domingo, 31 de diciembre de 2017

Carretera al cielo

Regresó del via crucis, agotada. No tenía ganas de cenar. Se dejó caer encima de la cama, cerró los párpados y exhaló un suspiro hondo. En pocos segundos, las tinieblas del sueño la envolvieron. Se quedó dormida.

Descubrió que flotaba en lo alto de una nube azul, rodeada de querubines. En sus manos, una lira. Era maravilloso, porque sus dedos sabían exactamente cómo tañer las cuerdas para arrancarle aquellas armonías sublimes, sobrehumanas. Cerró sus párpados también en el sueño y se dejó embelesar por su propia música. Con los párpados cerrados no veía. Como Cupido... ¿También ella sería capaz de disparar una flecha sin mirar, y acertar? Y quien recibiera la flecha, ¿de quién se enamoraría?

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miércoles, 27 de diciembre de 2017

El Fénix catalán

La Cataluña que yo amé no ha muerto. A pesar del intento de incinerarla perpetrado por una pandilla de palurdos medievales autodenominados 'nacionalistas', la verdadera Cataluña, la Cataluña que no ha perdido el tren de la historia, creativa y sensata, rauxa y seny al mismo tiempo, ha resurgido de sus cenizas. Héla aquí:

http://www.bcnisnotcat.es/

Ojalá que algún día ellos lleguen a ser el verdadero motor de una España demasiado enquistada también en el provincianismo y en el conformismo suicida. Muchos ánimos, tabarneses. Desde la distancia del exilio os deseo lo mejor, de todo corazón.

Mucho mejor así:



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lunes, 25 de diciembre de 2017

Viajar en el tiempo

Todos hemos deseado alguna vez viajar en el tiempo. Y lo hemos hecho. Rebobinando las películas en videocassette, en los años 90, o apretando la tecla 'Deshacer' en nuestra pantalla, todos o casi todos hemos viajado en el tiempo. Pero, incluso aunque no hiciéramos nada o nos quedáramos dormidos, estaríamos también viajando en el tiempo, querámoslo o no, a la inexorable velocidad de 60 minutos por hora. El problema es que, hagamos lo que hagamos, el tiempo siempre termina arrastrándonos en una única dirección.

El tiempo es también un viaje desde el orden hacia el desorden. Un vaso puede romperse en mil pedazos, pero esos mil pedazos nunca se levantarán solos del suelo para volver a juntarse en el vaso y dejarlo como estaba. Es cierto, podemos recogerlos uno por uno y después pegarlos, pero para eso tendremos que mover unos cuantos músculos, y para mover esos músculos necesitaremos una energía que sólo podemos conseguir desordenando alimentos en nuestro estómago. No hay escapatoria. Y, por si esto fuera poco, la teoría de la relatividad nos dice que para viajar en el tiempo hay que conseguir moverse más aprisa que la luz.

La velocidad de la luz es una barrera que divide dos mundos. En el nuestro, por mucho que aceleremos no podremos jamás alcanzarla, porque necesitaríamos una cantidad de energía infinita. Al otro lado de la barrera, un objeto podría moverse más aprisa que la luz, pero nunca podría frenar hasta alcanzar la velocidad de la luz, porque para ello necesitaría también una energía infinita. Cosas de la física.

En realidad, ni siquiera sabemos lo que es el tiempo. No sabemos si es infinitamente continuo o si está hecho de átomos, como la materia. No sabemos si en algún confín remoto del universo, o en algún futuro o pasado lejanísimos, el tiempo se curva sobre sí mismo y un paseante podría encontrarse con su bisabuelo a la vuelta de la esquina. En el interior de un agujero negro, si se dieran las condiciones adecuadas, retroceder en el tiempo sería posible, pero entonces no sería posible retroceder en el espacio.

Muchos físicos se han devanado los sesos con la teoría de la relatividad para encontrar soluciones que permitan viajar en el tiempo. El problema no es que tales soluciones no existan, sino que en nuestro universo no parecen realizables. Quizá la más interesante es la que propuso el físico mexicano Miguel Alcubierre en 1994, que consistiría en contraer el espacio por delante de nuestra nave y expandirlo por detrás. Pero ni siquiera sabemos si sería materialmente posible construir un aparato que hiciera eso.

Otra solución es la que propuso el físico ruso Serguéi Krasnikov en 1995, y que es conocida como el “tubo de Krasnikov”. El tubo de Krasnikov es algo así como un agujero de gusano, cuyas paredes no estarían hechas de materia, sino que serían una distorsión del espacio-tiempo. Si fuera posible viajar en un tubo de Krasnikov, un astronauta tardaría sólo un año y medio en recorrer 3000 años-luz. El único problema es que, a su regreso, en nuestro planeta habrían transcurrido 6000 años, y su novia probablemente se habría cansado de esperar.

En teoría al menos, también sería posible viajar en el tiempo si pudiéramos construir un cilindro de longitud infinita y hacerlo girar muy aprisa, tal como propuso Frank Typler en 1974. Pero ¿cómo vamos a construir un cilindro infinito si ni siquiera sabemos si nuestro universo tiene fin? Además, no debemos olvidar el problema más grave: si un crononauta malvado viajara al pasado y consiguiera matar a su tatarabuelo antes de que tuviera descendientes, entonces el asesino no podría haber nacido, y por lo tanto desaparecería al instante. Justicia poética... Para resolver esta paradoja, algunos físicos argumentan que los viajes en el tiempo en realidad nos llevarían a un universo paralelo, donde el malvado crononauta podría hacer de las suyas sin por ello dejar de existir.

La fantasía de viajar en el tiempo existe desde hace milenios. Aparece ya en el Mahabárata, el libro sagrado de la religión hindú, que fue escrito hace casi 3000 años. Fue evocada también por un discípulo de Buda, en el siglo VI antes de nuestra era. Y una leyenda japonesa del siglo VIII nos cuenta la historia de Urashima Taró, un pescador que habría viajado 300 años hacia el futuro. En literatura, la novela más conocida es La máquina del tiempo, de Herbert George Wells, pero muy pocos saben que un español se le adelantó en ocho años. Aquel pionero de la ciencia ficción fue un diplomático madrileño llamado Enrique Gaspar y Rimbau, y su novela se titulaba El anacronópete.

Gaspar y Rimbau fue un niño prodigio. Era hijo de actores, y escribió su primera zarzuela a los 13 años. Un año después era ya columnista de La ilustración valenciana, y al año siguiente su madre llevó a la escena su primera comedia. Gaspar se casó con una aristócrata, y a los 27 años entró en el cuerpo diplomático, que lo llevó a lugares del mundo tan diversos como Grecia, Francia, China, Macao y Hong Kong.

El anacronópete, que significa algo así como 'aquello que vuela al revés que el tiempo', era una caja de hierro movida por energía eléctrica. La energía servía no sólo para propulsar la nave, sino también para generar un fluido -el 'fluido García'- que rejuvenecía a los pasajeros a medida que viajaban hacia el pasado. En el interior de la nave había maravillas tecnológicas tan sorprendentes como una escoba que barría sola. El inventor de aquella extraña nave era el científico zaragozano Sindulfo García, y entre los pasajeros había varias ancianas francesas de 'moral reprobable' que el alcalde de París había enviado para que se rejuvenecieran, a ver si así retornaban a las buenas costumbres.

La trama de la novela es rocambolesca. El viaje en el tiempo los lleva primero a la batalla de Tetuán, y después a Granada en el año 1492. La expedición se aleja después hasta el año 220 en China, donde el emperador explica a los viajeros que los chinos por aquellas fechas ya habían inventado la imprenta. Entre tanto, mientras el emperador les pide que le entreguen a la pasajera Clarita a cambio del secreto de la inmortalidad, la momia de la emperadora, que don Sindulfo había metido en la nave al emprender el viaje, rejuvenece tanto que resucita, y le pide a Sindulfo que se case con ella. Pero Sindulfo en realidad ama a Clarita, que a su vez... está enamorada del capitán. El enredo está servido.

Finalmente, después de visitar Pompeya durante la erupción del Vesubio y seguir alejándose en el tiempo hasta los días del diluvio universal, el enloquecido don Sindulfo aprieta al máximo el acelerador, y al llegar al origen del universo la nave termina... explotando.

* En agosto pasado, cuando escribí mi cuento 'La caja fuerte', no tenía ni idea de la existencia de la novela de Gaspar y Rimbau. Anoche, cuando leí la descripción del anacronópete, me faltó poco para dar un respingo: una caja de hierro que viaja en el tiempo... ¿Sorprendente coincidencia, o recuerdos del futuro? Se me ocurre que quizá ninguna de las dos cosas. ¿Es posible que yo en realidad sí hubiera leído alguna vez algo sobre aquella novela y, simplemente, lo hubiera olvidado? Es lo mas probable. Pero lo cierto es que no recuerdo absolutamente nada, maldita sea.

martes, 19 de diciembre de 2017

Enfermos de fanatismo (II)

"Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla", escribió Antonio Machado.

La mía, no. Mi infancia son recuerdos de una ciudad inhóspita, con habitantes inaccesibles como coches de choque y cielos de acero hasta donde alcanzaba el horizonte. Sólo que, una vez al año, allá por las últimas canículas de junio, mi horizonte se ensanchaba hasta llegar al mar.

De aquel mar recuerdo pocas cosas, pero todas intensas y balsámicas. Era la cura de diez meses fríos y adoquinados, inacabables. Recuerdo bandadas de peces plateados a pocos pasos de la orilla, diminutos cangrejos de color de arena y huellas de pájaros en zigzags caprichosos que llegaban hasta las dunas. Allí no había luz eléctrica ni agua corriente, pero había seres humanos, y entre los juncos zumbaban las libélulas. Y, por las noches, allá en lo alto, un océano mágico de estrellas.

Ya te he relatado alguna vez la llegada de los alcoyanos. Aparecieron una mañana, en la playa, acompañados de un carro tirado por un caballo y cargado de enseres. Mis recuerdos son borrosos, porque yo era muy pequeño, pero tengo la certeza de que no se alojaban en ninguna de las casas del lugar. Con cañas cortadas y atadas entre sí, construyeron sobre la misma arena varias empalizadas rectangulares, y allí dentro echaron los colchones que habían traído de casa para pasar las vacaciones de verano en la playa. No necesitaban más.

Eran varias familias, y venían de Alcoy. No recuerdo sus rostros ni sus edades. Recuerdo sólo su alegría contagiosa, su sentido del humor indestructible, y aquella lengua vernácula que me fascinó desde el primer instante. Era imposible no amar aquel habla valenciana melodiosa y certera, que desbordaba de ingenio y alegría de vivir.

Los alcoyanos venían todos los veranos, y se quedaban en la playa casi todo el mes de julio. Con el paso del tiempo, el añoso carro fue sustituido por un automóvil, y las cabañas en la playa por viviendas de alquiler. Incluso hubo quien se compró su propio chalecito, no lejos de donde nosotros veraneábamos. Años después, algunos de los hijos de aquellos alcoyanos se hicieron amigos mios. Fue un privilegio.

Muchos de los días más felices de mi vida los he vivido en valenciano, y la región valenciana ha sido para mí la quintaesencia del Mediterráneo. Sí, del mismo Mediterráneo en el que Zenón concibió la paradoja de la flecha y en el que Odiseo supo burlar al gigante Polifemo. En cuanto pude, ya en los primeros años de la Universidad, me escapaba a menudo de Madrid para ir a visitar a mis amigos alcoyanos, que por aquel entonces estudiaban en Valencia.

