprar infinidad de libros inencontrables en la Checoslovaquia socialista y, excepto los estancos, ninguna tienda estaba controlada por el Estado. Además, en comparación, las tiendas españolas estaban abarrotadas de productos, en cantidad y en variedad. Mi sobrino me miraba con cara de incredulidad.

No te vayas, rianxeira, que te vas a marear

"¿Y la represión?", leí en su mirada. "El régimen de Franco no tuvo oposición democrática", le expliqué. "La represión recaía sobre los grupos de extrema izquierda, que pretendían derrocar aquel régimen para sustituirlo por una democracia 'popular'. Es decir: Checoslovaquia. El horror".

Y era cierto. En aquellos años -igual que ahora-, había que ser un ignorante imperdonable o tener realmente muy mala entraña para ser maoísta, leninista, trotskista o prosoviético. Pero si uno defendía ideas democráticas, la represión que padecía era entre benévola y nula. Peor lo tenemos hoy los que no creemos en el calentamiento global.

En mi experiencia personal, la única represión que viví con rabia y desesperanza durante el franquismo fue la que ejercía la iglesia católica. En nuestros días, la obsesión por el colesterol y el cambio climático es un auténtico tostón, pero en aquellos tiempos la obsesión por la castidad femenina era, para un adolescente como yo, sencillamente insufrible.

Sin embargo, la iglesia católica ha sentido siempre una atracción satánica por las fuerzas del Mal, y con el Concilio Vaticano II se pasó de la Inquisición al marxismo-leninismo sin emitir un suspiro. Aquel cambio de chaqueta espectacular puso en marcha la inexorable ley del péndulo, hasta el punto de que hoy en día está ya mal visto no ser hermafrodita, o tener ideas propias, o criar hijos en lugar de perros. Y, por supuesto, añorar la libertad de hace medio siglo.

Debajo de los adoquines está la playa

Una libertad que, idependientemente del país o del régimen político, era mucha. Eran los tiempos en que uno sólo tenía obligación de enseñar el DNI a la policía, y nunca a la cajera del supermercado o a la secretaria del dentista. Tampoco había cámaras de vigilancia por ninguna parte, y la delincuencia era mucho menor que ahora. Uno podía entrar a cualquier edificio oficial sin pasar por ningún control de metales, y había libertad para ponerse o no el casco en las motos o el cinturón de seguridad.

Como había muchos menos funcionarios y muchos menos políticos, tampoco había que pagar impuestos. En los autobuses, ninguna autoridad tenía que reservar asientos para los ancianos, porque los propios pasajeros les cedían el suyo. Y cuando uno quería apearse en la próxima pedía amablemente pasar en lugar de emprenderla a empujones como los gorilas.

En aquellos tiempos todos sabían redactar, y escribían con pocas o ninguna falta de ortografía. Todos sabíamos por dónde pasaba el Ebro y dónde estaba Albacete. En las cartas nadie escribía jajajaja, y en los telegramas uno ponía lo estrictamente necesario. Quienes aprobaban unas oposiciones podían pedir plaza en cualquier rincón del país sin necesidad de aprender ninguna lengua local. El tomate sabía a tomate, los huevos sabían a huevo y el pan sabía a pan. Todas las noches regaban las aceras, y sólo los locos hablaban solos por la calle.

Además, los parques eran sólo para pasear y disfrutar apaciblemente del aire libre. Las playas eran playas, y no calles, como ahora. La Tierra no se estaba calentando, sino que se encaminaba a una glaciación, pero a nadie le importaba un comino. Como no había videojuegos y apenas había televisión, la gente tenía ingenio y mucho sentido del humor. Y, como todos teníamos ideas propias, no teníamos necesidad de tatuarnos para distinguirnos unos de otros.

En el balneario de Parménides

Las argollas en la nariz, en los pezones o en el clítoris eran sólo cosa de los aborígenes de selvas remotas. Los jóvenes sabían bailar, y nadie tenía necesidad de acarrear botellas de agua por la calle, y mucho menos de agua mineral. Los escritores sabían redactar y no escribían lo primero que les pasaba por la cabeza, como ahora. Los juguetes eran escasos, y la imaginación, por consiguiente, desbordante. Las películas en blanco y negro eran en blanco y negro, y no coloreadas.