Cuando acabé la carrera, un día, harto ya de aquel esperpento medieval al que sus habitantes llaman Madrid, me subí a mi furgoneta desvencijada y, después de muchas vicisitudes, terminé instalándome en un pueblo de Valencia. Allí me curé de mi mal de amores y reuní fuerzas para emprender la que sería la principal etapa de mi vida. Todavía conservo algunos buenos amigos de aquella parada y fonda, pero de entonces acá el mundo ha dado muchas vueltas, y la Valencia que yo amé es ahora ya un espantajo irreconocible.

Siguiendo las huellas de Cataluña, el nacionalismo regional ha secuestrado la lengua y el espíritu valencianos, los ha pervertido y los ha convertido en un instrumento de poder. La región valenciana ya no es el Mediterráneo de Homero y de Parménides. Ahora todo en ella está impregnado de ideología. Ideología xenófoba y ridícula, acunada en fantasías totalitarias. Valencia no es un imperio. Ni siquiera un Estado. Valencia ahora no es nada, o apenas nada. Apenas un aspirante a gulag, una caricatura de la Inquisición, un Quijote sin Rocinante. Un páramo cultural gobernado por psicópatas.

Ya no amo la lengua valenciana. Ahora detesto todo lo valenciano, porque detrás de todo aquello que un día amé sólo veo a unos nazis grotescos moviendo los hilos de su propia vanidad. No tienen futuro, pero están tan pagados de sí mismos que ni siquiera se dan cuenta. Son un tren lanzado hacia el abismo, y con él arrastrarán a los nietos embrutecidos de aquellos valencianos maravillosos que yo amé y admiré, y con los que he vivido algunos de los mejores momentos de mi vida.


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sábado, 11 de noviembre de 2017

El asalto final

Viento del este, viento del oeste

Animado por la reciente iniciativa Hablamos Español, he acudido esta mañana a una manifestación, aunque he de confesar que no sé exactamente qué era lo que se reivindicaba. Lo que yo quería manifestar era que la política lingüística de esta comunidad autónoma me impide el uso normal del español en España. Suena raro, ¿verdad?

Suena raro, y lo es. Pero los motivos de quienes se han manifestado esta mañana no eran exactamente los mismos que los míos. De hecho, había una alarmante confusión al respecto. Para empezar, la inmensa mayoría de los manifestantes enarbolaban banderas. Es cierto, la bandera de España representa un territorio en el que rige una Constitución, que en particular ampara el derecho de sus ciudadanos a usar libremente la lengua nacional. Pero una bandera puede simbolizar muchísimas más cosas, y no todos tenemos por qué coincidir en ellas.

Tal vez estoy siendo demasiado inflexible. Descenderé, pues, un peldaño y supondré que la bandera española representaba el anhelo de unidad de la patria frente al secesionismo de una parte de Cataluña y a los designios de los gobernantes valencianos de ser anexionados por Cataluña mediante la implementación de un plan cuidadosamente diseñado. Pero, si lo que se reivindicaba era la unidad de la patria, ¿por qué la inmensa mayoría de los manifestantes enarbolaban también la bandera autonómica?

Es más, muchas de las pancartas estaban escritas en valenciano, otras hablaban de bilingüismo, y otras se referían al español como 'castellano'. No era eso lo que yo quería reivindicar, pardiez.

Los argumentos de los manifestantes con los que pude hablar eran también de lo más pintoresco. Una señora acusaba nada menos que a Rusia del independentismo catalán, simplemente porque se lo había dicho una hija suya que vive en Washington. Otra señora clamaba que lo que había que hacer era votar a Vox, un partido que no ha obtenido todavía ni un solo diputado en el parlamento español. Alguno que otro pedía el consabido "Puigdemont a prisión", y más de uno clamaba contra la 'catalanización' de la región valenciana.

Lo más alarmante de todo era la ausencia casi absoluta de jóvenes. A ojo, calculo que menos del uno por ciento de los manifestantes tenían menos de 30 años, y de ellos prácticamente todos eran niños que acompañaban a sus padres. Que nadie piense que en esta ciudad no hay jóvenes. Sin duda muchos estaban durmiendo la mona después de una noche de viernes apoteósica, pero Zara, la tienda de Apple o los grandes almacenes hervían de gente joven a la que, aparentemente, les trae sin cuidado en qué idioma los manipulan, los adoctrinan o los desalfabetizan.

Ante aquel desfile de clases pasivas con banderas contradictorias, en buena parte venidas en autocar desde pueblos circundantes, me embargó una desolación difícil de describir. Durante décadas nadie los ha defendido, y durante décadas ellos tampoco han sabido o se han molestado en defenderse. Todo lo que se les ocurre ahora, cuando ya es demasiado tarde, es manifestarse con sus vísceras y sus banderas. No son conscientes de que lo que tienen enfrente es un verdadero ejército en la sombra, perfectamente organizado. Un ejército que tiene ya argumentos, intelectuales, estrategia, poder y un sofisticado aparato de propaganda. Y que está determinado a usar todas esas armas hasta salirse con la suya.

Esta pobre gente cree que la bondad puede derrotar a la maldad por las buenas. Ellos son incapaces de cortar carreteras o vías de tren, de manipular a sus hijos ante las cámaras, de verter falsas acusaciones, de hacerse golpear por un policía blandiendo su bandera para después difundir la instantánea en los medios de comunicación internacionales. No tienen líderes. No tienen planes. No tienen estrategia. No son conscientes de su propia inferioridad, y ni siquiera saben claramente lo que quieren. Tienen la batalla perdida de antemano y, si tienen suerte, dentro de diez años la destrucción de España quedará consumada sin más violencia de la estrictamente necesaria.

Claro, que tendrán que tener mucha suerte. Para entonces, yo espero no estar ya aquí.

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sábado, 14 de octubre de 2017

Enfermos de fanatismo (I)

Ya te he hablado alguna vez de aquellos meses que pasé en Inglaterra. Yo no había cumplido aún los diecinueve años, y para mí todo era nuevo.

La familia con la que vivía era muy buena gente. Casi lo primero que me preguntaron a mi llegada fue si yo era católico. Ellos eran protestantes y, sabiendo que yo venía de un país católico, seguramente les preocupaba la circunstancia de que, ni en Warrington ni en muchas millas a la redonda, había una sola iglesia de aquella confesión.

Les escandalizó oírme responder que yo "no tenía ninguna religión", pero no por ello me juzgaron, y nunca más volvieron a sacar el tema a colación, salvo quizá en algún que otro comentario suavemente irónico contra el Papa de Roma.

Como yo era nuevo en la ciudad, Irene se apresuró a presentarme a otros jóvenes de mi edad. Durante días, desfilaron por 105 Hallfields Road chicos y chicas de distintas aficiones y formas de pensar. Supongo que yo era para ella un enigma. Viniendo yo de un país por aquel entonces tan desconocido, ni Irene ni sus padres tenían referencias para averiguar cómo acomodarme en aquella sociedad, en una ciudad en la que yo era el único extranjero. Cuando supieron que yo no fumaba ni bebía alcohol, llegaron incluso a proponerme que visitara la YMCA, una asociación de jóvenes cristianos en la que yo habría encajado más o menos como una cigarra en un hormiguero. Con el tiempo comprendieron que lo que yo más detestaba de mi país de origen era la omnipresencia de la religión católica y su cruzada enfermiza contra la sexualidad.

De todos aquellos muchachos que me presentaron, sólo dos terminaron siendo amigos míos. Ellos eran amigos entre sí, y de carácter completamente opuesto. Brian era un vividor, amante de las fiestas y de las faldas, mientras que John era tranquilo y reflexivo. John era el que más a menudo me llamaba o me venía a visitar. Formaba parte de un grupo de teatro, y tenía una pronunciación exquisita, que era para mí un recurso valiosísimo en aquella ciudad en la que todos hablaban con un tremendo acento "Lancashire".

Nos hicimos muy amigos. Una mañana, me llamó por teléfono. Sus padres estarían fuera todo el día y me invitaba a comer en su casa. El mismo cocinaría. Cuando me presenté ante su puerta, John, efectivamente, me recibió con un delantal a la cintura y una espumadera en una mano. Estaba ya preparando la comida. Charlamos animadamente y, cuando la comida estuvo lista, nos sentamos a comer.

A los postres, John se las arregló para sacar el tema de la homosexualidad, del que yo por entonces no sabía gran cosa. Mientras hablaba, me miraba con arrobo. Cuando finalmente me dijo que él era homosexual, comprendí. John no era un hombre promiscuo. Probablemente se había enamorado de mí, y abrigaba esperanzas de ser correspondido. Pero no pudo ser. Respondí que, lamentándolo mucho, yo no era homosexual, y seguimos tan amigos. Nadie juzgó a nadie, y él siguió visitándome y llamándome para salir exactamente igual que antes. John era un gran tipo, y todavía guardo un recuerdo muy afectuoso hacia él.

Tiempo después, ya de regreso en España, se empezó a hablar en público de la realidad homosexual. Nunca he entendido que haya personas que desprecien a los homosexuales, del mismo modo que nunca he entendido cómo a alguien le pueden repugnar los negros por el hecho de serlo. El cerebro humano es complejo pero, aun así, una cosa es la repugnancia personal y otra el rechazo social. Yo acogí con entusiasmo aquellas primeras reivindicaciones, hasta el punto de que en mi primer trabajo tardaron algún tiempo en darse cuenta de que yo no era homosexual.

Antes de continuar, tengo que decir que en ninguno de mis múltiples trabajos en distintos países he tenido conocimiento de que alguien fuera discriminado por ser homosexual, negro, judío o imbécil, aunque a veces me he preguntado por qué los imbéciles representan un porcentaje tan alto del contingente laboral. Tal vez es simplemente un reflejo de la propia sociedad.

Pero llegó 1989 y cayó la Unión Soviética. En pocos meses, la izquierda mundial quedó desarbolada y huérfana. A la vista de los aires de libertad que empezaron a correr por tantos países hasta entonces sojuzgados, uno pensaba que el modelo socialista había quedado -¡por fin!- definitivamente desacreditado. Pero parece haber una ley genética inexorable que dicta que la maldad nunca desaparezca de las interacciones humanas.

Desde luego, lo que habían quedado desacreditadas eran las consignas del obrero explotado por el capitalista explotador. En Europa la clase media vivía bien -espléndidamente, en comparación con los países más pobres-, y el primero de mayo se había convertido simplemente en un día de excursión. El socialismo, tal como lo habían idealizado quienes no lo conocían, era ya imposible. Pero las ansias totalitarias del ser humano son una hidra, y por cada cabeza que le cortan le crecen dos.

En contra de lo que muchos piensan, las revoluciones no tienen nada que ver con la justicia, sino con el poder. La justicia social es sólo una de las muchas coartadas de quienes, en el fondo, lo único que pretenden es mangonear sin límites. Es el viejo arquetipo freudiano de matar al padre. Por eso, a partir de los años 90, el énfasis de las reivindicaciones se fue desplazando poco a poco hacia grupos que hasta entonces habían sido marginales. Así surgió el movimiento 'gay', que los políticos de izquierda decidieron adoptar como aliado para no desaparecer de la escena política. El precio a pagar fue una ideología que, a medida que se consolidaba en el poder, se fue radicalizando hasta llegar a extremos delirantes. Y alarmantes.

Ahora ya no basta con reconocer la obviedad de que hay personas homosexuales. Además, hay que desdibujar las diferencias entre hombres y mujeres, poner en duda la familia tradicional (que es la que nos permite sobrevivir como especie) y otorgar a los homosexuales el 'derecho' a adoptar un niño (pero no a los niños el derecho a tener un padre y una madre, como en el resto del reino animal). Si yo aseguro ser un millonario en el cuerpo de un pobre, lo más que voy a conseguir es que se rían de mí, pero si declaro ser una mujer en un cuerpo de hombre la sanidad estatal tiene la obligación de dispensarme un costoso tratamiento con cargo, en parte, al bolsillo de los millonarios injustamente clasificados como pobres.

Pero cuando los fascismos llegan realmente a su apogeo es cuando involucran a los niños. La idea de que unos individuos puedan entrar a una clase infantil a predicar tales ideas y sembrar la confusión entre unos niños indefensos cuya mente está aún en proceso de formación me produce náuseas.

A John lo perdí de vista hace muchos años, pero todavía tengo una buena amiga que es lesbiana. Sigo sin tener nada contra las personas homosexuales, gordas, hermafroditas o calvas, pero el movimiento LGTBIJKXYZ me produce repugnancia. No le doy muchos años de vida. Justo el tiempo que tarde nuestra civilización en terminar como tantas otras civilizaciones que pasaron a los libros de historia.

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jueves, 21 de septiembre de 2017

Hablamos español

Hace ya muchos años que muchos ciudadanos, como yo, salíamos a la calle en masa gritando "¡Libertad! ¡Libertad! ..." Hoy, medio siglo después, somos también muchos los que deseamos salir a manifestarnos por la libertad que estamos perdiendo. Como dijo Edmund Burke, "el precio de la libertad es la vigilancia permanente". En España hace tiempo que dejamos de pagar ese precio, pensando quizá que la libertad era un regalo. Antes de que sea demasiado tarde, tenemos que comprender que en la vida nada es gratis.

El idioma español no es sólo lo que hablan los niños a escondidas en los recreos de los colegios de Cataluña. El idioma español es también Cervantes, La Celestina, Cien años de soledad, Góngora, Pérez Galdós, Quevedo, los Naufragios de Cabeza de Vaca, Garcilaso, Baroja, Los Panchos, Pablo Neruda, Valle-Inclán, Berlanga, Juan de la Cruz, Borges, Luis Buñuel, La verbena de la Paloma, Vicente Aleixandre, Emilia Pardo Bazán, Vargas Llosa, La Coruña, Calderón de la Barca, Fernando Arrabal, Platero y yo, Gerona, La regenta, Makoki, Caro Baroja, Tip y Coll, Lérida, Miguel Delibes, Alfanhuí, Faemino y Cansado, Antonio Mairena, Alejo Carpentier, Juan Marsé, Carlos Gardel, Unamuno, Menéndez Pidal, Juan Valera, Gerardo Diego, García Lorca, Orense, María Moliner, Juan Manuel Serrat, Camilo José Cela, Jorge Manrique, Albert Boadella, el Lazarillo de Tormes, el Agujetas, Tirso de Molina.

Fue la lengua que hablaron Ramón y Cajal, Torres Quevedo, Simón Bolívar, Salvador Dalí, Velázquez, Goya, Albéniz, Falla, Diego de Ortiz, Severo Ochoa, El Cid, Cristóbal Colón, Pancho Villa, y quienes construyeron las catedrales de Burgos, León o Santiago de Compostela. En español se han cantado durante siglos jotas, nanas, bulerías, tangos, fandangos, soleares y habaneras. En español hablaron todos mis antepasados desde hace por lo menos cinco siglos, y en español se transmitieron las recetas del cocido, el gazpacho, la tortilla de patatas, las migas, la morcilla, las torrijas. En español se ha comerciado, se ha amado, se ha maldecido, se ha llorado.

Nuestra cultura, la cultura de los que hablamos español, no es ninguna minucia. Es una cultura centenaria que compartimos muchos millones de personas a ambos lados de dos océanos --los océanos más grandes de nuestro planeta. No dejemos que erradiquen nuestra lengua ni nuestra cultura. Luchemos por nuestra propia identidad y, sobre todo, por nuestra libertad:

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domingo, 17 de septiembre de 2017

Guionistas

No sé quién sacó la moda de atribuir todo el mérito de las películas a sus realizadores, pero los guiones son mérito exclusivo de los guionistas, cuyos nombres rara vez alcanzan la fama. El director lo único que hace es seleccionar (o encargar) un guión y llevarlo a la pantalla con mayor o menor acierto. Un ejemplo típico fue Berlanga, a quien se atribuyen casi todos los lustres que en realidad eran de Rafael Azcona. Un antiejemplo fue Ed Wood, que escribía sus propios guiones y que está ampliamente considerado como el peor director y guionista de la historia del cine.

Un caso intermedio fue la película Casablanca, basada en una obra teatral previa, y en cuyo guión participaron varios guionistas al mismo tiempo. La Casablanca que todos conocemos hoy fue lo que fue por puro milagro. Se rodó en 10 semanas, totalmente improvisada, batallando con la censura, y prácticamente toda en estudios. La línea final ("Louis, I think this is the beginning of a beautiful friendship") fue escrita después de terminar el rodaje, y hubo que llamar a Bogart un mes después para que acudiera a leerla. Durante todo el rodaje, Ingrid Bergman ni siquiera sabía a cuál de los dos hombres amaba realmente su personaje. Y, debido a la diferencia de altura entre ella y Bogart, que era 5 cm más bajo, Curtiz pidió a éste que para las escenas románticas se apoyara sobre unos ladrillos y, en el sofá, sobre unos cojines.

El tema más famoso de la película, "As time goes by", estaba ya escrito, y pertenecía a la obra teatral original. Max Steiner, a quien se encargó oficialmente la música de la película, quería escribir su propia banda sonora, pero Ingrid Bergman ya se había cortado el cabello para su siguiente película y no pudo rodar de nuevo las escenas ya filmadas. Precisamente aquellas que hicieron de la película un mito.

Y lo más divertido de todo: la escena final del aeropuerto fue filmada con un avión de cartón. Para que el avión pareciera más convincente, se esparció niebla artificial por todo el estudio, y se usaron extras enanos para dar mayor perspectiva a la imagen.

Los intelectuales, siguiendo su costumbre, han visto en aqulla película lo que han querido. El insoportable Umberto Eco escribió que "se mire como se mire, Casablanca es una película muy mediocre." Le atribuía "escasa credibilidad psicológica, y poca continuidad de sus efectos dramáticos". Casualmente, eso es lo que yo habría dicho de El nombre de la rosa, o de El péndulo de Foucault. Para mí, en cambio, esa magia de guiñol bien hecho es, precisamente, la verdadera magia del cine.

Porque, para el verdadero creador, la escasez de medios es a menudo el mejor acicate. El cine en blanco y negro, los dibujos animados planos, el blues primigenio o las representaciones teatrales espartanas tienen un potencial expresivo que pocos creadores contemporáneos alcanzan. El exceso de medios nos ha abocado a un barroco vertiginoso en el que las ideas, recicladas una y otra vez, sólo sorprenden a las nuevas generaciones, que no han conocido los clásicos. Un ejemplo sobresaliente es la película Matrix, en la que yo no encontré ni una sola idea original y que, sin embargo, para muchos jóvenes es ya todo un mito.

Siempre que menciono este tema me acuerdo de la iglesia de Santa Maria Novella, en Florencia. Hace algunos años me alojé en un hotel cercano, desde cuya ventana se podía ver entera la fachada de aquella iglesia. Es una fachada de aspecto modesto, cuyo contorno superior es simplemente una línea curva sin pretensiones. Pero las proporciones de aquella curva sugieren todo un universo de armonías geométricas. Para mí, aquel contorno es el ejemplo supremo del arte: expresar mucho con pocos medios.

Por eso me gusta particularmente el lenguaje de los guiones de cine. Pero mis escasas incursiones en el género han sido frustrantes. El guionista es tratado, por lo general, como una especie de palanganero del director y, a menudo también, del productor e incluso de los actores. He visto películas abominables basadas en guiones magistrales, y uno está tentado de pensar que el cine actual mejoraría mucho si los guionistas pudieran producir sus propias películas. Pero los años del llamado 'cine de autor' produjeron algunas de las películas más soporíferas del séptimo arte, particularmente en Francia.

Aunque quizá lo malo de aquel cine no fue la autoría, sino la ideología de sus autores. Esperemos, pues, que algún día un nuevo cine independiente consiga sorprendernos y emocionarnos como a muchos nos emocionan todavía aquellas maravillosas escenas improvisadas de Casablanca.


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domingo, 27 de agosto de 2017

¿Sano o malsano?

Recuerdo vagamente que, allá por los años 70, algunas publicaciones empezaron a 'informar' de estudios científicos que indicaban que el aceite de oliva era nefasto para la salud. Eran los tiempos en que el mundo se encaminaba todavía hacia una glaciación, y sólo diez años antes muchos médicos habían instalado en sus consultas aparatos de rayos X para atisbar mejor las interioridades de los pacientes. A mí me metieron varias veces en uno de aquellos aparatos, durante periodos de tiempo que hoy estarían considerados alarmantes.

Un día, mi médico de cabecera se puso un peto de protección para examinarme por rayos X, y algún tiempo después el aparato había desaparecido de la consulta. Aquel médico no vivió muchos años, y apostaría a que no fue el único de los que se fiaron de los 'avances' de la medicina.

Cuando yo era niño, las moscas y los mosquitos los combatíamos con DDT. Mi madre rociaba la habitación usando un pulverizador que había que accionar empujando un émbolo en su parte trasera, y las moscas caían.. como moscas. Todos los objetos de la habitación quedaban impregnados de DDT, y el depósito del insecticida, que había que rellenar de cuando en cuando, solía rezumar DDT, que iba a parar a nuestras manos, sin que nadie corriera inmediatamente a lavárselas con celo de cirujano.

De hecho, algún que otro barman de Estados Unidos añadía DDT a ciertos cócteles para darles un toque exótico. Nunca tuve noticia de intoxicaciones por DDT, y en muchos países de Africa y Asia aquel insecticida había conseguido erradicar o reducir radicalmente el paludismo.

Hasta que, un día, los primeros ecologistas descubrieron inesperadamente DDT en la grasa de no sé qué focas del Polo Norte. Las focas se encontraban estupendamente, pero se consideró que el hallazgo era deletéreo para la especie humana, y la Organización Mundial de la Salud recomendó enérgicamente (es decir, metiendo mucho miedo) dejar de usar el DDT. En pocos años, el paludismo recuperó el terreno perdido, y gracias a la OMS muchos millones de seres humanos han muerto desde entonces por falta de DDT.

A medida que las Universidades se han ido burocratizando y convirtiendo a sus investigadores en simples paniaguados, el fenómeno de la ciencia de pacotilla ha ido en aumento. El científico paniaguado está obligado a publicar cuantos más artículos mejor, y a menudo tiene que estrujarse las meninges para encontrar un tema que revista al menos la apariencia de avance científico. Un truco habitual para dar a los artículos apariencia científica consiste en buscarles un título pomposo, trufado de palabras abstrusas que en realidad designan conceptos absolutamente banales. Otro truco también muy usado son los estudios estadísticos.

Para entender mejor este último truco, consideremos un ejemplo imaginario: De una muestra de 500 sujetos que viajan diariamente en autobús, un 57 por ciento declara estar más satisfecho de su vida sexual en una escala de 1 a 10. Conclusión: viajar en autobús podría estimular el deseo sexual. El estudio, realizado en el marco de una universidad prestigiosa, es publicado por una prestigiosa publicación científica, y gracias a ello el investigador paniaguado está ya un poquito más cerca de su ascenso en el escalafón.