Pese a todo, hay cosas que no han cambiado. Antes todos los informativos contaban las mismas patrañas. Ahora, también. Antes se podía votar entre dos o tres opciones prácticamente indistinguibles. Ahora, también. Antes, la moral la dictaban los paniaguados del clero. Ahora, los paniaguados de la política. Antes había que respetar una religión que menospreciaba a las mujeres. Ahora, también. Antes había caciques. Ahora hay comunidades autónomas.

Es cierto, también hemos progresado. Hoy en día todos los automóviles tienen aire acondicionado. Hay aspiradoras que funcionan solas, y dentro de poco los frigoríficos encargarán el salchichón en bable a la tienda de ultramarinos. Todas esas maravillas nos liberan, y con su libertad cada uno hace lo que le viene en gana, pero para mí el progreso no es un fin en sí mismo, sino simplemente un medio. Un medio para desarrollar al máximo nuestro potencial como personas. Para ser más creativos, más autónomos, más generosos. Ese es el baremo con el que deberíamos medir los cambios históricos, porque es el criterio que mide ni más ni menos que la dignidad humana.


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sábado, 10 de junio de 2017

Horteras

Oí por primera vez la palabra 'hortera' allá por los años 70. Es sorprendente la capacidad del ser humano para captar instantáneamente, a veces ante un solo ejemplo de la vida real, el significado de una palabra. En aquellos años de patillas de hacha, jersey exageradamente corto y transistor debajo del brazo, no era difícil reconocer un cierto tipo de personaje callejero que se distinguía del resto, no tanto en la forma de las patillas o en la longitud de la melena, sino más bien en la falta de estilo.

No he dicho esto en sentido despectivo. Muchos de los horteras de aquella época me caían bien, y algunos fueron incluso buenos amigos míos. Pero, del mismo modo que un actor malo no nos conseguirá convencer interpretando a Shakespeare, un hortera nunca nos convencerá de que el buen gusto es una de sus virtudes. Naturalmente, parto de la base de que las tragedias de Shakespeare son dramas más sutiles que las telenovelas. Si usted cree lo contrario, entonces este no es su blog, y yo en su lugar no perdería más el tiempo leyéndolo.

Algunos años después llegó a mis oídos la palabra 'kitsch', más o menos indirectamente importada del alemán. Pero no es lo mismo. El kitsch es de interiores. El hortera, no. El hortera se lanza a la calle sin pudor ni afectación, simplemente convencido de que, con arreglo a un criterio indefiniblemente esotérico, va a la moda.

Como todo en la vida, hubo y hay horteras entrañables y horteras abominables. Y también horteras controvertidos. En nuestro tiempo, el presidente Trump es uno de los más polémicos, pero ser hortera no tiene nada que ver con ser bueno o malo, excepto quizá en las reminiscencias. Los penitentes de la Semana Santa serán tétricos, si usted se empeña, pero los miembros del Ku-Klux-Klan son unos horteras. El sombrero floreado de ciertas damas inglesas puede ser simplemente el atuendo de boda de una madre bondadosa, pero los fascistas de camisa negra eran unos canallas.

En los años 60 y 70, los horteras eran más bien inofensivos. Amaban el rock and roll, la ganja, las canciones italianas o el intercambio de parejas. El hortera moderno, con sus tatuajes de borrachera tabernaria y sus piercings de tribu africana en pie de guerra, parece anunciar un Armagedón no tan inverosímil como muchos piensan. Cada época tiene su impronta.

Como todas las demás modas, la moda hortera ha conocido los extremos del péndulo en más de una ocasión. Compárese, si no, la voluminosa permanent de las chachas de los 60, o las melenas a imitación del siglo XVIII, con el cráneo rasurado de los jadeantes joggers que infestan hoy los parques públicos, antaño parajes de apacible deleite y contemplación. O las faldas floreadas de las hippies, reminiscentes de la mesa camilla, con las más intrépidas minifaldas o los tangas de cordoncillo, que dejan al varón paseante sin aire en los pulmones y sin apenas margen para la imaginación.