Pero la historia no se acaba ahí. Los periodistas, ávidos de historias sensacionalistas, encuentran el artículo rastreando la Web y se apresuran a publicarlo, convenientemente 'adaptado' para despertar el interés de los lectores. Seguidamente, los lectores relatan a su manera la historia en su página de facebook, y el proceso se reproduce en las redes sociales. En poco tiempo, lo que había empezado siendo una investigación estúpida se acaba convirtiendo en un artículo de fe para millones de imbéciles sin la menor cultura ni -lo que es peor- el menor espíritu crítico.

Un momento. Tampoco aquí acaba la historia, porque las compañías de transporte por autobús y los fabricantes de autobuses acaban de descubrir un argumento excelente para hacerse publicidad. Es más, no contentos con proclamar los resultados de la investigación, deciden crear una fundación que estudie los efectos del viaje en autobús sobre la libido humana. Como ya se imaginará usted, los investigadores de esa fundación difícilmente llegarán a la conclusión 'científica' de que el autobús favorece la frigidez. Les va en ello el pan de sus hijos. En todos los estudios estadísticos hay muchos parámetros que combinar de modo que el resultado final sea el que uno espera.

Lo que acabo de describir es más o menos lo que sucede con el cambio climático, el colesterol, la ingesta de grandes cantidades de agua, el aceite de oliva, los edulcorantes, los productos 'ecológicos', la leche entera, los alimentos 'enriquecidos', y un enorme etcétera que todos los días aumenta exponencialmente.

El arroz integral es muy bueno para el intestino, pero contiene arsénicos. Las proteínas son indispensables para los músculos, pero su supresión en la dieta alarga la vida. El chocolate alivia la depresión, pero engorda. Los quesos son malos para la circulación, pero el país europeo con mayor esperanza de vida es Francia. Y, en términos mundiales, la población del planeta con mayor esperanza de vida ni siquiera prueba el aceite de oliva. Hace años, los huevos aumentaban la concentración de colesterol en la sangre. Hoy, son inocuos. Según unos autores, el fluoruro en el agua es bueno; según otros, es malo. Investigue usted un poco en Google Scholar, y podrá alargar esta lista hasta que se le acaben los alimentos.

Como muestra de todo esto, he reunido unos cuantos datos sobre algunos de los mitos actuales más extendidos. Siga usted leyendo.

El agua

Tan inocua en apariencia, tan saludable según las embotelladoras (y sus acólitos de la universidad y de la prensa), resulta que el consumo abundante de agua se ha llevado ya por delante ya a más de un infeliz creyente. Según el estudio 'científico' que uno escoja, beber mucha agua:

- Adelgaza y mejora la concentración mental
- No sirve para adelgazar y disminuye la concentración mental
- Sanea los riñones
- Perjudica los riñones forzando las funciones de los glomérulos renales
- Contiene sustancias esterilizantes dañinas para la salud
- Puede causar hiponatremia (dilución del sodio en la sangre): vómitos, desorientación y jaquecas
(El actor Anthony Andrews murió en 2003 por beber agua en grandes cantidades)
- Aumenta el volumen de la sangre, sometiendo al corazón a un esfuerzo innecesario
- Diluye los electrolitos en sangre, causando inflamación celular y trastornos estomacales
- En particular, puede causar la inflamación del cerebro, con graves consecuencias
- Altera también la concentración de potasio en la sangre, que es causa de inflamaciones y dolores

Los huevos

- Comer un huevo al día no altera la concentración de colesterol en la sangre
- La yema de huevo contiene una plétora de nutrientes, desde vitaminas hasta yodo, calcio y hierro
- Comer huevos favorece la actividad cerebral
- El selenio que contienen los huevos es beneficioso para la glándula tiroides
- Fortalecen el cabello y son buenos para la vista
- Ayudan a prevenir el cáncer de mama, y posiblemente la enfermedad de Alzheimer
- Fortalecen los huesos y el sistema inmunitario

Los aceites y grasas

- Las grasas saturadas podrían ser buenas para la salud
- La mantequilla protege el estómago
- Los triglicéridos del aceite de coco son buenos para quemar grasas
- Dos cucharadas de aceite de oliva contienen más del triple de grasas saturadas que 80 g de pechuga de pollo
- Según un estudio efectuado en Creta, los enfermos del corazón estudiados ingerían mucho más aceite de oliva que los de corazón sano
- Según un estudio basado en 90 000 enfermeras, el consumo de aceite de oliva apenas mejoró la salud de sus consumidoras
- Según dos estudios diferentes, el consumo de aceite de oliva constriñe notablemente las arterias
- Una ración de lechuga contiene tantos polifenoles como una de aceite de oliva virgen, y no engorda
- Los habitantes de Okinawa, que poseen el corazón más sano del mundo, tienen unos niveles de colesterol 'bueno' lamentables

Supongo que no es necesario seguir. ¿Le ha parecido interesante? Pues saque usted mismo sus conclusiones. Y, por favor, cultive su sentido crítico. La dignidad humana consiste, en parte, en no dejarse engañar.


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domingo, 20 de agosto de 2017

Borricofobia

No, no tengo nada contra los borricos, aunque sí contra los que se comportan como ellos. A saber: deteniéndose de repente en mitad del camino y empecinándose en no mover una pezuña por muchos improperios que uno profiera y por muchos correazos que uno --metafóricamente-- les arree. No es un prejuicio. Es que si los borricos se empeñan, por ejemplo, en cerrarme el paso cuando es evidente que se nos acerca un huracán, pues el disgusto será malo, pero peor será el huracán.

Según el DRAE, el sufijo '-fobia' significa 'aversión' o 'rechazo', lo cual en teoría me permitiría acuñar no sólo términos muy personales, como 'gazpachofobia', 'facebookfobia', 'caninofobia', 'burocratofobia' o 'twitterfobia', sino muchísimos más que son simplemente de sentido común, como 'seismofobia', 'ladronfobia', 'rayofobia', 'chichonfobia', 'estafofobia', 'naufragiofobia', 'infartofobia' y un largo etcétera, incluido por supuesto el título de esta digresión.

En resumen, tenemos aversión o rechazo a todo lo que nos disgusta o amenaza directamente. Un terremoto en la Conchinchina, sí, nos puede mover a compasión, pero en el fondo --seamos sinceros-- nos trae bastante sin cuidado. Aun así, ha habido en la historia episodios tan horripilantes que uno no puede permanecer indiferente aunque los considere irrepetibles (quizá porque un sexto sentido nos dice que no lo son). Dos de los más conocidos son el nazismo y el comunismo.

Como hablar de 'comunistofobia' puede ser --por desgracia-- controvertido, centrémonos en la que es probablemente la más universal de todas las fobias, que podríamos bautizar desde ahora mismo como 'nazifobia'. (De nada, DRAE).

No hace falta ser judío para ser nazífobo. Basta con ponerse en el pellejo --nunca mejor dicho-- de los ocupantes de los barracones de Auschwitz. Desde luego, los militares alemanes eran realmente malvados, y prueba de ello es que, en las películas, nos alegramos muchísimo cuando mueren. Rara vez se nos ocurre pensar que, del sargento para abajo, muchos de aquellos soldados estaban allí contra su voluntad. Por simple cálculo de probabilidades, es prácticamente seguro que en la segunda guerra mundial más de un americano del Ku-Klux-Klan causó la muerte de más de un alemán demócrata y bondadoso. Pero cuando a uno le declaran la guerra no se puede andar con pamplinas. Salvar el pellejo es prioritario.

Sin embargo, parece evidente que aquí falla algo. Analicemos bien el signifcado de las palabras que usamos. ¿Desear la muerte de aquel bondadoso alemán es nazifobia? Una cosa es que aquel pobre hombre formara parte del ejército nazi, y otra muy distinta es que él mismo lo fuera. De modo que haríamos bien en distinguir las dos cosas. Yo tengo aversión a las ideas nazis. Y, si alguien me las trata de imponer, lo que tengo que hacer es defenderme. Aun sabiendo que podría estar aliándome a un cerdo supremacista blanco para liquidar a un infortunado pacifista angelical.

Tamaños horrores son imposibles de evitar cuando la guerra ha sido declarada. Precisamente por eso nos conviene tener las ideas muy claras. La nazifobia --al igual que otras fobias que está mal visto mencionar-- es esencial para nuestra supervivencia. Implica combatir --y, a ser posible, erradicar-- las ideas que nos amenazan, que es la manera más civilizada de evitar una guerra. Si, por un error conceptual, nos avergonzamos de nuestra nazifobia y la convertimos en un tabú, podríamos terminar paralizados ante el enemigo.

Efectivamente: como los borricos.

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miércoles, 2 de agosto de 2017

La caja fuerte

Después de treinta y cinco años de oficio la burocracia no tenía secretos para él. Había trabajado en todos los negociados de todos los ministerios, había acumulado pluses, prebendas, trienios y menciones honoríficas, y era capaz de leer -¡y hasta de entender!- la letra pequeña de todas las cláusulas contractuales. Había participado en intrigas de cafetería y en linchamientos verbales bajo la luz mortecina de los despachos, y había concebido y puesto en práctica sofisticadas maniobras para ascender por el escalafón a costa de los más débiles. Y, lo más meritorio de todo, había salido indemne.

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domingo, 25 de junio de 2017

Una crítica desinteresada

ACTO PRIMERO

"¿Le puedo tomar nota ya, caballero?"

"Sí, muchas gracias... De entrada, creo que tomaré una rillette de caviar iraní gelificada con humo líquido y emulsión de trufas salvajes"

"Por supuesto, señor. ¿Lo aderezamos con aceite balsámico de Rajastán, o prefiere polvo helado de rabanitos Caducifolius?"

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viernes, 16 de junio de 2017

Contrastes

Prohibido fumar, decir palabrotas y hablar con el conductor

Hace algunos meses tuve ocasión de conversar con el hijo de unos amigos sobre ciertos aspectos de la vida moderna. El no entendía mi aversión a los viajes en avión, y le tuve que explicar que hubo un tiempo en que, a diferencia de ahora, los aeropuertos no se parecían en nada a un campo de concentración. No había aglomeraciones, ni controles, ni cámaras. Uno, simplemente, se iba caminando desde el mostrador de facturacion hasta la puerta de embarque y, al rato, en un asiento espacioso de un avión le servían una comida generosa con cubiertos de metal y una botellita de vino. En clase turista. Y se podía fumar. Sí, en el avión.

Viendo la expresión de sorpresa de aquel muchacho, por un instante tuve la sensación de estar contando un cuento de hadas.

"Pero ahora los controles son necesarios", replicó él. "Si no los hubiera ..."

Efectivamente, ahora los controles son necesarios. Pero digamos con todas las letras lo que eso significa: no sólo hemos perdido calidad de vida. Hemos perdido libertad. Y mucha. ¡Bien por el progreso!

Rebelión en la granja (pero sin huevos)

Aquella conversación me recordó otra que mantuve hace algunos años con un sobrino. El veía con simpatía la gestación de un 'nuevo' partido político de ideas más rancias que Carracuca. Mi sobrino no tenía ni idea de que aquel ideario politico ya había sido ensayado en muchos paises, con un saldo aproximado de cien millones de muertos y muchos más millones de horas de colas, penuria, escasez, hambre, torturas y control despiadado del individuo por el Estado.

En algún momento, inevitablemente, la conversación derivó hacia los años del franquismo. Su idea de aquel periodo histórico era más o menos la que predica machaconamente la propaganda bienpensante. A saber: Franco fue un psicópata sanguinario que se dedicó a empobrecer y hacer todo el daño que pudo a los españoles durante cuarenta años, y la represión del franquismo fue...

Lo interrumpí. "¿Sabes una cosa? Yo estuve en Praga en 1971", dije. "Y allí el control del Estado sobre las personas era tan monstruoso que entré en estado paranoico. Literalmente. Llegué a creer que nunca me dejarían salir. Aquello no era un país; era una cárcel gigantesca, y cuando regresé a la España de Franco me sentí libre, ¡libre!, como un pajarillo silvestre".

Así fue. En mi país no me sentía vigilado. A nadie le importaba cuánto dinero gastaba, qué compraba, cuánta gasolina consumía o dónde pasaba cada noche. Podía comprar infinidad de libros inencontrables en la Checoslovaquia socialista y, excepto los estancos, ninguna tienda estaba controlada por el Estado. Además, en comparación, las tiendas españolas estaban abarrotadas de productos, en cantidad y en variedad. Mi sobrino me miraba con cara de incredulidad.

No te vayas, rianxeira, que te vas a marear

"¿Y la represión?", leí en su mirada. "El régimen de Franco no tuvo oposición democrática", le expliqué. "La represión recaía sobre los grupos de extrema izquierda, que pretendían derrocar aquel régimen para sustituirlo por una democracia 'popular'. Es decir: Checoslovaquia. El horror".

Y era cierto. En aquellos años -igual que ahora-, había que ser un ignorante imperdonable o tener realmente muy mala entraña para ser maoísta, leninista, trotskista o prosoviético. Pero si uno defendía ideas democráticas, la represión que padecía era entre benévola y nula. Peor lo tenemos hoy los que no creemos en el calentamiento global.

En mi experiencia personal, la única represión que viví con rabia y desesperanza durante el franquismo fue la que ejercía la iglesia católica. En nuestros días, la obsesión por el colesterol y el cambio climático es un auténtico tostón, pero en aquellos tiempos la obsesión por la castidad femenina era, para un adolescente como yo, sencillamente insufrible.

Sin embargo, la iglesia católica ha sentido siempre una atracción satánica por las fuerzas del Mal, y con el Concilio Vaticano II se pasó de la Inquisición al marxismo-leninismo sin emitir un suspiro. Aquel cambio de chaqueta espectacular puso en marcha la inexorable ley del péndulo, hasta el punto de que hoy en día está ya mal visto no ser hermafrodita, o tener ideas propias, o criar hijos en lugar de perros. Y, por supuesto, añorar la libertad de hace medio siglo.

Debajo de los adoquines está la playa

Una libertad que, idependientemente del país o del régimen político, era mucha. Eran los tiempos en que uno sólo tenía obligación de enseñar el DNI a la policía, y nunca a la cajera del supermercado o a la secretaria del dentista. Tampoco había cámaras de vigilancia por ninguna parte, y la delincuencia era mucho menor que ahora. Uno podía entrar a cualquier edificio oficial sin pasar por ningún control de metales, y había libertad para ponerse o no el casco en las motos o el cinturón de seguridad.

Como había muchos menos funcionarios y muchos menos políticos, tampoco había que pagar impuestos. En los autobuses, ninguna autoridad tenía que reservar asientos para los ancianos, porque los propios pasajeros les cedían el suyo. Y cuando uno quería apearse en la próxima pedía amablemente pasar en lugar de emprenderla a empujones como los gorilas.

En aquellos tiempos todos sabían redactar, y escribían con pocas o ninguna falta de ortografía. Todos sabíamos por dónde pasaba el Ebro y dónde estaba Albacete. En las cartas nadie escribía jajajaja, y en los telegramas uno ponía lo estrictamente necesario. Quienes aprobaban unas oposiciones podían pedir plaza en cualquier rincón del país sin necesidad de aprender ninguna lengua local. El tomate sabía a tomate, los huevos sabían a huevo y el pan sabía a pan. Todas las noches regaban las aceras, y sólo los locos hablaban solos por la calle.

Además, los parques eran sólo para pasear y disfrutar apaciblemente del aire libre. Las playas eran playas, y no calles, como ahora. La Tierra no se estaba calentando, sino que se encaminaba a una glaciación, pero a nadie le importaba un comino. Como no había videojuegos y apenas había televisión, la gente tenía ingenio y mucho sentido del humor. Y, como todos teníamos ideas propias, no teníamos necesidad de tatuarnos para distinguirnos unos de otros.

En el balneario de Parménides

Las argollas en la nariz, en los pezones o en el clítoris eran sólo cosa de los aborígenes de selvas remotas. Los jóvenes sabían bailar, y nadie tenía necesidad de acarrear botellas de agua por la calle, y mucho menos de agua mineral. Los escritores sabían redactar y no escribían lo primero que les pasaba por la cabeza, como ahora. Los juguetes eran escasos, y la imaginación, por consiguiente, desbordante. Las películas en blanco y negro eran en blanco y negro, y no coloreadas.

Pese a todo, hay cosas que no han cambiado. Antes todos los informativos contaban las mismas patrañas. Ahora, también. Antes se podía votar entre dos o tres opciones prácticamente indistinguibles. Ahora, también. Antes, la moral la dictaban los paniaguados del clero. Ahora, los paniaguados de la política. Antes había que respetar una religión que menospreciaba a las mujeres. Ahora, también. Antes había caciques. Ahora hay comunidades autónomas.

Es cierto, también hemos progresado. Hoy en día todos los automóviles tienen aire acondicionado. Hay aspiradoras que funcionan solas, y dentro de poco los frigoríficos encargarán el salchichón en bable a la tienda de ultramarinos. Todas esas maravillas nos liberan, y con su libertad cada uno hace lo que le viene en gana, pero para mí el progreso no es un fin en sí mismo, sino simplemente un medio. Un medio para desarrollar al máximo nuestro potencial como personas. Para ser más creativos, más autónomos, más generosos. Ese es el baremo con el que deberíamos medir los cambios históricos, porque es el criterio que mide ni más ni menos que la dignidad humana.


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sábado, 10 de junio de 2017

Horteras

Oí por primera vez la palabra 'hortera' allá por los años 70. Es sorprendente la capacidad del ser humano para captar instantáneamente, a veces ante un solo ejemplo de la vida real, el significado de una palabra. En aquellos años de patillas de hacha, jersey exageradamente corto y transistor debajo del brazo, no era difícil reconocer un cierto tipo de personaje callejero que se distinguía del resto, no tanto en la forma de las patillas o en la longitud de la melena, sino más bien en la falta de estilo.

No he dicho esto en sentido despectivo. Muchos de los horteras de aquella época me caían bien, y algunos fueron incluso buenos amigos míos. Pero, del mismo modo que un actor malo no nos conseguirá convencer interpretando a Shakespeare, un hortera nunca nos convencerá de que el buen gusto es una de sus virtudes. Naturalmente, parto de la base de que las tragedias de Shakespeare son dramas más sutiles que las telenovelas. Si usted cree lo contrario, entonces este no es su blog, y yo en su lugar no perdería más el tiempo leyéndolo.

Algunos años después llegó a mis oídos la palabra 'kitsch', más o menos indirectamente importada del alemán. Pero no es lo mismo. El kitsch es de interiores. El hortera, no. El hortera se lanza a la calle sin pudor ni afectación, simplemente convencido de que, con arreglo a un criterio indefiniblemente esotérico, va a la moda.

Como todo en la vida, hubo y hay horteras entrañables y horteras abominables. Y también horteras controvertidos. En nuestro tiempo, el presidente Trump es uno de los más polémicos, pero ser hortera no tiene nada que ver con ser bueno o malo, excepto quizá en las reminiscencias. Los penitentes de la Semana Santa serán tétricos, si usted se empeña, pero los miembros del Ku-Klux-Klan son unos horteras. El sombrero floreado de ciertas damas inglesas puede ser simplemente el atuendo de boda de una madre bondadosa, pero los fascistas de camisa negra eran unos canallas.

En los años 60 y 70, los horteras eran más bien inofensivos. Amaban el rock and roll, la ganja, las canciones italianas o el intercambio de parejas. El hortera moderno, con sus tatuajes de borrachera tabernaria y sus piercings de tribu africana en pie de guerra, parece anunciar un Armagedón no tan inverosímil como muchos piensan. Cada época tiene su impronta.

Como todas las demás modas, la moda hortera ha conocido los extremos del péndulo en más de una ocasión. Compárese, si no, la voluminosa permanent de las chachas de los 60, o las melenas a imitación del siglo XVIII, con el cráneo rasurado de los jadeantes joggers que infestan hoy los parques públicos, antaño parajes de apacible deleite y contemplación. O las faldas floreadas de las hippies, reminiscentes de la mesa camilla, con las más intrépidas minifaldas o los tangas de cordoncillo, que dejan al varón paseante sin aire en los pulmones y sin apenas margen para la imaginación.

Algunos estereotipos de hortera son específicamente de ámbito nacional. Por ejemplo, los gordos desbordantes o los émulos de Buffalo Bill o de Elvis Presley, en Estados Unidos. Pero también algunos millonarios de países petroleros, con sus parachoques de oro y sus propinas de tres ceros en hoteles suizos. En España tenemos dos tipologías excepcionales: los tunos y los toreros, que más que horteras se sitúan ya en la frontera con lo extraterrestre.

Lo hortera no entiende de clases sociales. Hay horteras adinerados, como los nacionalistas catalanes de gafapasta, las aristócratas con implantes de silicona o los intelectuales de perilla verde y corbata imposible, y horteras lumpen, como el macarra de pechera abierta y camisa de colores, el cachas bien dotado en camiseta sin mangas, o la discotequera de zapatos con plataforma y vaquero desgarrado marcando hucha.

Un cierto porcentaje de horteras, en realidad no lo son. Simplemente, compran la ropa más barata que encuentran en el bazar chino de la esquina, y les importa un pepino la impresión que puedan causar en el observador tiquismiquis.

Si uno se propone hablar de horteras, tarde o temprano deberá adentrarse en el terreno de la incorrección política, porque es imposible no mencionar a los esperpentos que abarrotan los desfiles del orgullo gay, a las feministas de ubres pintarrajeadas o a las góticas hijas de cierto expresidente español que, para bien o para mal, todos recuerdan todavía.

El hortera tradicional pretende ser elegante, pero el hortera moderno aspira a todo lo contrario. Puestos a escoger, entre los anillos despampanantes o los zapatos de charol blanco de los años 30 y los pantalones caídos de los hipsters o los cabellos en cresta de los punk yo no dudaría ni un instante.

También ha habido horteras geniales, no crean. Con sus abrigos extravagantes, sus bigotes en compás astrológico y su pronunciación amanerada, Salvador Dalí conquistó a ricos y pobres de medio mundo. Pero él se lo podía permitir, porque... sabía pintar. Justo al contrario que Picasso, que tuvo el honor de introducir el mal gusto en la historia de la pintura.

Aunque, si me preguntan, para mí el hortera más hortera de todos los horteras del universo es... Manolo el del bombo.

Sin discusión.