Algunos estereotipos de hortera son específicamente de ámbito nacional. Por ejemplo, los gordos desbordantes o los émulos de Buffalo Bill o de Elvis Presley, en Estados Unidos. Pero también algunos millonarios de países petroleros, con sus parachoques de oro y sus propinas de tres ceros en hoteles suizos. En España tenemos dos tipologías excepcionales: los tunos y los toreros, que más que horteras se sitúan ya en la frontera con lo extraterrestre.

Lo hortera no entiende de clases sociales. Hay horteras adinerados, como los nacionalistas catalanes de gafapasta, las aristócratas con implantes de silicona o los intelectuales de perilla verde y corbata imposible, y horteras lumpen, como el macarra de pechera abierta y camisa de colores, el cachas bien dotado en camiseta sin mangas, o la discotequera de zapatos con plataforma y vaquero desgarrado marcando hucha.

Un cierto porcentaje de horteras, en realidad no lo son. Simplemente, compran la ropa más barata que encuentran en el bazar chino de la esquina, y les importa un pepino la impresión que puedan causar en el observador tiquismiquis.

Si uno se propone hablar de horteras, tarde o temprano deberá adentrarse en el terreno de la incorrección política, porque es imposible no mencionar a los esperpentos que abarrotan los desfiles del orgullo gay, a las feministas de ubres pintarrajeadas o a las góticas hijas de cierto expresidente español que, para bien o para mal, todos recuerdan todavía.

El hortera tradicional pretende ser elegante, pero el hortera moderno aspira a todo lo contrario. Puestos a escoger, entre los anillos despampanantes o los zapatos de charol blanco de los años 30 y los pantalones caídos de los hipsters o los cabellos en cresta de los punk yo no dudaría ni un instante.

También ha habido horteras geniales, no crean. Con sus abrigos extravagantes, sus bigotes en compás astrológico y su pronunciación amanerada, Salvador Dalí conquistó a ricos y pobres de medio mundo. Pero él se lo podía permitir, porque... sabía pintar. Justo al contrario que Picasso, que tuvo el honor de introducir el mal gusto en la historia de la pintura.

Aunque, si me preguntan, para mí el hortera más hortera de todos los horteras del universo es... Manolo el del bombo.

Sin discusión.


* Hortera:
1. Escudilla o cazuela de palo
2. En Madrid, apodo del mancebo de ciertas tiendas [farmacias]


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domingo, 4 de junio de 2017

Microcosmos

Sí. Ya sé que es el título de una composición de Béla Bartók, pero es la palabra que acudió a mi mente ayer, mientras escuchaba esta otra composición:

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Los años pasan, pero las obras no siempre perviven. La fama universal no es necesaria. No es necesario recibir el nombre de una calle, o figurar en los libros de texto o en algún museo, renombrado o no. Pero a uno sí le gustaría que su obra perviviera, aunque fuese en un diminuto microcosmos integrado por personas que vienen e, inevitablemente, se van con el paso de los años. Familiares, amigos, admiradores, curiosos, aprendices. Un microcosmos con memoria que recuerde, inspire y -quizá también- emocione a futuras generaciones. Exactamente igual que fuera del microcosmos.

La dimensión verdadera del ser humano no es cósmica, sino microcósmica, y tal vez el mundo sería más habitable si en lugar de grandes palabras usáramos simplemente palabras cotidianas, y si en lugar de clamar por el orden y la justicia universal nos limitáramos a buscar la armonía con quienes nos rodean. La belleza o la justicia, la compasión, el amor o el orden social, todo es siempre más fácil a escala microcósmica. Goethe lo llamó "afinidades electivas". Las aspiraciones universales, y más en los tiempos que corren, llevan siempre en su seno la tentación del totalitarismo.

La jornada que viví ayer -concierto en familia, comida y música entre amigos- fue una modesta aportación a esa visión utópica de una armonía universal a escala humana. Una armonía desigual, desordenada y subversiva, en perpetuo reajuste y -quizá lo más importante de todo- con microhistorias colectivas. La armonía de las esferas: un mundo con capacidad para sorprender, compuesto de seres humanos y de microcosmos por descubrir.

[La grabación reproduce una composición de Vicente Gil, interpretada por miembros y amigos de la familia Gil Arráez el 3 de junio de 2017 en un pequeño escenario de un almacén de pianos, en la localidad de Griñón, cerca de Madrid]

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