* Hortera:
1. Escudilla o cazuela de palo
2. En Madrid, apodo del mancebo de ciertas tiendas [farmacias]


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domingo, 4 de junio de 2017

Microcosmos

Sí. Ya sé que es el título de una composición de Béla Bartók, pero es la palabra que acudió a mi mente ayer, mientras escuchaba esta otra composición:


Los años pasan, pero las obras no siempre perviven. La fama universal no es necesaria. No es necesario recibir el nombre de una calle, o figurar en los libros de texto o en algún museo, renombrado o no. Pero a uno sí le gustaría que su obra perviviera, aunque fuese en un diminuto microcosmos integrado por personas que vienen e, inevitablemente, se van con el paso de los años. Familiares, amigos, admiradores, curiosos, aprendices. Un microcosmos con memoria que recuerde, inspire y -quizá también- emocione a futuras generaciones. Exactamente igual que fuera del microcosmos.

La dimensión verdadera del ser humano no es cósmica, sino microcósmica, y tal vez el mundo sería más habitable si en lugar de grandes palabras usáramos simplemente palabras cotidianas, y si en lugar de clamar por el orden y la justicia universal nos limitáramos a buscar la armonía con quienes nos rodean. La belleza o la justicia, la compasión, el amor o el orden social, todo es siempre más fácil a escala microcósmica. Goethe lo llamó "afinidades electivas". Las aspiraciones universales, y más en los tiempos que corren, llevan siempre en su seno la tentación del totalitarismo.

La jornada que viví ayer -concierto en familia, comida y música entre amigos- fue una modesta aportación a esa visión utópica de una armonía universal a escala humana. Una armonía desigual, desordenada y subversiva, en perpetuo reajuste y -quizá lo más importante de todo- con microhistorias colectivas. La armonía de las esferas: un mundo con capacidad para sorprender, compuesto de seres humanos y de microcosmos por descubrir.

[La grabación reproduce una composición de Vicente Gil, interpretada por miembros y amigos de la familia Gil Arráez el 3 de junio de 2017 en un pequeño escenario de un almacén de pianos, en la localidad de Griñón, cerca de Madrid]

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sábado, 27 de mayo de 2017

Sin respuesta

En los últimos años, el número de visitas y visitantes a este blog no ha hecho más que disminuir, probablemente acaparados por una revista del corazón llamada Facebook y un mercadillo de baratijas llamado Twitter. Gracias a ellos, el zen que se respira en este espacio es ahora impagable y, al ahorrarme la necesidad de pensar en mis lectores, me anima a publicar, simplemente, lo que me da la gana.

En mi ya dilatada búsqueda de interlocutores acerca de mis divagaciones, han sido muchos los que ni siquiera se han molestado en contestarme, o me han contestado con una arrogancia que delataba su paupérrimo nivel intelectual y humano. De todas las preguntas que he enviado en estos últimos lustros, hay cuatro cuya ausencia de respuesta me parece particularmente intrigante. Uno está tentado de pensar que no han respondido porque uno ha dado en el clavo, pero quién sabe. Tal vez mis interlocutores se murieron de repente, o tal vez mis preguntas eran dignas de un oligofrénico o de un principiante. Por si a alguno de mis inverosímiles lectores le interesa, aquí va mi botella arrojada al proceloso océano:

Carlos París, catedrático de topología – noviembre 2010

[Ciertas estructuras semánticas] están descritas en términos de denominabilidad: puedo representar una categoría sólo en la medida en que contiene rasgos que yo puedo denominar. Por ejemplo, un segmento sólo contiene tres rasgos que puedo denominar: el segmento propiamente dicho, y sus dos extremos. Si uno esos dos extremos para formar una circunferencia, sólo necesitaré un símbolo para denominarlos y, en el momento en que la circunferencia esté construida, el punto en que se han fundido los dos extremos no será ya un punto privilegiado de la circunferencia, y no tendré razones para denominarlo.

Esta manera de representar categorías parece reflejar muy bien el criterio utilizado en topología para clasificar las formas geométricas: podemos deformar cuanto queramos un toro, pero en el momento en que su circunferencia interior se funde en un punto nos encontraremos en la frontera entre un toro y una esfera. Sin embargo, hay formas que son conceptualmente diferentes aunque topológicamente idénticas: un triángulo, por ejemplo, es topológicamente idéntico a una circunferencia, pero no es denominable como circunferencia, ya que advertimos en él tres puntos privilegiados o vértices. Por lo demás, podemos deformarlo cuanto queramos sin que su estructura experimente un cambio cualitativo hasta el momento en que aparezca un vértice adicional, o hasta que uno de los vértices deje de formar un ángulo.

Los conceptos de conjunto cerrado y abierto describen satisfactoriamente el concepto de adyacencia pero, si rompemos una circunferencia, el objeto resultante será un conjunto abierto en un extremo (es decir, sin punto de acumulación), mientras que conceptualmente seguirá teniendo dos extremos privilegiados, tanto si son abiertos como si no.

Todo esto me intriga. Para el tratamiento de las categorías y de sus estructuras he desarrollado un formalismo de composición y descomposición simbólica que explica tanto la sintaxis como la semántica del lenguaje, pero me gustaría poder utilizar conceptos de la matemática ya existentes. De otro modo, los referees que lean mis artículos me seguirán considerando un freaky y seguirán rechazándolos, ya que utilizo un formalismo que no entienden. ¿Se te ocurre alguna sugerencia al respecto?

[Nunca me contestó]

**************

Ray Jackendoff, renombrado lingüista - febrero 2011

In the first chapter of your book Foundations of Language, the term "conditions" refers rather to *conventions* implicitly established by the users of languages. However, if the sentence (b) below is the agreed way to inquire about the object of the verb in (a):

(a) Beth ate bread
(b) What did Beth eat?

there is no reason for the second sentence below to be ungrammatical:

(1) Beth ate peanut butter and bread
(2) What did Beth eat peanut butter and for dinner?

except for the fact that it has never been used (before you), and is therefore a construction not expected by the receiver. Besides, (2) is the *only* way to ask about the word 'bread' in (1). A remedial construction such as:

Beth ate peanut butter and what?

follows the rule implied by

Beth ate what?

and not the rule used to consistently construct (b) and (2). An important thing to be aware of is the fact that languages are incomplete and conventional. Languages evolve, and not only morphologically. In Footnote 2 to Chapter 5 of his "Syntactic Structures", Chomsky wrote in 1975 "...many would question the grammaticalness of, e.g., 'John enjoyed and my friend liked the play'". Such constructions are nowadays generally accepted, as were passive English forms at some point in time, but not before the end of the eighteenth century. More complex constructions such as "he was given a book" were also for a long time inexistent and, therefore, deemed ungrammatical in the past.

The incompleteness of natural languages is an essential fact that may make appear as objective certain concepts about language that are actually subjective or merely conventional. Human languages are very effective compressors of information, which makes formal syntax relatively irrelevant, except as a tool to disambiguate and predicate by combining individual words and word groups. Expressions such as "place cheap eat" (as asked, for example, by a foreigner) are perfectly understandable English. They are still language, and they can be analysed in terms of information, but not so much as a grammatical production, whatever the grammar rules may be, given that such rules can be almost arbitrarily changed. That different approach of you may be the reason for your skepticism.

[Nunca me contestó]

*****************
Sándor Darányi, investigador en semántica distribucional - abril 2017

Expressing B as a particular case of A implies a relation between A and B. Or, if you do not like the wording, just define the relation that links A and B as the pair (A, B). In any case, such a relation can always be labelled with a symbol. In natural language, however, relations are expressed not only as words, but also in terms of order (e.g. blue ball) or as morphological features (e.g. via Romae). How does [the distributional semantics] model account for such denotational disparity?

Besides, the apparent differences between nouns, verbs, prepositions, etc., can be questioned at a semantic level. Is the word 'through' in 'a through person' a noun or a preposition? You may refer to A as being strong, but you can also refer to the strength of A, implying the same meaning. And how is the occurrence of a travel in the past different from the meaning of 'traveled'?

Does [the distributional semantics] model account for both the above polymorphy and the denotational disparity, or is it based on a formal proof that such features are implied in word clustering relations?

[respondió que no tenía respuestas a mis preguntas]

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Gert Korthof, biólogo molecular - mayo 2017

After a number of mutations, a species U with no stinger evolves into a species W. The species W has: (a) a stinger, (b) a very specific venom, and (c) an area A of its neural circuitry that can use the stinger in a very specific way, i.e. implementing a complex algorithm that involves external and internal sensory input, and spatial orientation. Both the chemical composition of the venom and the precision of the algorithm are vital, as otherwise the species W would most likely not survive. My question is: did there exist a number of intermediate *surviving* species having a rudimentary stinger, producing a poorly effective venom and implementing an inaccurate algorithm? Or are those features just the result of a single concurrent mutation that just happened to hit the target?

Because my second question is tantamount to the problem of the chimp randomly writing 'A tale of two cites', I am left to wonder how a (presumably very long) series of *unsuccessful* mutations could consistently lead to a successful one. Could this question be answered by decoding the DNA of the species W? Is it scientifically established that there is no epigenetics mechanism at a macroscopic level to explain such an unlikely transition? I don't know the answers to any of the above questions, but am sincerely intrigued about them.

[Hasta la fecha no ha contestado]

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(Sin duda, continuará).

domingo, 7 de mayo de 2017

La moral como meteorología

Erase una vez un libro sagrado que predicaba la bondad... y, al mismo tiempo, la maldad.

No sé si algún lector se habrá escandalizado al leer un comienzo como éste, pero no debería. Señalar las contradicciones de un libro sagrado no tiene mayor trascendencia que exclamar '¡abracadabra!', o que evocar aquella enigmática frase que traía de cabeza a los filósofos españoles en el siglo XVII: "¿Acaso una quimera zumbando en el vacío puede comer segundas intenciones?" Hasta qué punto un libro sagrado es congruente o incongruente, es irrelevante. Lo único que debería importarnos, en realidad, es hasta qué punto esas coherencias e incoherencias determinan nuestra realidad, nuestra felicidad y nuestra libertad.

Las religiones no son distintas ni de sus creyentes ni de sus descreídos. Son, simplemente, como ellos. La Grecia antigua tuvo la lucidez de entender esto, y construyó un complejo universo religioso cuyos dioses albergaban pasiones variopintas y, no pocas veces, contrapuestas: exactamente las mismas que sus creadores. Porque han sido los humanos quienes han creado a los dioses, y no a la inversa. Lo malo es que los dioses, siendo algo tan íntimo e intransferible como la ropa interior, no existen sólo en la mente de sus creyentes. Los dioses pueden llegar a cobrar realidad cuando son muchos los fieles que creen en ellos. Me explicaré.

A lo largo de la historia, centenares de millones de personas han leído el libro sagrado al que me estoy refiriendo. Sin embargo, si preguntamos a una de ellas al azar, con toda probabilidad nos hablará de palabras hermosas: amor, respeto, piedad, honradez. Difícilmente oiremos de ella que, en ese mismo libro sagrado, su Dios ordenaba dar muerte a quienes desobedecían sus mandamientos y, según las circunstancias, ordenaba a sus fieles perpetrar saqueos o violaciones, esclavizar a otros seres humanos o abusar de criaturas indefensas.

Según las circunstancias. Si algo es el alma humana, es una violenta tempestad de pasiones enfrentadas, disimuladas bajo una delgadísima pátina de civilidad. Ocultamos el alma del mismo modo que ocultamos la ropa interior, y para mostrarnos a los demás necesitamos una vestimenta. O, por lo menos, unos ritos. En una playa podemos exhibirnos con mucho menos pudor que si nos desnudáramos en mitad del autobús, pero no nos sentimos ni la mitad de incómodos, porque estamos cumpliendo un rito. Para adoptar una apariencia de orden, el alma humana necesita ritos. Ni siquiera importa que sean incoherentes si a nuestro alrededor los han adoptado también nuestros semejantes. Eso es la religión.

El libro sagrado al que me estoy refiriendo es la Biblia. Tanto el Antiguo como el Nuevo Testamento. El dios de los judíos y el dios de Jesucristo, si es que eran el mismo, ordenaron asesinar, violar, lapidar, sacrificar, saquear y sojuzgar a miles de seres humanos, y para constatarlo lo único que hay que hacer es leer a sus profetas. Simplemente eso: leerlos. Sin hacer la vista gorda cuando no nos conviene.

Pero no serviría de nada. Dios podría bajar mañana del cielo, liarse a botellazos en una casa de lenocinio y disparar borracho contra los demás clientes, y sus creyentes encontrarían siempre la forma de justificarlo. "Es una parábola", o "hay que interpretar los hechos en su contexto histórico", o "no era El, sino una visión engañosa inspirada por Satán". Cualquier explicación sería aceptable para quien desea creer. O tal vez sea más correcto decir "para quien necesita creer". Las pasiones son una meteorología demasiado compleja para afrontarlas sin prejuicios.

Lo malo es que, como seres humanos, esos prejuicios colectivos nos afectan a todos, incluso a quienes somos incapaces de refugiarnos bajo su paraguas. No nos engañemos: la realidad no es lo que usted o yo creamos o dejemos de creer, sino lo que la mayoría de nuestros congéneres entiende por realidad. Ha habido épocas de la historia en que la Tierra era plana, en que unas pobres mujeres sugestionables eran brujas malevolentes, o en que los médicos podían asistir a una parturienta sin lavarse las manos. No importaba lo que creyera una minoría de sensatos irrisorios: la realidad era esa. O, al menos, esa era la realidad que los afectaba a ellos. La que podía aislarlos social, profesional o sexualmente, privarlos de sustento o dar con sus huesos en la hoguera.

Conclusiones como esta son demoledoras. Por más esfuerzos que hagamos, la meteorología de las emociones es imposible de estructurar, y a lo largo de la vida los vaivenes de la realidad --de lo que las mayorías entienden por realidad-- son tan imprevisibles como las borrascas y anticiclones de la meteorología atmosférica. Lamento no poder ser más optimista, pero el único consejo moral que soy capaz de ofrecer a mis lectores desnortados es una vieja consigna, tan antigua como el mundo: sálvese quien pueda.

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jueves, 27 de abril de 2017

Bla bla bla

Uno había olvidado ya las históricas meteduras de pata del pobre presidente Carter. Uno después creyó que los balbuceos de George W. Bush terminarían siendo un caso aislado en la historia de la humanidad. En realidad, uno nunca entendió cómo era posible que existiera un solo ser humano capaz de votar a semejante cenutrio --salvo para evitar la catástrofe de que ganara Al Gore--. Pero después vino el gran Zapatero, el fantoche supremo, capaz de farfullar durante horas sin decir absolutamente nada, aunque seguido muy de cerca por el plúmbeo Obama, terapia pluscuamperfecta para las noches de insomnio.

De verdad, uno creía que estaba ya curado de espanto. Pero hete aquí que, casi de la nada, aparece repentinamente un brillante continuador de la saga, un nuevo genio de la estirpe de vendedores de crecepelo: Emmanuel Macron. Con sus aires trascendentes y su retórica embrollada, Macron, licenciado en filosofía, político de ocasión y ex paniaguado de la banca Rothschild, promete ser el deslumbrante Zapatero 2.0 de la vecina República Francesa. En el blog Acting Man acabo de leer un florilegio de declaraciones suyas dignas de figurar en el Guinness. Las reproduzco a continuación:

"La identidad es: 'A igual a A'. Existen como mínimo 'A's y 'B's. Yo no quería que A fuera igual a B"

"Usted no quiere vivir en una caja, ¿verdad? Yo, no. De modo que nuestra vida siempre sucede 'al mismo tiempo'. Es más compleja que aquello a lo que queremos reducirla"

"Siempre he aceptado la dimensión vertical, la trascendencia. Pero, al mismo tiempo, debe estar enteramente anclada en lo inmanente, en lo material"

"Yo, mi vida, mis recuerdos, están hechos de recuerdos infantiles de mi abuela y de aquel profesor de filosofía a quien nunca he visto... y sin embargo tengo la sensación de que conozco su cara"

"Lo que constituye el espíritu francés es una aspiración constante a lo universal. Es decir, esa tensión entre lo que ha sido y la parte de identidad... esa estricta mismidad, y la aspiración a un universal, que es como decir: lo que se nos escapa"

"Todos tenemos nuestras raíces. Y porque estamos profundamente enraizados, hay árboles junto a nosotros... hay ríos, hay peces... Hay hermanos y hermanas"

Es difícil evitar la impresión de que tanto Macron como sus antecesores en la retórica sonámbula son simplemente idiotas útiles, marionetas con boca de trapo. Marionetas de quién, probablemente nunca lo sabremos. Lo más a lo que podemos aspirar es lo que nos sugiere la vieja frase bíblica: "Por sus obras los conoceréis". En cualquier caso, estamos de enhorabuena: el tiempo se está deteniendo. Cada año que pasa se parece más que el anterior a 1984. ¿Por cuanto tiempo todavía? Nadie lo sabe. Habrá que preguntárselo a un tal Dorian Gray.

Chapeau, Monsieur Macron.

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lunes, 24 de abril de 2017

Palabras, palabras

'Semántica distribucional' es el pomposo nombre aplicado a un área de investigación que desde hace veinte años acapara prácticamente todas las publicaciones en el terreno de la lingüística. Para no haber conseguido nada en todo este tiempo, veinte años son muchos años, pero ello no impide que la teoría haya alcanzado unos niveles de complejidad desproporcionados. Y el proceso parece imparable.

No es difícil entender cómo se ha llegado a este punto. En los años 90, cuando Internet empezó a llegar a los usuarios no especializados, se hizo evidente que la futura Web no serviría de mucho sin una herramienta de búsqueda radicalmente nueva. Hasta entonces, Pepe podía llamar por teléfono a Lolita sólo si conseguía su número, o si conocía sus apellidos y consultaba el listín. En los casos dudosos la dirección de Lolita era una pista importante pero, a falta de un detective privado, Pepe no tenía manera de localizarla sabiendo sólo que era "aquella rubia alta que estudia biológicas y que el sábado pasado bebía daikiri en una discoteca de Ibiza".

La Web era cualitativamente distinta de la red telefónica. Muy pronto fue evidente que en pocos años se extendería por todo el planeta, y que ofrecería datos de cualquier tipo imaginable en todo tipo de formatos y soportes y en todos los idiomas conocidos. La pregunta inevitable era: ¿cómo estructurar tal avalancha de datos?

Antes de existir la Web, lo más parecido que conocíamos eran las bibliotecas. Para que los usuarios pudieran orientarse, el bibliotecario clasificaba los ejemplares en secciones o departamentos atendiendo a ciertos criterios, en ocasiones borrosos. ¿La Celestina es una obra de teatro o una novela? ¿Encajarán bien Corín Tellado y Finnegans Wake en una misma estantería? ¿Los ejemplares de autoayuda son libros de psicología o de humor? ¿Deberíamos poner juntos Das Kapital y Mein Kampf? ¿En qué momento empezó a ser un clásico La Montaña Mágica?

Desde luego, la estructura de las bibliotecas es más útil que la de un listín telefónico, pero aún insuficiente. En La Celestina, ya que hablamos de ella, hay una frase que exclama Calisto una noche ante la puerta de Melibea y que a mí me emocionó mucho cuando la leí. Recuerdo su contenido, pero no las palabras concretas. Ni siquiera recuerdo si el interlocutor de Calisto es Parmeno o Sempronio. Es de noche. Calisto quiere reunirse con su amada, pero la puerta de ella está cerrada y el criado así se lo hace ver. Entonces Calisto, encolerizado, exclama que un simple trozo de madera no puede ser un obstáculo para que su amor se consume. (En realidad la cosa es más sutil todavía porque, aunque nadie lo dice explícitamente, el verdadero problema no es la puerta, sino el padre de Melibea, que duerme en una de las habitaciones). Ahora explíqueme usted cómo localizo yo esa frase en una biblioteca sin necesidad de leerme el libro entero otra vez.

De hecho, ni siquiera en la Web conseguí localizarla hace algunos años. Tuve que leer de nuevo el libro -no hay mal que por bien no venga-, y fue así como descubrí que, en lugar de 'madera', Calisto había hablado de 'palo'. Hoy, varios años después de aquella búsqueda, he tardado mucho menos, pero aun así he necesitado leerme varias páginas del Acto XII hasta encontrar la frase (y averiguar, de paso, que el interlocutor de Calisto no es Parmeno ni Sempronio, sino la propia Melibea). El pasaje es el siguiente:

MELIBEA.-  Las puertas impiden nuestro gozo, las cuales yo maldigo y sus fuertes cerrojos, y mis flacas fuerzas, que ni tú estarías quejoso ni yo descontenta.

CALISTO.-  ¿Cómo, señora mía? ¿Y mandas que consienta a un palo impedir nuestro gozo? Nunca yo pensé que, demás de tu voluntad, lo pudiera cosa estorbar. ¡Oh molestas y enojosas puertas!, ruego a Dios que tal fuego os abrase como a mí da guerra, que con la tercia parte seríais en un punto quemadas.

Para localizar hoy estas frases no he necesitado consultar mi biblioteca, ni me he tenido que poner a hojear el libro sin saber por dónde empezar, y si hubiera recurrido a mi memoria habría fracasado estrepitosamente. Esta vez lo único que he necesitado ha sido un buscador. O, hablando en términos técnicos, un motor de búsqueda.

¿Cómo funciona un motor de búsqueda? En el caso de la frase de Calisto, no es difícil imaginarlo. En respuesta a las palabras "calisto melibea noche puerta", la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, que ha sido el primer resultado de mi indagación, me ha permitido acceder a un texto que contenía 8 veces la palabra 'noche', 12 veces 'puerta', 43 veces 'Calisto' y 31 veces 'Melibea'. No creo que haya otro documento en el planeta Tierra que contenga esas cuatro palabras con tal generosidad. Así pues, el único mérito del buscador ha sido, en este caso, la rapidez de la respuesta.

Sin embargo, si sustituyo 'puerta' por 'madera' el Acto XII desaparece de los resultados, que me remiten en cambio a los Actos XIV, VI, VII y IX. Aparentemente, el buscador desconoce algo para nosotros tan elemental como la relación entre el palo y la madera. Sin embargo, si pregunto sólo "palo madera", ese mismo buscador me ofrece diez millones de resultados. Lo que sucede, pues, no es que el buscador desconozca esa relación: sabe que existe, pero no lo que significa. Dicho de otro modo, los motores de búsqueda saben cuándo y cuánto usamos las palabras, pero no cómo ni por qué.

Tal vez estoy equivocado al hacer una afirmación así, pero el caso es que hasta la fecha nadie, que yo sepa, ha emprendido experimento alguno para demostrarla o refutarla de una vez por todas. ¿Cómo es posible eso?, se preguntará el cándido lector.

Se me ocurren dos respuestas, que en realidad son la misma: una ausencia palmaria de espíritu científico, compensada con creces por las ventajas de ser funcionario. Dame pan y dime tonto. Hubo un tiempo en que los científicos eran, simplemente, personas que se hacían preguntas y no se conformaban con cualquier respuesta, con independencia de que una universidad los acogiera o no en su seno. Lo que realmente contaba era la validez y solidez de sus argumentos. Es cierto, muchos de ellos tropezaron también con dificultades, y algunos tardaron incluso siglos en ser reconocidos pero, en lingüística al menos, el mundo académico actual es una fortaleza inexpugnable. Y subsidiada.

De modo que, deslumbrados por la posibilidad de juguetear con el ingente acervo de palabras que les ha empezado a ofrecer la tecnología digital, los burócratas/investigadores han aceptado sin discusión que la proximidad entre las palabras de un texto encierra el secreto de su significado. Así que, para descubrir ese secreto, lo único que hay que hacer es acumular una cantidad enorme de textos, convertirlos en vectores (en realidad, matrices o tensores), reducir su dimensión para hacerlos manejables y representar los resultados en forma de enigmáticas superficies o volúmenes, o tablas estadísticas.

Naturalmente, y pese al aspecto impresionante de tales resultados, nadie ha conseguido realmente mucho más que constatar que el burro y la serpiente pertenecen al reino animal, o que perder el tranvía tiene una cierta relación con llegar tarde al trabajo.

¿Estoy siendo demasiado sarcástico? Tal vez, pero llevo muchos años pensando en todas esas cosas, y todavía no he conseguido que nadie acuse recibo, no ya de mis respuestas, sino simplemente de mis preguntas. Yo creía que la ciencia era otra cosa, lo confieso.

¿Qué tipo de preguntas? Por ejemplo, si la proximidad entre palabras encierra el secreto de su significado ¿por qué las figuras que construimos durante una partida de dominó no tienen ningún significado? Dicho de otro modo, si reuniéramos un millón de configuraciones resultantes de otras tantas partidas de dominó y les aplicáramos un modelo de semántica distribucional, ¿alguien esperaría obtener algún mapa de significados mínimamente aceptable?

Otro ejemplo: en un artículo de los años 50 que es ya un clásico en ingeniería de la información, Claude E. Shannon explica cómo construir frases artificiales basándose no en el significado de las palabras, sino simplemente en la frecuencia con que escribimos unas a continuación de otras. El resultado es algo así como trocear tres mil telegramas y construir después un mensaje juntando unos cuantos trozos escogidos al azar. ¿Alguien esperaría encontrar algún significado o cosa similar después de procesar estadísticamente un millón de frases de ese tipo? Y, sin embargo, bastaría con llevar a cabo cualquiera de esos dos experimentos para refutar (o, cosa que dudo, validar) las bases teóricas de la semántica distribucional.

De hecho, si los delirios de la semántica distribucional tuvieran algún fundamento el manuscrito de Voynich habría sido ya descifrado hace mucho tiempo. Wilfrid Woynich, un librero polaco con un pasado revolucionario y una mente un tanto fantasiosa, compró a finales del siglo XIX un curioso manuscrito a un miembro de la orden jesuita, cuyas propiedades estaban siendo confiscadas por el nuevo Estado italiano. El manuscrito está escrito en un idioma hasta ahora indescifrable, contra el que se han estrellado algunos de los más brillantes expertos mundiales en criptografía.

Sus dos precedentes más conocidos fueron la piedra de Rosetta, una roca en la que pueden leerse tres versiones distintas de un edicto egipcio contemporáneo de Ptolomeo V, y lineal B, un sistema silábico de escritura micénica hablado en el siglo XV antes de nuestra era. Ambas lenguas fueron descifradas -tras ímprobos esfuerzos- gracias a los nombres propios que los investigadores consiguieron identificar en ellas, pero el manuscrito de Voynich no contiene ninguna referencia reconocible, y los estudiosos no han conseguido ponerse de acuerdo ni en una sola de las especies botánicas dibujadas en sus páginas. Sería el material perfecto para que un semántico distribucional se cubriera de gloria. Pues nada.

En los últimos tiempos, algunos investigadores han empezado a abordar la semántica distribucional desde una perspectiva más sensata. En lugar de buscar significados más o menos esotéricos en las estadísticas, hacen lo que cualquier persona con sentido común haría en su lugar: recurrir a referentes externos para calibrar los resultados. Es decir, a estructuras de conceptos lo más objetivas posible, externas al material con el que experimentan.

Inevitablemente -en mi opinión-, la única estructura de conceptos que terminará validando los experimentos será un modelo que explique correctamente el intrincado universo de la semántica. Para entender lo que quiero decir, imaginemos que un astrofísico provisto de un telescopio reúne un millón de fotografías del sistema solar. ¿Conseguirá deducir la ley de la gravitación universal procesando estadísticamente las fotografías? Es dudoso, pero lo que es indiscutible es que, si averiguamos la expresión matemática de esa ley, como hizo Newton, todas las fotografías del hacendoso astrofísico concordarán perfectamente con la fórmula de Newton.

Y lo que es más bochornoso: serán innecesarias.

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martes, 18 de abril de 2017

Personajes

Madame Bovary c'est moi!

¿Por qué razón querría un autor crear un personaje anodino? Más concretamente: un personaje anodino como protagonista de una novela. Me he hecho esa pregunta muchas veces, pero todavía no he encontrado una respuesta. En mis cuentos, los personajes son a veces un poco excesivos, y en ocasiones rayan en la caricatura. Según se mire, aspirar a penetrar en la mente humana puede ser una intromisión impúdica o un acto de arrogancia intelectual condenado, a largo plazo, al fracaso. Quizá por eso prefiero en ocasiones el trazo grueso, que también puede ser una forma de burlarse de todo. Un modesto acto de insolencia.

En mis dos novelas, en cambio, los protagonistas son desesperantemente insulsos. No tienen verdadera personalidad. Existen más bien como reflejo de su entorno, como la justificación pasiva de lo que sucede a su alrededor. Ni Elías Perera ni Manolo Zanzón son personajes con los que uno desearía quedarse varias horas atrapado en un ascensor. ¿De qué hablar con ellos? Y, sin embargo, para mí la tentación de crearlos fue irresistible.

... e la nave va

Ellos dos nacieron hace muchos años ya, en los 80. Elías terminó su viaje a Venecia, averiguó lo que su autor tramposamente quería que averiguara y, finalmente, desapareció en la última página con paradero desconocido. Nunca más volví a saber de él. Su coprotagonista, Hermann Segré, tuvo una presencia un poco más larga en mi vida. Reapareció en Roma algún tiempo después, en una especie de trío amoroso con su autor y una periodista que realmente existió, y por último mantuvo un rifirrafe unilateral con un editor barcelonés que se había negado a publicar sus andanzas. De resultas de aquella negativa su autor -es decir, yo- creó a Manolo Zanzón y emprendió con él un ambicioso recorrido de un siglo XX que por aquel entonces aún no había terminado. Y que tenía que haber terminado en el mismo lugar en el que había comenzado: la plaza de San Pedro. Concretamente, en el balcón papal.

Abandoné a Manolo a medio camino, en algún lugar de la provincia de Madrid, bruscamente apeado de un puesto de ministro, arrastrado después por una riada y arrancado de los brazos de una mujer que le era indiferente, preguntándose qué era lo que había fallado en su vida. Su autor se había hartado de sus andanzas y no tenía ganas de seguir. Escribir ¿para qué? Otros caminos más tentadores se habían abierto ante él -me refiero al autor-, y poco a poco se fue olvidando de Manolo.

Un mundo de espantapájaros

Pero nunca del todo, porque Manolo ha sido desde entonces uno de tantos proyectos vagamente pendientes de terminar. La cosa no tendría importancia si no fuera porque la historia inacabada de Manolo ocupa cerca de cuatrocientas páginas y le ha costado a su autor largas y penosas horas que podía haber dedicado a menesteres más gratificantes, incluso más banales. Escribir no es gratificante. En todo caso, gratifica el resultado final, la obra acabada, y sólo si uno la encuentra satisfactoria, cosa que no siempre sucede.

Además está el problema de la subjetividad, al que no voy a referirme ahora. De lo que quería hablar hoy es de los personajes insulsos. ¿Acaso son un trasunto de su autor? No me lo parece. Se me puede acusar de cualquier cosa menos de insulso. Quizá lo que sucede es que a ese autor siempre le han hecho sentir que no vale nada, y él ha terminado viéndose a sí mismo como un pelele zarandeado por el viento. Me apearé de la metáfora: zarandeado por personajillos perfectamente olvidables. Personajillos que, sin embargo, tienen mucha más relevancia social, profesional o científica que él.

Visto de esa manera, Elías y Zanzón serían simplemente dos espejos en los que la mediocridad circundante quedaría impresa como en una película fotográfica, y sus historias serían, en el fondo, relatos existenciales. Así, la irrelevancia de Elías y Zanzón serviría para denunciar un mundo absurdo y grotesco en el que los verdaderos valores, las cosas que realmente nos hacen humanos y nos deberían apasionar, brillarían tristemente por su ausencia.

Callejones sin salida

Apasionar es aquí la palabra clave. En Elías el apasionamiento iba germinando poco a poco, hasta terminar llevándolo du côté de chez Sigmund, tal como su autor quería. Justo cuando Elías descubre que no todo en la vida le es indiferente, su historia se termina, y nos deja con dos palmos de narices. Manolo, en cambio, cuatrocientas páginas después de nacer, sigue intelectualmente fofo como una medusa, pero en torno suyo han aparecido y desaparecido, como sombras chinescas, muchos personajes llenos de pasión y de vida: Federico, don Blas, Encarnación, el gran Gorgas, Juan Arveja. ¿Entonces...?

Lo que sucede es que, en la novela, todos esos personajes están fuera de lugar. Han tenido el infortunio de nacer en un mundo romo que se encoge de hombros ante sus anhelos. Ni siquiera ellos lo saben. Ellos son como niños: les apasiona la política, la robótica, el amor, la magia o el cerebro humano, pero ellos no lo consideran trascendente. En la mirada de su autor, su mundo es prístino y triste, y sus ilusiones terminarán siendo asimiladas, simplemente, como extravagancias.

Dos ríos que confluyen

Naturalmente, ese mundo es España, la gran trituradora de valores humanos, pero tampoco de eso quiero hablar hoy. Allá ellos. Lo que quiero dilucidar hoy aquí es si voy a retomar las andanzas de Manolo Zanzón, y por qué. Y para qué.

En realidad, para nada. Escribir, para mí, es ya algo secundario, algo que me sé capaz de hacer pero que no me colma de satisfacción como me colmarían otros anhelos. Quizá lo que sucede es que, muchos años después de Ruede la luna, el autor y Zanzón han confluido en su insignificancia, y esto explicaría el porqué del párrafo anterior. Escribir porque todo lo demás no tiene ya sentido, escribir porque todos los demás caminos están tapiados, porque al menos de vez en cuando, en mitad de la noche, algún fogonazo inesperado, alguna feliz combinación pirotécnica quizá acierte a deslumbrar a algún alma suficientemente cándida. Escribir porque qué más da.

En la historia de la literatura no creo que haya habido muchos autores que hayan escrito porque qué más da, lo cual me convertiría, al menos, en un autor singular.

Menos da una piedra.

Entre tanto, ¿qué es lo que está sucediendo en la vida de Zanzón?

No gran cosa. Se encuentra indeciso. No sabe qué camino tomar, ni por qué ni para qué (me suena). Hay muchos personajes que van a su encuentro, pero todavía no han llegado, y en este momento todavía está solo.

O casi. Porque, para aliviar su soledad frente a aquel órgano que todavía no sabe cómo tocar, en aquella iglesia vacía de aquel pueblo desierto azotado por el viento, he pensado en conseguirle una armónica.

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